Homilía de José Francisco Serrano, administrador diocesano de Guadix, en la fiesta de la Virgen de la Piedad, Patrona de Baza

Miqueas 5,1-4ª; Salmo 12, 6ª.6cd; San Mateo 1, 1-16.18-23.

 Sr. Cura Párroco de San Juan, rector de esta Iglesia de la Piedad.

Sr. Arcipreste, hermanos sacerdotes, religiosas y religiosos, miembros de vida consagrada.
Sr. Alcalde, Corporación municipal, Senadora del Reino de España, Inspector jefe de la Policía Nacional, jefe del cuerpo de Bomberos, jefe de la Policía Local, Protección Civil.
Y un recuerdo muy especial para quien encarna al accitano Juan Pedernal, nuestro querido Cascamorras, en la persona de José Heras. Este año has tenido la suerte de entrar en la historia de la tradición que ancla su raíz en la devoción a la Madre de Dios en la advocación de la Piedad. Buen embajador para llevar el amor que Dios nos tiene por mediación de su madre, la Virgen.


¿Quién, hace años, cuando estaba de párroco en la parroquia del Santo Ángel en esta ciudad de Baza, me iba a pronosticar que esta fiesta, este día grande de la Natividad de la Virgen María, la festividad del día grande donde se honra a la Virgen de la Piedad, iba a ser presidida y predicada por mí?
Es cierto que aquello que nos tiene preparado el Señor, para nada tiene que ver con lo que nosotros nos montamos en nuestras pretensiones y en nuestros proyectos.
Es cierto que, si nos dejamos llevar por el Señor, él siempre hará obras grandes, no para nuestra grandeza sino para su gloria.
He querido empezar así porque tenemos ante nosotros a quien esta premisa la cumplió con generosidad. María fue persona que, ante el plan de Dios y a pesar de no entender aquello que se le pedía, se abandona en la manos de Dios e intenta dar respuesta a la llamada que Dios le hace. Valiente mujer que, echada para adelante, es capaz de entrar en nuestra historia de la salvación, con la cabeza bien alta y con una sencillez que abruma y espanta.
Pensad que, más adelante, en los discursos de su hijo, la nombrará heredera del Reino. Porque de los valientes y de los creativos, los humildes y sencillos, es el Reino de los Cielos, nos dice Jesús en el Evangelio.
Es interesante acercarnos al texto que se ha proclamado en el día de hoy para entender mejor el mensaje que Dios nos quiere transmitir por medio de su Palabra.
Aparecen, en esta genealogía legal de Jesús, cuatro mujeres: Tamar, Racab, Betsabée y Rut, tres de las cuales fueron pecadoras (Gén. 38, 15; Jos. 2, 1 ss.; II Rey. 11, 1 ss.) y la cuarta moabita. S. Jerónimo dice al respecto que el Señor lo dispuso así para que “ya que venía para salvar a los pecadores, descendiendo de pecadores, borrara los pecados de todos”.
Nos muestra cómo Dios se sirve de nuestras miserias para hacer obras grandes. Reconociendo nuestro pecado podemos entrar en la historia de salvación que Dios ha hecho para cada uno de nosotros. Reconociendo nuestra miseria, sabiendo de nuestro barro, podemos construir un bella obra en la que Dios estará presente.
Bien es cierto que nuestro pensamiento es siempre a lo grande y que queremos que Dios se manifieste en obras prodigiosas y, asimismo, en gente maravillosa.
Dios escoge lo necio y sencillo de este mundo para mostrar su poder (Cfr. 2 Carta Corintios). En mi debilidad tú te haces fuerte, cantamos. Y podemos llegar a creérnoslo. Pensad que Dios quiere la debilidad, la fragilidad, la pobreza, la pequeñez…
¿Por qué? ¿Por qué este actuar de Dios? Porque desde ahí se puede construir la novedad de la Buena Noticia, desde ahí se puede acoger el misterio de un Dios grande y rico en misericordia. Desde ahí se puede construir una Iglesia que sea tienda de campaña en medio del mundo, una Iglesia misionera y proactiva en medio de nuestra gente, de nuestros paisanos. Sí, Dios quiere sencillez en sus hijos. Y María, fue modelo de sencillez.
Si seguimos con la lectura de la palabra proclamada podemos observar cómo el cálculo de 3 X 14 generaciones (Mt 1, 17) tiene un significado simbólico. 3 es el número de la divinidad. 14 es el doble de siete. Siete es el número de la perfección. Por medio de este simbolismo, Mateo expresa la convicción de los primeros cristianos según la cual Jesús aparece en un tiempo establecido por Dios. Con su llegada, la historia llega a su plenitud.
Dios irrumpe en la historia por medio de la Encarnación de Dios en María. Y lo hace en Palestina. Hace más de 2000 años. En un pueblo oprimido por el imperio romano, un pueblo deseoso de libertad y con ganas de adorar al Dios único y verdadero. Un pueblo que no estaba contento con la situación que vivía.
Jesús sabrá recoger la tradición y volcará la novedad que trae enriqueciéndola y llevándola a su plenitud. Sabrá entrar a formar parte de su pueblo y anunciar a sus paisanos el amor que Dios nos tiene.
Dios entra, por medio de María, en nuestra historia, en nuestra vida. Él se hace presente con ánimo de enriquecer nuestra visión de la historia y de la vida. La novedad que él nos trae es saber mostrar la misericordia que Dios nos tiene. El amor que Él derrama en nuestro mundo.
Y lo hace por ella, por mediación de ella. Es la puerta que hace posible la encarnación de un Dios que nos habla de: “ser pobre en el corazón”, “reaccionar con humilde mansedumbre”, “saber llorar con los demás”, “buscar la justicia con hambre y sed”, “mirar y actuar con misericordia”, “mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor”, “sembrar paz a nuestro alrededor” o “aceptar cada día el camino del Evangelio, aunque nos traiga problemas”.
Son las Bienaventuranzas “el carnet de identidad del cristiano”. Y son el camino hacia la perfección, que se muestra a cada uno de nosotros.
En el mes de marzo, el Papa firmaba un documento sencillo, que nos mostraba la llamada a la santidad en el mundo actual, Alegraos y regocijaos, en latín Gaudete et exsultate.
En la exhortación, el Papa recuerda que para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos y advierte acerca de la “tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración”. “No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra”.
Ante la tentación de “enredarse” en la propia debilidad, y pensar que somos pecadores y que no podemos, Francisco invita a levantar los ojos al Crucificado e indica que es “en la Iglesia, santa y compuesta de pecadores”, donde se encuentra todo lo que el hombre necesita para crecer hacia la santidad. Bien lo hemos visto en la ascendencia de Jesús.
“Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida”, nos dice. “Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas”. De igual manera lo enriquece con el capítulo 25 del Evangelio de Mateo. Francisco subraya que en la llamada a reconocerlo en los pobres y sufrientes “se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse”.
Mirar a Dios, contemplar al hermano. Mirar al hermano y contemplar a Dios. Dos direcciones que tenemos que cuidar y cultivar. En este camino de perfección, en este camino de santidad, ella nos puede ayudar. Ella como nadie, supo “ser pobre en el corazón”, “reaccionar con humilde mansedumbre”, “saber llorar con los demás”, “buscar la justicia con hambre y sed”, “mirar y actuar con misericordia”, “mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor”, “sembrar paz a nuestro alrededor” o “aceptar cada día el camino del Evangelio, aunque nos traiga problemas”.
Que María, en la advocación de la Piedad, nos ayude en este caminar. Como buena madre, intercede por cada uno de nosotros. Virgen María de la Piedad, madre y señora nuestra, te pedimos que nos des tu mirada, que sepamos ver el plan de Dios en nosotros y en nuestro entorno. Danos esa mirada limpia y sencilla, humilde y serena. Que así sea.