Trigésimo primer del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 5 de noviembre de 2017

SOBERBIOS, INCOHERENTES Y VANIDOSOS

Alto y muy claro habría que decir todo lo que la Palabra de Dios de este domingo nos propone, porque sigue tocando algo nuclear en la vivencia de la fe y en la imagen que se da de esa vivencia y del Dios que predicamos. La Iglesia toda, se juega mucho en ello.

Os dejo unas breves frases de cada una de las lecturas que este domingo leemos porque son elocuentes y te ponen en guardia:

Malaquías 1,14-2,2.8-10: “Con vuestra enseñanza habéis servido de tropiezo a muchos”.

Salmo 130: “Señor, mi corazón no es altanero”.

1Tesalonicenses 2,7-9.13: “Recordad, hermanos, nuestras penas y fatigas”.

Mateo 23,1-12: “El mayor entre vosotros será el que sirva a los demás”.

Todas ellas nos hacen pensar, nos sirven de crítica constructiva, pero que es necesario encajar bien y orar mucho para que lleguen a tu vida:

Pablo, al escribir a su comunidad de Tesalónica, no duda en abrir su corazón, manifestar sus sentimientos y hacer una apasionada confesión. Con toda simplicidad y humildad, se siente orgulloso de haberse ganado la vida con el trabajo de sus manos para no resultar un peso a la comunidad. Afirma, con absoluta tranquilidad que ha ido a ellos únicamente para dar, sin recibir o pretender nada. Se presenta como un padre verdaderamente… materno. Desea, después de haber dado la Palabra, dar su propia vida.

El salmista desahoga su corazón con una breve y preciosa oración de confianza. “La persona orante va desgranando los sentimientos que le surgen de un corazón consciente de su pequeñez, y atraído y seducido por la grandeza próxima de Dios. Y el salmista no sabe cómo manifestarle a Dios su renuncia a cualquier tipo de pretensión de grandeza. Sólo Dios hace la maravilla de ser alma y centro de todo. La imagen del niño o niña que descansa confiada en el regazo de su madre le vale a la perfección para expresar cuanto quería expresar: las ansias de la vida posadas en Dios, la paz consiguiente, la serenidad confiada, el amor sin palabras. Y, para acabar, desea que todo el pueblo –y nosotros dentro de él– goce con esta misma experiencia. Jesús también nos invitaba a posar en Dios nuestras angustias: “Así que no os preocupéis del mañana, pues el mañana se preocupará de sí mismo: cada día tiene bastante con su propio mal” (Mt 6,34)”.

El profeta Malaquías y el Evangelio, ponen la guinda y la tensión. Hacen una crítica fuerte a esas actitudes de soberbia, incoherencia, vanidad, aparentar e hipocresía que pueden estar caracterizando a nuestro cristianismo. Nos ponen en guardia y nos hacen reflexionar para que analicemos muy bien nuestros comportamientos y no nos dejemos dominar por lo que el mundo vive y quiere:

“Que no sea así entre vosotros”. Huid de todo aquello que os separe, de todo aquello que os distancie y de todo aquello que no os haga más hermanos y más humanos, “porque uno sólo es vuestro Maestro y Señor”. Apostad por una parroquia, por una comunidad, por una Iglesia servicial, igualitaria y fraternal, recinto de libertad, justicia y paz en la que todos se sientan a gusto y puedan “dar gloria a vuestro Padre que está en el cielo”. Que lo que haga honorable a sus miembros no sean los títulos, los signos externos de prestigio, sino el ejercicio de la solidaridad fraterna a ejemplo de Jesús (Mt 20,25-28).

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán

 


PREGUNTAS:

  1. ¿Qué imagen de Dios se refleja en este pasaje del Evangelio?
  2. ¿Qué nos falta como Iglesia para acercarnos a ese ideal de servicio y fraternidad que Jesús nos propone hoy?
  3. ¿Qué nos sobra como Iglesia para acercarnos a ese ideal de servicio y fraternidad que Jesús nos propone hoy?

 

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de  José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.