Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 29 de octubre de 2017

LOS PREFERIDOS DE DIOS

Desde hace varias semanas venimos hablado del amor que Dios nos tiene y que siempre cuida de nosotros porque es compasivo y misericordioso, pero hemos de añadir que ese amor tiene sus preferencias y que se encenderá su ira si no lo tenemos en cuenta y abusamos de los débiles: “no oprimirás ni vejarás al forastero... no explotarás a viudas ni a huérfanos”, hemos leído en la lectura del Éxodo (22,21-26). Es decir, el amor de Dios que no se agota nunca, ha tomado partido y se ha definido en una dirección que nos cuesta entender y poner en práctica por todo lo que ello implica y porque cambia, radicalmente, nuestras opciones y proyectos, nuestra manera de entender y vivir la fe.

El amor a Dios, pasa irremediablemente por el amor al hermano, al prójimo real y concreto, nos relata también el evangelio (Mt 22,37-39), y en esto hemos de ser modelos para todos los creyentes y para cuantos nos rodean, sin dar lugar a dudas (1Tes 1,5-10).
Verdaderamente que no podemos engañarnos ni engañar a nadie cuando hablamos de lo nuclear en la fe. La pregunta que los fariseos –los que se creen justos y perfectos- hicieron a Jesús, no pretendía enseñar, sino que era una trampa para pillarlo y tener argumentos con los que quitárselo de en medio porque les estorbaba en sus planes, pues la sociedad religiosa del tiempo de Jesús, había ritualizado y legalizado minuciosamente toda la vida (613 mandamientos), que sólo la conocían los que sabían leer y tenían algún poder. Aquel que no los supiera, incurría en impureza legal y no era digno de acercarse a Dios. Por consiguiente, los pobres, los enfermos, los marginados,... no eran considerados dignos ante Dios porque no conocían la ley ni sabían cómo comportarse. Tenían vetado el acceso a Dios porque no sabían cómo conocerlo. Sólo los que saben los mandamientos en toda su compleja interpretación, podían llegar a Dios y ofrecerle sacrificios. ¡Qué barbaridad! ¡qué disparate!
Jesús, consciente de todo este complicado legalismo, sale al paso de la pregunta capciosa que le formulaban y recogiendo la más auténtica tradición, responde haciéndoles caer en la cuenta de que amar a Dios con todo lo que uno es capaz, “con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”, es el principal mandamiento, pero que se complementa con el otro de amar al prójimo como a uno mismo; y, de estos “penden la Ley entera y los Profetas” (Mt 22,40), es decir, todo lo que Dios nos pide, nos ha manifestado y revelado. Esto es tan importante, que exige de nuestra parte poner todo el empeño en ello, poner empeño en amar como a nosotros mismos. Somos nosotros y el amor que nos tenemos, una importante medida de amor a los demás, pues con ello nos sentimos iguales a todos. Centrar aquí todo el peso de la ley, es manifestar que las preferencias para el que sigue a Jesús y busca el Reino de Dios, están en el amor concreto y real a los prójimos, a los pobres y a los que sufren en cada momento histórico concreto y en los lugares concretos donde vivimos la fe. En las periferias naturales y en las “periferias existenciales”. Esto es más importante que los preceptos rituales, las procesiones y el cumplimiento escrupuloso de unas normas litúrgicas. Cumplir la ley es expresar un amor real hacia aquellos que más lo necesitan aquí y ahora.
Esta llamada de atención que Jesús hace a los letrados y fariseos de su tiempo, es también una llamada de atención para nosotros. Una llamada que quiere hacernos caer en la cuenta de que sólo el amor es lo importante en la vivencia y expresión de nuestra fe. “Ama y haz lo que quieras” nos recuerdan los santos de todos los tiempos; ama y serás libre, ama y cuida con esmero toda la obra de Dios, la creación, el hombre y la mujer creados a imagen y semejanza de Dios; ama y déjate amar para ser más feliz si cabe y para hacer más felices a los que te rodean en el día a día y en tu espacio concreto donde vives tu fe y tu propia vida.

José Mª Tortosa Alarcón. Sacerdote en la Diócesis de Guadix-Baza

PREGUNTAS:
1. ¿Qué significa en tu día a día amar a Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo?
2. ¿Qué características tendrá una Iglesia construida sobre los pilares del amor a Dios y al prójimo?
3. ¿Qué personas me importan y cómo me importan?
4. “¿Quién es la única persona de tu vida que está disponible las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana para proporcionarte atenciones y cariño?” (Neff).