Vigésimo octavo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 15 de octubre de 2017

GRATIS Y MISTERIOSO ES EL AMOR DE DIOS

“Erre que erre”, puntualiza el dicho popular cuando se quiere machaconear en una idea o conducta. Y esto es lo que nos ocurre con el cuidado, el mimo y el amor de Dios para con su pueblo, para con nosotros. Lo llevamos diciendo varios domingos, pero ¿nos lo creemos?, ¿nos sirve para nuestra vida diaria?, ¿alimenta nuestra esperanza? Imagino que sí; para mí lo es y me ayuda en el quehacer diario, en el trabajo con personas que quieren dejar las drogas y vivir dignamente; me orienta y enriquece en el trato con las familias que piden ayuda u orientación para su vida. Si Dios no deja de amarnos conociendo como somos, cómo podemos nosotros dejar de amar y acoger a aquellos que buscan una orientación y un salir de su difícil situación. Estos son los predilectos y los verdaderos invitados a sentarse en la mesa del banquete del Reino que Dios nos tiene preparado desde siempre.


Con la esperanza de que uno puede vivir mejor y libre de todo tipo de ataduras, trabajamos día a día; con la esperanza de que otro mundo es posible donde abunde la paz y el gozo, también nos movemos porque conectamos con las esperanzas de toda la humanidad en todo momento, como ya anunció el profeta Isaías ocho siglos antes de Cristo (Is 25,6-10) y que hoy proclamamos como primera lectura en la liturgia dominical de este día, como si quisiéramos dejar bien clarito cuáles son los pilares de nuestra fe, de nuestra esperanza. Dios nos prepara “un festín de manjares suculentos... enjugará las lágrimas de todos los rostros”, porque el Señor es nuestro pastor y nada nos falta (Salmo 22), cuida de nosotros y “Nos conduce hacia fuentes tranquilas”. Es el pastor por excelencia que va delante y se hace cargo del que vacila, se cae o se pierde porque ha venido a buscar “a las ovejas descarriadas de Israel” y lo que estaba perdido.
Se presenta Jesús como el Dios de los perdedores para ganar a todos. “Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis convidadlos a la boda” (Mt 22,1-14), buenos y malos porque la salvación y felicidad que Dios ofrece es para todo aquel que quiera aceptarla y vestirse con el traje de fiesta. Esta salvación que Dios nos ofrece está preparándose poco a poco y día a día, “pero mientras llega, recuerda San Pablo a los Filipenses, ya estamos disfrutando de la magnanimidad de Dios, que atiende con solicitud las necesidades de sus hijos” (la casa de la Biblia) y quiere que todos se salven.
Hemos de fijarnos en la importancia del vestido de fiesta para estar en el banquete del Reino que Dios nos tiene preparado, pues aunque muchos hemos sido invitados a través del Bautismo que nos incorpora a la comunidad, hace falta la conversión, la decisión personal de mantenernos en esa opción (vestidura de fiesta), porque “son muchos los invitados, pero pocos los escogidos” (Mt 22,14).
El pueblo de Israel estaba acostumbrado a describir la alegría de los tiempos mesiánicos como un banquete (Is 25,6-10a), porque el banquete, también hoy, es la imagen de la abundancia de comida y bebida, de la alegría y la fiesta, de la plenitud, de la satisfacción, de los deseos cumplidos, de la hermandad, de la gratuidad, del compartir, de la generosidad, del gozo,... y todo esto, es el Reino de Dios por el que nos afanamos, nos movemos y existimos, porque queremos la felicidad para nosotros y para todos, porque si Dios nos ha soñado así, nosotros no estamos autorizados a destruir ese sueño, sino que más bien estamos urgidos a hacerlo realidad, a provocarlo, a gozarlo en las pequeñas y grandes cosas de cada día. No estamos autorizados a hacer pasar hambre a nuestros hermanos y hermanas, no estamos autorizados a resignarnos porque las cosas son así, no estamos autorizados a maltratar a las mujeres o a los niños; Dios no nos ha dado permiso ni ahora ni antes para frustrar la felicidad de los hombres y mujeres, sino que, más bien, hoy es el mejor día para ser feliz. ¿Y mañana? También; todos los días.
José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Albuñan y Jérez del Marquesado

PREGUNTAS:
1. ¿Qué actitudes crees que te faltan para completar “el traje de boda” con el que presentarte en el banquete?
2. ¿A quiénes hay que invitar al “banquete de bodas” en nuestro contexto donde vivimos?
3. ¿A qué te compromete el ser partícipe del “banquete de bodas” al que Dios te ha invitado?