Homilía del Obispo de Guadix en la Fiesta de la Virgen del Pilar

FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR
PATRONA DE LA GUARDIA CIVIL

Guadix, 12 de Octubre de 2017.

Queridos hermanos sacerdotes.
Sr. Capitán de la Guardia Civil.
Oficiales; Guardias civiles y familiares
Sra. Alcaldesa y miembros de la Corporación Municipal.
Dignas autoridades.
Hermanos y hermanas en el Señor

Cada 12 de octubre este templo catedralicio acoge al querido cuerpo de la Guardia Civil que celebra a su Patrona, la Virgen del Pilar. Es siempre una fiesta familiar, la vuestra, pero también la de todos los que nos unimos a vosotros para dar gracias por la protección de la Virgen Santísima, y para mostrar nuestro respeto y aprecio a vuestra labor en favor de la sociedad y de los ciudadanos.

A nadie se le oculta que este no es un año más. Vivimos en España un momento difícil, complejo, delicado; un momento que a todos, sin excepción, nos ha sobrecogido, inundando nuestras almas de oscura preocupación y desasosiego. No son hechos sin más que vemos y vivimos, incluso podemos juzgar con mayor o menor objetividad; se trata de personas y familias que sufren, sufrimos, ante actitudes y decisiones unilaterales e incomprensibles que afectan a lo más profundo de nuestra vida e identidad, al tiempo que fracturan la convivencia pacífica en sus diversos ámbitos.

Esta mañana, fiesta del Pilar y de la Hispanidad, queremos poner todo lo que hay en nuestro corazón en el regazo de la Virgen Madre, porque ella escucha, acoge, comprende y protege. Nos fiamos de María como un hijo se fía de su madre. Ella es la Madre del cielo que nos acompaña en este nuestro caminar terreno.

En el evangelio Jesús responde a aquella mujer que le gritaba alabando la grandeza de la maternidad, que la mayor bienaventuranza está en la escucha y el cumplimiento de la Palabra de Dios. Escuchar la Palabra y ponerla por obra es el camino evangélico que todo seguidor de Cristo tiene que estar dispuesto a seguir, aun sabiendo de nuestras debilidades, y de las no menores dificultades con las que nos encontramos en el camino de la vida.

Escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra es lo mejor, dice el Señor. De aquí que no niega el valor de la maternidad, todo lo contrario; ni es un desprecio a su Madre. Es una invitación a mirar en la buena dirección, a aspirar a lo mejor. El bien no es conformista, siempre aspira a lo mejor, a la perfección, a lo que los cristianos llamamos santidad. María ha buscado lo mejor y ha obtenido lo mejor. Ella es la madre discípula, la madre que sigue el camino mesiánico de su Hijo hasta el final.

El camino evangélico, queridos hermanos, no está trazado para una vida religiosa que se vive cuando estoy en el ámbito de lo estrictamente sagrado; el Evangelio llega y afecta a todos los ámbitos de la vida del creyente, a los más íntimos y personales, y también a los sociales. El Evangelio debe iluminar todos los ámbitos de la vida humana. Un cristiano interpreta la realidad desde el Evangelio. Por ello, aunque sea costoso, aunque no recoja el aplauso, hemos de mirar, interpretar y vivir este momento histórico desde principios evangélicos, desde el corazón de Dios.

Estamos llamados a vivir en la verdad, porque como nos lo ha dicho el Señor: “La verdad os hará libres”. Sólo en la verdad está la auténtica libertad, la que hace crecer a los hombres y progresar a los pueblos. La mentira, por el contrario, sólo produce oscuridad que confunde y esclaviza.

Y para dar fuerza y credibilidad a la verdad, la caridad. Sin caridad, la verdad se debilita, se confunde, y hasta se convierte en mentira; como la caridad sin verdad cae en un mero sentimentalismo. No podemos caer en la tentación de pensar que la caridad sería una concesión a la arbitrariedad o una suerte de debilidad frente a la firmeza que exige la defensa de la verdad. En este momento necesitamos verdad y caridad, las dos íntimamente unidas, porque las dos se necesitan.

Por eso la búsqueda y la adhesión a la verdad hemos de hacerla juntos, en un marco que garantice la igualdad y el bien común; para ello, como seres en sociedad que somos, nos dotamos de leyes que nos ayuden a conseguir el bien, al tiempo que una convivencia pacífica. El rechazo del orden legal y la arbitrariedad de las acciones de unos pocos, por más que se crean revestidos de autoridad, hiere a la sociedad e hiere a los ciudadanos. No es honesto ser mi propia ley e imponerla a los demás.

La Constitución española es el marco legal de referencia que nos hemos dado para nuestra convivencia, y es en ella por donde hemos de caminar aunque sea para modificarla. Por ello, los obispos, reunidos en Comisión Permanente, hemos recordado que: “es de todo punto necesario recuperar la conciencia ciudadana y la confianza en las instituciones, todo ello en el respeto de los cauces y principios que el pueblo ha sancionado en la Constitución”.

Es expresión teresiana aquella de que “la verdad padece pero no perece”. Y es cierto. La verdad puede verse instigada, amenazada, acallada, pero siempre triunfa. La condición para que así sea es la caridad. Muchas veces defendemos la verdad pero si lo hacemos sin amor no conseguiremos nada.

El camino de las actitudes duras, de los juicios desmesurados, de reacciones violentas no es nunca el camino de la paz que engendra la verdadera convivencia. Hemos de detenernos y mirar con sosiego, así nuestra actuación será en justicia y seremos verdaderos constructores de paz, una paz firme y duradera. Como cristianos estamos llamados a evitar, y, si ya fuera tarde, a reconstruir las fracturas familiares, sociales y eclesiales que se han generado. Hay mucha gente, muchas familias sufriendo. Pienso en tantos hombres y mujeres de esta tierra que emigraron un día a Cataluña buscando un medio de vida y hoy ven a sus hijos en bandos distintos, divididos por una ideología que ha enterrado el gran don de la fraternidad; a tantos que tiene allí su casa y aquí su corazón. Estar cerca de los que sufren es una exigencia para los cristianos, y aquí hay mucha gente que sufre.

Vuestra misión en la sociedad, queridos hermanos de la Guardia Civil, siempre de frontera, os ha colocado en estos días en la primera línea de la escena social y de los medios de comunicación. Con vosotros hemos sufrido, pero al mismo tiempo, se ha reafirmado nuestra convicción de la generosidad de vuestra entrega al bien y a los derechos de los ciudadanos, siendo servidores del orden constitucional. Quiero recoger el sentir de la mayoría de nuestros conciudadanos al deciros que no estáis solos, y al animaros a seguir haciendo de vuestra vida una ofrenda a los demás, y es que la vida no sirve sino es para darla.

La Virgen María es la imagen de la mujer que escucha la Palabra de Dios y la cumple. Su maternidad nace de la fe en la Palabra. Ella supo que para Dios nada hay imposible, por eso se fio, se abandonó, eligió ser la esclava del Señor. De su fe nosotros hemos recibido y seguimos recibiendo muchas gracias. María ha de ser para todos los creyentes modelo de fe y de seguimiento de Cristo.

Ella cumple la Palabra que ha recibido saliendo de sí misma, y yendo a los demás. También nosotros como discípulos misioneros hemos de salir de nosotros mismos, de nuestra comodidad, para llegar a todos los hombres y hablarles del Señor. Convencidos por experiencia que la fe en Cristo engendra vida, hemos de ser testigos que contribuyan al nacimiento del hombre nuevo, del hombre de las Bienaventuranzas.

Como nos decía la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos después de la Ascensión, en un momento también difícil por la orfandad que suponía la subida al cielo del Señor, se mantenían unidos y unánimes en la oración. La oración nos mantiene unidos y abre en el corazón el horizonte de la esperanza; por ello, hemos de mantenerlos unidos en la oración; hemos de permanecer unánimes en la plegaria con toda la Iglesia, y con María, Madre del Señor.

Oremos con fe a Dios por nuestra nación, España, por su unidad y por la concordia entre los hombres y mujeres que en ella vivimos, y por la convivencia gozosa entre los pueblos que la formamos. Que por intercesión de la Virgen del Pilar, Dios nos conceda el don de la paz y la alegría.

Permitidme que mis últimas palabras sean una llamada a la esperanza. Como nos ha dicho muchas veces el Papa Francisco: no os dejéis robar la esperanza. El calor y la fuerza de los acontecimiento tristes que hemos vivido y estamos viviendo no pueden robar nuestra esperanza. Seguro que tenemos motivos para la desesperanza, que no vemos luz al final del túnel, que el futuro parece incierto, pero no podemos perder la esperanza; no podemos perder la esperanza en la bondad que hay en el corazón del hombre, y, sobre todo, la esperanza en Dios.

Con San Juan Pablo II, pedimos:

“Virgen Santa del Pilar: aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad. Socorre a los que padecen desgracias, a los que sufren soledad, ignorancia, hambre o falta de trabajo. Fortalece a los débiles en la fe. Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una entrega plena a Dios. Protege a España entera y a sus pueblos, a sus hombres y mujeres. Y asiste maternalmente, oh María a cuantos te invocan como Patrona de la Hispanidad”. Así sea.

+ Ginés, Obispo de Guadix