Décimo noveno Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 13 de agosto de 2017

“¡ÁNIMO, SOY YO, NO TENGÁIS MIEDO!”

Retengamos estas palabras en nuestro corazón, meditémoslas, porque están cargadas de mucha pasión, de mucho amor: “¡ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”


Por muchos sitios se no dice que vivimos en la mejor de las sociedades posibles y en el mejor sistema político posible. Hay democracia, hay libertad, hay seguridad, hay bienestar social para bastante gente y, la calidad de vida, hace que vivamos más tiempo.
Pero si bien esto existe, no es más que una parte de la verdad, porque no podemos ignorar otras realidades como la existencia de grandes bolsas de pobreza, mucha gente en paro, violencia, marginación, inseguridades, vulneración de los derechos humanos, maltrato, explotación infantil, etc. Es decir, una mezcolanza de todo que nos hace vivir en un ¡ay! continuo, como se suele decir, “con el corazón encogido” o “corazón partío”.
Pues bien, aunque todo esto se da y no lo podemos ignorar, bastantes personas viven con miedo, con un miedo tal, que quedan paralizadas y casi sin ganas de hacer nada, aunque lo tengan todo resuelto y no vivan ninguno de los problemas antes reseñados. La mayor seguridad y el mayor bienestar no es garantía contra el miedo. De ello son muchos los ejemplos que podríamos poner o, quizás, a nosotros mismos nos suceda.
Es aquí donde la Palabra de Dios de este domingo, viene a dar respuesta, porque nos propone depositar la confianza en Jesús, que siempre está preocupado por la felicidad de las personas.
Es una respuesta para la Iglesia en general, “la barca” (Mt 14,22-33), que se siente amenazada, con los discípulos dentro, en ese momento concreto y, también, en la actualidad, dando la sensación de que estamos a la deriva, de que los vientos que soplan van a poder con ella y de que hemos perdido el rumbo, la orientación, la ilusión.
En esta situación, aparece Pedro, en la fragilidad de la fe que se debate entre la confianza en Jesús y el temor que provocan las adversidades. Pero, serán el resto de los discípulos los que, al encontrarse de cerca con Jesús, confesarán su fe en Él como el Hijo de Dios, afrontando con valentía, como Pedro, el riesgo del encuentro con Jesús; y para que sintiendo siempre su presencia, no vacile ni tenga miedo ante las dificultades que la acosan, como también a nosotros nos puede estar ocurriendo. En medio de esta situación descubrimos que la fe siempre se vive en las aguas, no en tierra firme. La fe se vive en la inseguridad, la búsqueda y el riesgo; afrontando cada día los retos y las dificultades de la vida, pero lo importante es siempre sentir esa mano tendida del Dios de la misericordia que nos salva del hundimiento total; del Dios que está siempre al lado de su pueblo (Salmo 84), pero que, en ocasiones, no percibimos bien.
Como Elías (1Re 19a.11-13a), se nos invita a estar a la puerta de la cueva para reconocer a Dios en el ligero susurro de una brisa suave. Se nos invita a escuchar su llamada, “estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,20), para dejarlo entrar a nuestra casa, con la mesa servida y fuego en el hogar. No hay que buscar a Jesús en los milagros y en las apariciones, sino que hemos de buscarlo en su Palabra y depositar allí toda nuestra confianza, que es la actitud religiosa fundamental que está demandando el Señor a cada uno de nosotros. El que vive sólo de milagros y apariciones, verá vacilar su fe continuamente y sin muchos fundamentos, pero el que deposita la confianza en la Palabra del Señor, día a día, contantemente, ese es capaz de andar sobre las aguas, porque va agarrado a la mano de Jesús, el Hijo de Dios, “porque si tu fe confiesa que Jesús es el Señor, te salvarás” (Rm 10,9).

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Albuñán y Jérez del Marquesado
PREGUNTAS:
1. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe frágil y vacilante?
2. Dedica un rato a estar con Jesús y pon delante de él todos tus miedos, incluidos aquellos que te resulta humillante reconocer. Pídele que aumente tu fe y tu confianza.
3. Comparte con tus familiares, amigos, compañeros de grupo, alguna experiencia que hayas tenido en la que el Señor te haya traído serenidad en momentos de angustia o dificultad.

 

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.