De la lectura de «Amoris Laetitia» a «Pluralidad y Ambigüedad» de David Tracy

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A veces, en los momentos de conversación amistosa y distendida suelen emerger las confidencias que anidan en la hondura del corazón; verdaderos desvelamientos que vienen precedidos por un punto de inflexión en el diálogo, donde la amistad se abre a lo diáfano tras soltar las amarras y coger decididamente al otro de la mano para que transite por los sinuosos pasadizos de la aflicción o por el expedito sendero de la esperanza atisbada.

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El templo de la Magdalena resucitado.

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Varias veces he sido muerto, pues fui templo de Isis, con solemne altar de piedra y cuando desaparecí como lugar de culto a esta diosa, los cristianos reutilizaron el mármol de mi Altar para resucitarme como lugar de oración comunitaria, con la lista entera de las reliquias que en mi mármol depositaron (1). Así, transcurrieron los primeros siglos medievales, como un enclave de cristianos en la mozarabía. De nuevo en el siglo XIII, los almohades volvieron a matarme con su intolerancia y volví a resucitar como mezquita. A finales del siglo XV, fueron de nuevo los obispos quienes dieron muerte a la mezquita y resurrección al templo mudéjar que ahora soy. Pero la cercanía de otras iglesias, como San Miguel o Santo Domingo y la dificultad de mantenerme en pie, volvieron a asesinarme tras la Guerra Civil española y he tardado setenta años en volver, poco a poco, de nuevo a la vida.

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Palabras y gestos que abren y llegan al corazón

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Hemos celebrado el domingo IV de Pascua, llamado domingo del Buen Pastor porque leemos el texto de San Juan, capítulo 10, versículos del 27 al 30 (Jn 10,27-30). Un día en el que, a sugerencia del papa Pablo VI dedicamos a la jornada de oración por las vocaciones y de oración por nuestros “pastores”; para que, como Jesús, el Buen Pastor, sepan cuidar de sus “ovejas” y darles vida en abundancia.

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BELLEZA Y OBJETOS DE CULTO

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Lo primero que captamos del misterio de Dios no es la verdad, sino la belleza (Hans Urs von Valthasar). De ahí la importancia de que los objetos que sirven al culto, especialmente los que sirven al culto eucarístico, sean bellos en sus formas y nobles en su materia. El abad Suger de  Saint-Denis, decía ya en el siglo XII “todas las cosas preciosas que existen deben servir sobre todo para celebrar la Santa Eucaristía. Si las copas de oro, si los vasos de oro y los pequeños porteros de oro servían, según la palabra de Dios y la orden del profeta, para recoger la sangre de los machos cabríos, de los terneros y de una novilla roja, cuántos recipientes de oro, piedras preciosas y todo cuanto de precioso hay en la creación son necesarios para recibir la sangre de Cristo.” El Abad, sabedor de las críticas que este pensamiento, ya en su época acarreaba, respondía a las objeciones que le hacía de esta manera: “los que nos critican objetándonos que para esta celebración basta un alma santa, un espíritu puro, una intención fiel, los admitimos, pues esto es lo que importa antes que nada. Pero afirmamos también que es necesario recurrir a la ornamentación exterior de los vasos sagrados, sobre todo en el servicio del Santo Sacrificio con pureza interior y con nobleza exterior.”

Siguiendo la intuición del Abad, hoy, en el siglo XXI, tampoco deberíamos olvidar que la belleza y dignidad en el culto y en los objetos de culto son algo más que lo decorativo o  lo meramente bonito. Lo digno y bello en las formas sensibles es esplendor en el que resplandece la gloria de Dios y encuentra deleite el espíritu humano.

Bien intuyó Dostoyevski “que la humanidad puede vivir sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero sin la bella no podría seguir viviendo.” Por lo que los creyentes tiene derecho a exigir al arquitecto, al artista y al liturgista que sean capaces de crear obras de arte llenas de armonía, de belleza trascendente, plena de significados y analogías originantes, que doten de sentido el presente que se ha de vivir en comunión con el pasado en un ágape fraterno en la mesa intemporal de la liturgia, donde es posible comer a Dios y percibirlo y experimentarlo en un poco de pan y vino.

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¿Se puede ser niño basura sin morir en el intento?

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Esto de ser un niño en la Cañada de Ojeda es un jaleo muy gordo, porque antes, cuando se veía la tele, yo podía saber cómo era la vida de los niños que sí tienen posibles y lo bien que comen, lo limpias que están sus calles y sus casas y los cochazos que usan sus padres. Además, sus madres usan unas colonias y unas cremas que valen lo que aquí necesitamos para comer durante un mes y medio. Como en la catequesis dicen que ser envidioso es pecado, pues yo me aguanto la envidia, pero me la aguanto muy mal… vamos… que me la aguanto tan poco que ni se me nota.

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Belleza y templo

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La belleza, entendiéndola como perfección de las formas, o como decía San Agustín, esplendor del orden (Splendor Ordinis) nos remite irremediablemente al anhelo de Dios. En esta línea argumental se puede entender la expresión de Romano Guardini, de que la belleza aparece cuando la esencia de la cosa y de la persona alcanzan su clara expresión. De lo que se deduce que sólo hay belleza en lo que es verdadero, y que por tanto, la verdad tiene que ser un predicado de lo bello. Los tres conocidos e imprescindibles fundamentos de la estética católica, INTEGRITAS, PROPORTIO, SPLENDOR FORMAE, pueden ser resumidos en la demanda de la Belleza de la Verdad. La unidad, la verdad, la bondad y la belleza concurren de manera determinante e insustituible en la plena comprensión del Sacro trinitario y de la liturgia que de ahí se deriva. (Cfr. Benedicto XVI Llamamiento para volver a un arte sacro verdaderamente católico).

La belleza golpea el corazón humano y abre brecha en el entendimiento, impulsando al hombre a su destino supremo, alcanzar por las formas el camino del espíritu: “cristologizando” la materia. En este “verbo” se realiza la posibilidad de que la belleza nos atrape sin esclavizarnos, de que esta tenga su propia autoridad y de que sea más profunda y más convincente que un argumento.

Pero existe también la belleza como espacio donde se recrea el cosmos frente al caos y que permite la unión armónica entre Dios y el ser humano en la alteridad Creador-creatura, siempre recreado en Cristo. El templo necesariamente ha de ser bello porque es una necesidad del espíritu como espacio de encuentro que posibilita la relación con Dios, ya que el arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2502).

El templo se ha de construir desde sus cimentos utilizando correspondencias entre la representación y la Palabra que lo sustenta; de manera que cuando el creyente se adentra en él se sienta sumergido en el hondón del Misterio que lo trasciende, independientemente de su formación espiritual o estética, porque no es la “razón” la que gobierna el encuentro sino la experiencia sensible, es decir, aquella que se produce a través de la vista, oído, tacto y olfato y que produce placer, como dijo Santo Tomás Pulcra dicuntur cuae visa placent, por lo que se hace necesario cuidar del templo y su entorno, ya que éste condiciona al individuo, permitiéndole o impidiéndole que traspase el umbral de lo puramente religioso a lo netamente sagrado, nada mas tenga a la vista la estructura externa del templo y se adentre en su atmósfera interna. De ahí la importancia de que los templos no sólo sean visibles, sino también comprensibles en su razón de ser y en su discurso simbólico, no sólo a nivel interno, sino también en el espacio urbano y geográfico. Un templo que no sea significativo en estos espacios, carece de significado. San Carlos Borromeo decía que las piedras del templo debían de ser suntuosamente ordenadas para atraer a los hombres a la piedad, conservar la majestad de los sacramentos y la reverencia debida a las cosas divinas y ser un incentivo para la devoción.

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Hemos llegado a la cumbre de la misericordia

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Terminábamos el artículo anterior diciendo ¡Feliz Pascua de Resurrección! Y también lo iniciamos así, porque ya hemos llegado a la cumbre de la misericordia y no queremos bajar de ella, sino que más bien queremos estar ahí, y desde ese lugar, irradiar toda la misericordia posible a aquellos que nos rodean sin importarnos raza, color, ideas, sexo, religión, pues apostamos por un mundo en el que todos podamos ser hermanos.

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