BELLEZA Y OBJETOS DE CULTO

Escrito el

Lo primero que captamos del misterio de Dios no es la verdad, sino la belleza (Hans Urs von Valthasar). De ahí la importancia de que los objetos que sirven al culto, especialmente los que sirven al culto eucarístico, sean bellos en sus formas y nobles en su materia. El abad Suger de  Saint-Denis, decía ya en el siglo XII “todas las cosas preciosas que existen deben servir sobre todo para celebrar la Santa Eucaristía. Si las copas de oro, si los vasos de oro y los pequeños porteros de oro servían, según la palabra de Dios y la orden del profeta, para recoger la sangre de los machos cabríos, de los terneros y de una novilla roja, cuántos recipientes de oro, piedras preciosas y todo cuanto de precioso hay en la creación son necesarios para recibir la sangre de Cristo.” El Abad, sabedor de las críticas que este pensamiento, ya en su época acarreaba, respondía a las objeciones que le hacía de esta manera: “los que nos critican objetándonos que para esta celebración basta un alma santa, un espíritu puro, una intención fiel, los admitimos, pues esto es lo que importa antes que nada. Pero afirmamos también que es necesario recurrir a la ornamentación exterior de los vasos sagrados, sobre todo en el servicio del Santo Sacrificio con pureza interior y con nobleza exterior.”

Siguiendo la intuición del Abad, hoy, en el siglo XXI, tampoco deberíamos olvidar que la belleza y dignidad en el culto y en los objetos de culto son algo más que lo decorativo o  lo meramente bonito. Lo digno y bello en las formas sensibles es esplendor en el que resplandece la gloria de Dios y encuentra deleite el espíritu humano.

Bien intuyó Dostoyevski “que la humanidad puede vivir sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero sin la bella no podría seguir viviendo.” Por lo que los creyentes tiene derecho a exigir al arquitecto, al artista y al liturgista que sean capaces de crear obras de arte llenas de armonía, de belleza trascendente, plena de significados y analogías originantes, que doten de sentido el presente que se ha de vivir en comunión con el pasado en un ágape fraterno en la mesa intemporal de la liturgia, donde es posible comer a Dios y percibirlo y experimentarlo en un poco de pan y vino.

Leer más ...

Belleza y templo

Escrito el

La belleza, entendiéndola como perfección de las formas, o como decía San Agustín, esplendor del orden (Splendor Ordinis) nos remite irremediablemente al anhelo de Dios. En esta línea argumental se puede entender la expresión de Romano Guardini, de que la belleza aparece cuando la esencia de la cosa y de la persona alcanzan su clara expresión. De lo que se deduce que sólo hay belleza en lo que es verdadero, y que por tanto, la verdad tiene que ser un predicado de lo bello. Los tres conocidos e imprescindibles fundamentos de la estética católica, INTEGRITAS, PROPORTIO, SPLENDOR FORMAE, pueden ser resumidos en la demanda de la Belleza de la Verdad. La unidad, la verdad, la bondad y la belleza concurren de manera determinante e insustituible en la plena comprensión del Sacro trinitario y de la liturgia que de ahí se deriva. (Cfr. Benedicto XVI Llamamiento para volver a un arte sacro verdaderamente católico).

La belleza golpea el corazón humano y abre brecha en el entendimiento, impulsando al hombre a su destino supremo, alcanzar por las formas el camino del espíritu: “cristologizando” la materia. En este “verbo” se realiza la posibilidad de que la belleza nos atrape sin esclavizarnos, de que esta tenga su propia autoridad y de que sea más profunda y más convincente que un argumento.

Pero existe también la belleza como espacio donde se recrea el cosmos frente al caos y que permite la unión armónica entre Dios y el ser humano en la alteridad Creador-creatura, siempre recreado en Cristo. El templo necesariamente ha de ser bello porque es una necesidad del espíritu como espacio de encuentro que posibilita la relación con Dios, ya que el arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2502).

El templo se ha de construir desde sus cimentos utilizando correspondencias entre la representación y la Palabra que lo sustenta; de manera que cuando el creyente se adentra en él se sienta sumergido en el hondón del Misterio que lo trasciende, independientemente de su formación espiritual o estética, porque no es la “razón” la que gobierna el encuentro sino la experiencia sensible, es decir, aquella que se produce a través de la vista, oído, tacto y olfato y que produce placer, como dijo Santo Tomás Pulcra dicuntur cuae visa placent, por lo que se hace necesario cuidar del templo y su entorno, ya que éste condiciona al individuo, permitiéndole o impidiéndole que traspase el umbral de lo puramente religioso a lo netamente sagrado, nada mas tenga a la vista la estructura externa del templo y se adentre en su atmósfera interna. De ahí la importancia de que los templos no sólo sean visibles, sino también comprensibles en su razón de ser y en su discurso simbólico, no sólo a nivel interno, sino también en el espacio urbano y geográfico. Un templo que no sea significativo en estos espacios, carece de significado. San Carlos Borromeo decía que las piedras del templo debían de ser suntuosamente ordenadas para atraer a los hombres a la piedad, conservar la majestad de los sacramentos y la reverencia debida a las cosas divinas y ser un incentivo para la devoción.

Leer más ...

La belleza pone al hombre de rodillas

Escrito el

El arte cristiano, y más concretamente el arte sacro, es un lugar “sobrenatural” que interroga a la razón desde la emoción que produce la belleza. Por eso Benedicto XVI afirmaba que la verdadera apología del cristianismo, la demostración más convincente de su verdad contra todo lo que lo niega, la constituyen, por un lado, los santos, y por otro la belleza que la fe ha generado. La belleza nos faculta para descubrir lo sobrenatural en lo empírico, haciendo posible la comunión con el Misterio Divino. San Agustín corrobora con su experiencia esta afirmación: ¡Cómo lloré con tus himnos y canticos, profundamente conmovido por las voces de tu iglesia, cantando suavemente! Las voces penetraban en mi oído y con su corriente iba goteando la verdad de mi corazón. Se despertó el sentimiento de Dios, se me caían las lágrimas y me sentía plenamente feliz. (Confesiones IX,6,14)

La belleza artística, incluso la que no tiene un contenido religioso, puede llevar al embelesamiento y, desde ahí, siempre puede darse el paso a la oración, al amor a Dios, a la adoración; porque la belleza, si es verdadera, “pone al hombre de rodillas”. Por eso, en los caminos de la nueva evangelización a la que estamos llamados, “tenemos que conducirnos a nosotros mismos y guiar a las personas con las que nos encontramos a entrar en contacto con lo bello”.

Leer más ...