El Hospital Real de la Caridad de Guadix, la belleza de una Iglesia samaritana

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El día nueve del mes de junio era inaugurado el Centro Cultural Abierto Hospital Real de la Caridad de Guadix. Un proyecto que redescubre a Guadix, no sólo una parte muy importante de su historia, sino la historia más hermosa que procede de lo mejor del ser humano: la que se escribe desde la virtud teologal de la caridad. Porque fue el amor al pobre y necesitado, guiado por la fe en Jesucristo la que obró en estos casi cinco siglos de historia del Hospital Real de la Caridad de Guadix.

El 21 de mayo de 1492, en la Alhambra de Granada, el Cardenal don Pedro González de Mendoza, expedía la bula mediante la cual Guadix volvía a recuperar su antigua dignidad episcopal; recordemos que Guadix contó con Cátedra Episcopal desde el siglo primero hasta la llegada de almorávides y almohades. A finales del siglo XI, se eliminó toda presencia cristiana en nuestra tierra. En dicha bula se establecía la erección de la Catedral de Santa María de la Encarnación en lo que había sido la Mezquita Aljama, y el establecimiento de un hospital. Seis años después, en 1498 se instala el Hospital en lo que había sido la antigua sinagoga, donada por los Reyes Católicos para este fin, y comprando el Cabildo además, algunas casas y huertos aledaños.

¿Cuáles eran las atenciones que el Hospital prestaba? En primer lugar el cuidado de los enfermos, hombres y mujeres; Casa Cuna, acogía a los llamados niños expósito, niños abandonados al nacer, generalmente en las puertas de las iglesias o en los tornos de los conventos de clausura, o entregados por sus padres a la Iglesia por falta de recursos para poder criarlos. Por lo general solía tratarse de niños procedentes de partos fuera de matrimonio, de abusos o relaciones con las sirvientas por parte de los señores. También albergaba el Cotarro, lugar en que se daba acogida a pobres sin hogar, vagabundos, peregrinos y, en general, a gente de paso enfermos o sin recursos.

En este edificio de la sinagoga el Hospital Real de la Caridad cumplió su misión hasta que, con motivo de la expulsión de los jesuitas de España, en 1767; ordenada por el rey Carlos III so pretexto de haber sido los instigadores de los motines populares del año anterior, conocidos con el nombre de Motín de Esquilache, llevaran al Prelado y Cabildo accitano en 1768 a trasladar la sede del Hospital, de la antigua sinagoga, al Colegio de San Torcuato de la Compañía de Jesús, por ser un edificio mucho más amplio y luminoso, y contar con un buen templo, por lo que podía prestar con mejores medios las distintas obras de caridad que el Hospital desarrollaba.

Los Reyes Católicos y la atención hospitalaria

Los Reyes Católicos crearon una red hospitalaria en el oriente andaluz que va unido a la reorganización eclesiástica del reconquistado reino de Granada. En las cuatro diócesis, en la misma bula fundacional por la que se erige la catedral también se dispone el establecimiento de un centro hospitalario que, aunque patrocinado por la Corona, es gobernado y regido de pleno derecho por el prelado de la diócesis y el cabildo catedralicio. No pocas veces, estas fundaciones se han justificado como una política de buena imagen, es decir, se trataba de retirar de la calle a enfermos y menesterosos, siendo una cuestión más de orden público que de socorro. Sin dejar de reconocer que la visibilidad de los pobres siempre ha molestado, también ahora; este matiz de orden público no tiene sentido en el terreno de la enfermedad. Sin duda lo que a la Reina le movían tenía un sentido más amplio, más profundo, más grande, más importante: EL SENTIDO DE LA CARIDAD CRISTIANA. Doña Isabel promovió la reforma de la Iglesia, buscando un espíritu más evangélico, porque entendió que su reinado, que el gobierno del pueblo, no se podía emprender sin la santidad personal y la santidad del reino. Muestra de ello es que en las cortes de Toledo de 1480, a propuesta de fray Hernando de Talavera, se decidió que “solamente se elegirían para el ministerio de los obispos y de los sacerdotes, a hombres honestos y virtuosos; naturales de estas tierras, para que las conociesen y viviesen; de clase media, para que no tuvieran en más estima a los intereses de su familia que las necesidades de la Iglesia; y letrados, formados en las aulas salmantinas o en tantas escuelas de perfección de los santos pastores de aquella hora.”

Y de la caridad de la Reina doña Isabel nadie puede dudar, baste como ejemplo las disposiciones de su Testamento. Al final de su vida, cuando en su testamento disponga sobre sus honras fúnebres, pondrá de manifiesto el hondo sentido cristiano de su vida y de su gobierno al disponer que sean sencillas, sin colgaduras, ni mucha cera, y que lo que había de gastarse en estas pompas se aplique en socorro de los pobres, lo que prueba que para ella la atención a los necesitados eran una cuestión que iba más allá del orden público o de la imagen del reino.

E quiero e mando que ninguno vista jerga por mí, y que en las exequias que se hicieran por mí, donde mi cuerpo estuviese, se hagan llanamente, sin demasías, e que no haya en el bulto gradas, ni capiteles, ni en la Iglesia entoldaduras de lutos, ni demasía de hachas, salvo solamente trece hachas de cada parte en tanto que se hiciere el Oficio Divino, e dijeran las misas e vigilias los días de las exequias, e lo que se había de gastar en luto para las exequias, se convierta e dé en vestuario a los pobres,e la cera que en ellas se había de gastar sea para que arda ante el Sacramento en algunas Iglesias pobres, donde a mis testamentarios bien visto fuere (...)”.

  La Iglesia y el Cuidado del prójimo: Lo que hicisteis con uno de estos a mi me lo hicisteis.

El Catecismo de la Iglesia Católica en el n. 1856 señala la importancia vital de la caridad para la vida cristiana. En esta virtud que se encuentra la esencia y el núcleo del cristianismo, es, junto a la llamada a la conversión, el centro de la predicación de Cristo y es el mandato más importante. Jn 15, 12; 15,17; Jn 13,34. La caridad es el distintivo de los discípulos del Señor que dijo: Lo que hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos, a mi me lo hicisteis. La causa y el fin de la caridad, por tanto, está en Dios que se nos revela en su Hijo Jesucristo como AMOR. La caridad, para que sea verdadera, ha de ser desinteresada, activa (no bastan los buenos deseos), debe amar más, al que más cerca está, o al que más lo necesite. Se cuenta que en el siglo XVIII el zar de Rusia, que padecía de gota, hizo llamar una noche a su médico, el cual vivía próximo al palacio; en el trayecto a pie se topó con un hombre lisiado en medio de la acera pidiendo auxilio, el médico se apiadó y le atendió entreteniéndose demasiado tiempo. Cuando llegó a la cámara del zar, éste se hallaba desesperado por el dolor. Sabido el objeto de su tardanza el primer ministro mandó que se le reprendiera y castigara duramente por anteponer el cuidado a un súbdito al del emperador.

Cierto día, queriendo comprobar la caridad de sus vasallos, el zar se vistió de mendigo, y salió a la calle. En esto que el médico recibió aviso de que en palacio alguien principal necesitaba de asistencia médica, y como tantas veces fue a pie desde su casa. En el recorrido, se encontró con un pobre que agonizaba en medio de la calle. Sin duda había sufrido un ataque al corazón; y el médico dudaba entre atenderle o seguir su marcha a palacio. Por fin, impelido por la compasión se detuvo y atendió a aquel pobre hombre que se debatía entre la vida y la muerte. Y logró salvarlo. Cuando el médico llegó a palacio, el primer ministro colérico mandó encarcelarlo.

Al día siguiente el emperador llamó a su primer ministro y le hizo redactar y llevar en persona el siguiente comunicado:

Mi querido médico, Yo, el zar de Rusia, al que anoche salvaste la vida movido por tu piedad, te nombro mi hombre de confianza otorgándote desde el momento presente la responsabilidad de ser mi primer ministro”.

El cuidado del prójimo, enfermo, pobre, peregrino, nos remite y remitirá siempre como decía el papa Pablo VI, a los orígenes evangélicos de la Iglesia, al designio mismo de Dios en orden a la salvación del mundo, al ejemplo inolvidable e inexpugnable de Cristo, pobre él también y anunciador de su Buena Nueva a los pobres, cuando se atribuye a sí mismo y recuerda el vaticinio de Isaías: "El Espíritu del Señor me envió a anunciar la Buena Nueva a los pobres" (Lucas 4, 18); y cuando llamará ante todo bienaventurados y primeros en el reino de los cielos a los pobres que tienen alma de tales (ver Mateo 5, 3); y cuando hará de la beneficencia para con todas las categorías de personas que sufren y de desheredados la razón fundamental de nuestra salvación en el ultimo juicio (Mateo 25, 34 y ss.).

Entre tantas páginas negras que toda institución compuesta por hombres alberga en su seno, también la Iglesia, hay sin duda innumerables páginas que brillan como el astro rey en el cielo, y estas son las que se han escrito, a veces entregando la propia vida, con el corazón, un corazón henchido de amor a Dios y al prójimo. Una de estas luminosas páginas, con cinco siglos de vida, se llama y es Hospital Real de la Caridad de Guadix.

Una Iglesia pobre que atiende a los pobres: las penurias económicas del Hospital Real de la Caridad

A mediados del siglo XVIII. Según las respuesta trigésima del Catastro de Ensenada se dice literalmente: “En esta ciudad ay un hospital real, cuio destino es para criar niños expósitos y curar pobres enfermos hasta donde alcancen sus rentas. Y las que se mantienen son: Cuatrocientos ducados de un juro en la corte, en que lo dotaron los señores reyes antecesores. Un mil ochocientos y sesenta reales anuales, con corta diferencia, de diferentes zensos. Cinco mil setecientos y cuarenta, poco más o menos, que cobra anualmente de todas las rentas decimales de esta Ciudad y su Partido y del Marquesado del Zenete. Y del cortijo de Juancho, que produce cada año treinta fanegas de trigo y diez y ocho de zebada, poco más o menos. De una huerta que llaman Casanueva, que renta cada año cincuenta y dos fanegas de trigo y veinte y ocho de cebada con corta diferencia. Una haza, en la Rambla de Paulenca y una hera en el Royo, que gana de arrendamiento anual doze fanegas de trigo, y son para distribuir en pan para los pobres de la cárcel. Dos piezas de tierra de año y ves en Paulenca, que rentan cada año media fanega de trigo, regulada por de todos los años en los Diezmos de granos de esta ciudad y su Partido y el del dicho marquesado, regulados por un quinquenio, percibirá cada año, como unas trescientas y sesenta fanegas de trigo, doscientas cincuenta y una de zebada y sesenta y quatro de zenteno. Que es cuánto han podido inquirir en razón de dicha pregunta, y se remiten a lo que resulte por los libros de dicho Hospital y de la relación que de su rector, y responden”.

El siglo XIX, es un periodo especialmente duro para el hospital, ya que es víctima de las desamortizaciones de Mendizábal. La Catedral, las Parroquias y los conventos pierden sus tierras, y por consiguiente sus rentas decimales. A esto hay que sumarle las epidemias cíclicas de cólera morbo, tifus, etc. Algunos accitanos legan limosnas al hospital en sus testamentos, pero serán insuficientes. En 1859, el Cabildo Catedralicio escribe al Dr. Luis López de Argueta y al Dr. Luis Latubilla contando la situación de precariedad que vive el hospital, para que trabajen sin cobrar, el médico y cirujano, para cubrir necesidades básicas de los enfermos, mientras mejora la situación económica del mismo.

En esta situación, en 1913 se llama a la Congregación de Siervas de María para que lleven a cabo la atención de los enfermos, estas religiosas permanecerán aquí hasta 1918, en que se harán cargo del hospital las Hijas de María Madre de la Iglesia, hasta su cierre en 1987. Desde el siglo diecinueve hasta la primera mitad del siglo veinte, una actividad extra hospitalaria en la que el Cabildo junto con las religiosas volcaran todos sus esfuerzos, será la de dar de comer a los pobres todos los días. A pesar del gasto que esto suponía, se repartía una ración de comida a cuantos pobres se acercaban al Hospital, porque según el Cabildo “esta es la única ración de alimento con el que cuenta (los pobres) para su subsistencia.”

No obstante a la escasez de medios, se sigue trabajando por la mejora de la atención hospitalaria y el 26 de Enero de 1921 se inauguró un nuevo quirófano con tres intervenciones de los doctores Víctor Escribano, catedrático de anatomía descriptiva y embriología; Alejandro Otero, prestigioso ginecólogo y José Blasco, anestesista.

En la pos guerra el Hospital desempeño un importante papel en la distribución de la ayuda proveniente de Estados Unidos, lo que en Guadix se recuerda como el reparto de la leche americana. Reparto de leche, queso y otros alimentos que se llevaban a cabo en este centro, garantizando así que estos alimentos se distribuyeran de manera justa y equitativa.

El espacio expositivo

La exposición permanente del Centro Cultual Abierto está dividida en siete salas bajo los epígrafes El Cuidado de el Cuerpo y El Cuidado del Alma.

A la exposición sobre el Cuidado del Cuerpo se dedican los primeros seis espacios del Centro Cultural, haciendo un recorrido por la historia del Centro Hospitalario desde su fundación hasta el cierre del mismo. En estos seis espacios podemos ver la romana de los diezmos, que era la base económica de sustentación del Hospital; la antigua caja de caudales o caja fuerte del Seminario de San Torcuato de Guadix; libros de medicina y manuales espirituales para la ayuda al bien morir, distintos objetos de uso corriente para la atención a los enfermos, también dos camas hospitalarias del S. XIX, o la cuna de los niños expósito; todas obras originales, auténticas piezas de museo; la recreación del quirófano; la antigua Casa de Socorro o sala de curas, y lo que pudo ser una antigua botica y herbolario de plantas medicinales del Hospital. Todo ello, con unos criterios expositivos muy modernos y a la vez muy bien contextualizados. En el último de los espacios, ubicado en lo que fue la antigua sacristía del templo de San Torcuato, está la exposición el “Cuidado del Alma”, aquí se habla de los sacramentos que se celebraban en este ámbito hospitalario: la santa misa diaria, el bautismo de niños expósitos, la confesión, la unción de enfermos (llamada entonces extrema unción), el viatico para los moribundos, los sufragios por las almas de los difuntos. Y también hay textos que ayudan al visitante, que quiere detenerse, a meditar.

La caridad cristiana, para que sea auténtica, tiene que abarcar las dos dimensiones del ser humano, la corporal y la espiritual: cuerpo y alma, que forman y constiyen la persona.

La imagen del Crucificado expuesta en esta dependencia, nos da la clave de la razón de ser de esta institución Hospitalaria: La caridad con los pobres de todas las pobrezas de la vida, porque los pobres son Cristo. Quien acaricia a los pobres, ha dicho el Papa Francisco, acaricia la carne de Cristo. Y esto lo ha vivido la Iglesia desde sus orígenes hasta de hoy.

Esperemos que el pueblo de Guadix sepa valorar esta recuperación que se ha hecho del edificio del Hospital Real de la Caridad, antiguo colegio que fue también de la Compañía de Jesús, y del nuevo espacio cultural en él ubicado, que lo apoye con sus visitas y dándolo a conocer. La Iglesia sigue apostando por crear tejido social desde la cultura que ha heredado, este proyecto “Centro Cultural Abierto Hospital Real de la Caridad de Guadix” es, sin duda, un referente para visitar Guadix, y para que los ciudadanos de Guadix, aparte ideologías, se sientan orgullosos. Hemos recuperado cinco siglos de historia, de lo que son las raíces telúricas de todos los accitanos.

Antonio Fajardo Ruiz

Antonio Fajardo

Párroco de San Miguel, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Arte Sacro y Patrimonio