DE POLÍTICAS RECIENTES: OPERA OMNIA

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La recóndita hermosura de la Plaza Farnessio de Roma, sin duda la más armónica de la ciudad, se abre al vial del campo de las flores que preside la estatua de Giordano Bruno, “Qui dove il rogo arse” o sea, aquí donde ardió el fuego que quemó al susodicho fraile pensador. No son pocas las veces en que pienso que Italia posee una sabiduría escondida, que le lleva a considerar como glorias nacionales a todos y cada uno de sus hijos, ya sean papas o herejes, monárquicos o republicanos, reyes o revolucionarios regicidas… a nosotros no nos pasa eso. Llevamos siglos quitando y poniendo nombres de calles, descabalgando estatuas y alterando símbolos, como si por quitar recuerdos se evitase la memoria o por cambiar lo decorativo se produjera la amnesia. Nuestro buen hereje Giordano Bruno preside el Campo dei fiori  romano en una bellísima escultura que para nada contradice el carácter papal de la ciudad… es como una broma llena de honda sabiduría. En la vecina plaza de Venecia todavía el rey Victor Manuel preside el altar de la patria. Eso sí, de una patria que ahora es republicana.

No, si verás como va a ser verdad aquella hermosa definición del humor que el propio Bruno regaló a Roma: “in tristitia hilaris, in hilaritate tristis”. Nadie ha escrito mejor acerca de la civilizada condición italiana: conservar la elegante tristeza en el humor y el distanciado gozo en la tristeza, es decir, saber reírse de uno mismo y considerar la vida llena de sentido, como un combate enérgico y suave contra cualquier fuerza maligna.

Dejad que os hable el cura: el diablo es un ser vencido por la muerte y resurrección de Cristo, pero tiene tres apellidos tremendos que se conjugan con el falso esplendor de un linaje venido a menos: tristeza, desconfianza y severidad. Si la tristeza y la desconfianza han fabricado una Europa del siglo XX intelectualmente aburrida, la severidad ha sido aun peor. Los totalitarismos son hijos del diablo de la severidad: ¿han visto ustedes lo ridículamente severos que pueden parecernos los testimonios documentales, siempre grises, de personajes como Hitler o Stalin?

Cuando nos da por la severidad parecemos políticos del PP o del PSOE, echándonos las culpas mutuas del calamitoso estado de la corrupción en Valencia… o en esa ciudad tan andaluza que se llama Madrid o en esa nueva fuente de centralismo que se llama Sevilla.

Ahora, para jugar al despiste, que es el entretenimiento favorito de nuestros políticos, se quiere enterrar a los viejos más enfermos, eutanásicamente tratados, mientras se desentierra el cadáver más eutanasiado de España: Franco. Al uno no le dejaron morirse a gusto y a otros nos van a dar el gusto de morirnos a tiempo… al menos, a tiempo de no gastar mucho en la Seguridad Social, pues siempre es más barato un cadáver que los cuidados paliativos que hubieran podido aplicársele. Es decir: no vas a poder asegurar tu vida en el hospital porque, habiendo pagado durante toda tu existencia a la Seguridad Social una cantidad astronómica, este chantaje social determina que un médico cualquiera puede sellar tu pasaporte definitivo a la estación sin retorno y pasarte de esta patria que se acaba a la definitiva y eterna. Estas cosas, antes se las dejábamos a Dios, que es con mucho, infinitamente más barato, pero ahora, toda vez que “el dinero público no es de nadie” (ministra actual dicit), crearemos unos comités llenos de buenos sueldos procedentes de bajos fondos para decidir cuántos y cuáles de los enfermos terminales han de recibir el consabido pasaporte. La eutanasia o el aborto son parte de lo que el Papa Francisco llama “cultura del descarte”, que viene a ser algo parecido al usar y tirar de los envoltorios, vehículos, ropa o electrodomésticos. Todo el que estorba puede ser abortado o eutanasiado. Hitler y Stalin han ganado la guerra… al menos la de las ideas.

Que estos postulados hitlerianos sean promovidos por la izquierda y asumidos por la derecha, no tiene explicación. En el caso de la izquierda porque pretende ser defensora de los débiles… y nadie hay más débil que un no nacido o un enfermo terminal; y en el caso de la derecha, porque dice inspirarse en un humanismo cristiano pero termina por deshumanizar y descristianizar.

A mí me gusta recordar el Campo dei fiori romano y a mi querido Giordano Bruno:  “in tristitia hilaris, in hilaritate tristis”.

U sea: que no sabe uno si reír o llorar, y en todo caso podemos evacuar lágrimas sonrientes o sonrisas lacrimosas, si no “honoris causa”, al menos “humoris causa”.

Manuel Amezcua Morillas.

Manuel Amezcua

Párroco de Nuestra Señora de Gracia y Fátima, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Familia y Vida.

Este artículo ha sido publicado en el semanario Wadi-as de Guadix y comarca

La dirección de la web de Wadi-as es http://andaluciainformacion.es/guadix/

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