A vueltas con Walter Benjamin

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Suele suceder. A medida que habitamos el pensamiento de un autor, tendemos a dilucidar los acontecimientos presentes con los retazos intuitivos hilvanados en la singularidad de su discurso.

En mi caso, la lectura de Walter Benjamin se condensa entre aromas primaverales, tras un duro invierno peleando con lo intrincado de sus aforismos y lo fragmentario de su argumentación. Y, ¡hete aquí!, el destilado de parte de su lectura viene a derramarse en la fiesta de S. Torcuato durante la homilía del Sr. obispo.

Hay una perla preciosa que luce de trasfondo en la homilía: comprender la gracia de Dios como “lo más sencillo y lo más grande al mismo tiempo”“el amor de Dios que vive y actúa en nosotros” acompasando la polarizada tensión entre límite y plenitud. Decir con el salmista:  «Tu gracia vale más que la vida», implica entender nuestra existencia como un «tiempo» (de salvación) llamado a liberarse de los constreñimientos del «espacio» conquistado a base de poder, autoafirmación y cálculo de interés, para abrirse confiadamente a los «procesos» que generan donación de sentido y horizontes de plenitud. Hablamos entonces de un tiempo «superior al espacio» (EG, 222); un tiempo agraciado, capaz de ensanchar la estrechez del límite e introducir dinamismos de plenitud en apertura a lo donado, en acogida al novum que irrumpe en el continuum de nuestra historia.

Walter Benjamin, desde su insólita aproximación al marxismo, esgrimió el concepto de «débil fuerza mesiánica» como antídoto eficaz contra la pretendida espacialización de la historia y del tiempo, esto es, contra la perversión de la racionalidad instrumental del capitalismo, y del marxismo sostenido por la lógica imperturbable de la dictadura del proletariado, que procuran la secularización del «tiempo» (la salvación está en el desenvolvimiento futuro del sistema) encerrándolo en el «espacio» acotado por la ideología y las formas de vida prendidas de ella. Un «espacio» que parece alargarse en el futuro, estirándose uniformemente, sin posibilidad de contracción, o de ruptura por la que pueda entrar la fuerza mesiánica que afronte la injusticia de las víctimas y oriente el sentido del progreso.

Todos los estudiosos coinciden en que Benjamin bebió del marxismo a través de la lectura del gran teórico marxista Georg Lukács. El otro día leía un artículo donde se citaba uno de los textos de Lukács, de influjo en la primera generación de la escuela de Frankfurt, y en el caso de Benjamin, un texto que -a mi entender- pudo empujarlo a ir más allá, auscultando las posibilidades del pensamiento teológico  como fuerza contrafáctica,  capaz de liberar la racionalidad utópica de su encarcelamiento espacial. No me resisto a reproducir la cita de Lukács por lo intuitivo de la argumentación. Se trata de una crítica furibunda a la racionalidad instrumental, al concepto calculístico propio del capitalismo, donde todo es subsumido en un tiempo lineal, racionalizado instrumentalmente… sin posibilidad de apertura a un concepto de historia como tiempo de la novedad, tiempo emancipado:

 “Tal es el principio que aquí se impone: el principio del cálculo, de la racionalización basada en la calculabilidad.” […] “Con ello pierde el tiempo su carácter cualitativo, mutable, fluyente; cristaliza en un continuo lleno de cosas exactamente delimitadas, cuantitativamente medibles” […] De esta manera el tiempo “es él mismo exactamente delimitado y continuamente medible: un espacio. En este tiempo abstracto, exactamente medible, convertido en espacio de la física, que es el mundo circundante de esta situación, presupuesto y consecuencia de la producción científica y mecánicamente descompuesta y especializada del objeto del trabajo, los sujetos tienen que descomponerse racionalmente de un modo análogo”1.

Es verdad que podemos hacer lecturas muy diferenciadas del gran axioma: «el tiempo es superior al espacio». Es verdad que Benjamin vislumbró la potencialidad teológica de tal axioma para el materialismo histórico. Y eso es sugerente, atrayente, brillante (aunque la conjunción teología-materialismo histórico nos traiga de cabeza a todos los estudiosos del filósofo berlinés).

Pero no debemos perder de vista que, desde la fe explícita en el resucitado, la apertura confiada a la «gracia» constituye ese intersticio histórico por donde entra el Espíritu que recrea la realidad y genera dinamismos y procesos abiertos a la plenitud; sinergias movidas por el Espíritu que rompen el encorsetamiento de la mera espacialidad; en palabras del Sr. obispo, “la gracia recrea cada día nuestra existencia, porque el amor nunca se cansa ni se deja vencer”. Por ello “nuestro principio rector debe ser el apostólico; es decir, estamos llamados a ser una iglesia misionera, abierta al hombre y a sus necesidades, con una especial atención a las situaciones de malestar, de pobreza, de dificultad, conscientes de que también ellas deben abordarse con soluciones adecuadas”.

En nuestra iglesia no debiéramos estirar el futuro a base de «espacios» de poder y vanagloria, sino más bien, responder creativa y responsablemente a la irrupción mesiánica del «tiempo» presente (el Kairós),  libres y cabales para «contraer» el tiempo en «constelaciones» de sentido que permitan recrear la sociedad y hacer memoria del grito del pasado.  

[1] Cf. E. Maura Zorita, “Benjamin y el tiempo”: Revista internacional de filosofía 57 (2012) 141. El autor toma la cita del libro de Lukács: historia y conciencia de clase (1923).

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal