De la advocación «Nuestra Señora del Refugio de pecadores» a Hannah Arendt

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«La realidad es superior a la idea», he aquí una de las grandes claves hermenéuticas del Papa Francisco en la Exhortación «Evangelii gaudium».

¿Y qué nos quiere decir? Que la espiritualidad cristiana es esencialmente encarnatoria: toca lo real, se hace una con la realidad más profundamente humana... el cristianismo nace hecho carne. Aquí reside la gran exigencia evangélica: la llamada a ser honestos con la realidad, o si queréis, la buena nueva de Jesucristo aviva nuestros sentidos para advertir el clamor de la carne, contemplándola sin melindres ni amedrentamientos, apercibiéndonos de la autoridad de lo real sobre cualquier interpretación sesgada, ideologizada, prejuiciosa o inmisericorde.
Me gusta decir que el Evangelio nos descentra para concentrarnos en el espesor de la realidad. Constituye la mayor fuente de equilibrio para tocar el sufrimiento (la realidad más pujante) sin prevenciones ni artificios, arriesgando en la cuerda funambulista de la fe en el Resucitado. ¿Acaso no es esta exigencia evangélica -de honestidad con lo real- fuente de constante persecución por el poder y la ideología?
Estos pensamientos son fruto de la cercanía a la cofradía del Cristo de la Flagelación y Ntr. Sra. del Refugio (parroquia de Santa Ana de Guadix) con la que comparto este curso unas catequesis de confirmación. La advocación mariana “Nuestra Señora del Refugio de los pecadores” nos descubre la centralidad de María en las misiones jesuitas del siglo XVIII. La imagen de María peregrina, con el Niño entre sus manos, acompañaba a los misioneros en lo arriesgado de sus correrías evangelizadoras, mostrándose así como Madre del Refugio en nuestro arduo peregrinar por esta vida. No es un detalle menor que la imagen fuese entronizada en algunos de los santuarios más relevantes, cual cálido hogar donde acompañar, discernir, regenerar e integrar en la comunión dañada por el pecado... ¿Acaso no suenan estos verbos al magisterio del Papa Francisco?
Ahora bien, ¿dónde reside lo grandioso de dicha advocación mariana? En que María camina, junto al pueblo de la promesa, sosteniendo entre sus manos la carne del Hijo. Ante la intemperie del camino, ella no busca amparo en lo artificioso de la ideología, o en la impostura del poder y la vanagloria, sino en la contemplación del rostro del Hijo, encarnado en lo itinerante, en la vulnerabilidad del refugiado. La carne del Hijo le habla de la seriedad de las heridas abiertas en el camino; de la autoridad de las víctimas que yacen en las cunetas, incapaces de progresar; de la vesania del pecado, que obstruye cualquier vía de salida para reiniciar la marcha hacia la tierra prometida. A través del Hijo, María es consciente del espesor de la realidad, y actúa en honestidad con lo complejo e intrincado del camino: desplegando sus entrañas maternas para ser refugio de los cansados y caídos, empezando por los heridos a causa de lo dañino y lacerante del pecado.
María, bajo el faro del Espíritu Santo, abarca con mirada equilibrada lo vasto de la realidad, proclamando sin ambages la autoridad de los humildes y sencillos en el devenir de la historia:

“Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1, 51-54)

Nuestra Señora del Refugio rompe así el hermetismo de toda ideología, o la labilidad del pensamiento acomodaticio, desvelando la inquina de la maquinación que oculta la singularidad de la persona, su dignidad irreductible. ¿Cómo poder explicarlo más claramente? Hagamos un ejercicio de confrontación:
El menoscabo de la dignidad de la persona humana siempre ha ido de la mano de la mixtificación de la realidad, bajo el amparo de la ensoñación ideológica. Nadie mejor que Hannah Arendt para ilustrar esta verdad. Arendt es una de las mujeres más influyentes del siglo XX, filósofa política alemana, de origen judío. A raíz de la persecución judía en Alemania, llegó a ser exiliada a Estados Unidos, de donde -al cabo de los años- fue enviada a Jerusalén como reportera del The New Yorker para cubrir el juicio de Otto Adolf Eichmann, un teniente coronel de las SS nazis, muy activo en el empeño por la «solución final judía». De este trabajo informativo emanó su controvertida obra: “Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal”, ed. Lumen, 2012.
Hay una cuestión muy sugerente en la visión arendtiana del holocausto judío. Siempre estuvo intrigada por lo complejo de la personalidad de Eichmann. A su entender, no podría decirse que Eichmann representase una personalidad esencialmente maligna o sádica, aunque sí le impresionaba de él su tenaz obediencia al cruel proyecto encomendado: «la solución final». Y es que, muchos de sus correligionarios, a medida que el régimen mostraba debilidad, comenzaban a desertar -quizás también persuadidos de la magnitud del exterminio-, mientras que Eichmann guardó lealtad al proyecto contra todo presagio. Ante tal muestra de firmeza, Arendt interpreta sagazmente algunas de las dimensiones de esta personalidad: un burgués solitario, sin sentido de la trascendencia; incapaz de confrontarse con la realidad, escapando de ella en el refugio de la ideología; sugestionado -irreflexivamente- por participar en algo grandioso, histórico, único... hasta el punto de encubrir el sufrimiento de las víctimas con la virtud de la fidelidad al proyecto ideológico. Definitivamente, Eichmann perdió el sentido de honestidad con lo real.
La Virgen María, Nuestra Señora del Refugio, encarna la coherencia con lo real: siempre proclama la autoridad de las víctimas; es experta en humanidad a fuer de ser conducida por el Espíritu que inunda graciosamente toda la realidad. Su refugio es la Palabra hecha carne; en la cotidianeidad reflexiona y medita la Palabra en su corazón, constituyéndose así en intérprete cualificada de los sentimientos y aspiraciones de cuantos, en el sufrimiento y la injusticia, anhelan el reconocimiento de sus derechos:
 
“Ha mirado la humilde condición de su sierva; desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1,48).

Parece como si, Eichmann, tuviera cercenada toda posibilidad de reflexión sobre lo real a causa de la esclavitud de lo ideologizado, mientras María continuamente discierne, y piensa la realidad, desde la libertad que mana en obediencia a la Palabra que recrea nuestro mundo.
¿Hay realidad más notoria que un humilde hogar de Nazaret?... allí está María en honestidad con lo real; ¿hay realismo más pujante que el de lo provisorio de la vida en el portal?... allí está María fiel en la estrechez; ¿hay mayor clamor que el de la necesidad perentoria de unos novios el día de su boda?... allí está María despertando a la realidad; ¿Hay mayor contundencia de lo real que en la muerte del Hijo?... allí está María inamovible ante la evasión de los demás; ¿Hay mayor espesor de lo real que el de las puertas cerradas por fracaso y miedo?... allí está María acompañando a los discípulos en la vida y la oración confiada; ¿Hay mayor realidad aflictiva que el de las heridas a causa del pecado?... allí está María como Refugio de los desheredados de la Vida; ¿Hay mayor consistencia de lo real que en el gozo de la resurrección?... allí está María como prefigura de nuestra realidad glorificada.
Ojalá esta pascua de resurrección afiance nuestros pies en la tierra mientras los ojos de fe vislumbran horizontes de vida... ¡siempre en honestidad con lo real!
José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal