En camino. Siempre.

Escrito por  |

Se suele decir que, el ser humano es “homo viator”, es decir persona en camino. Siempre, le añado yo, pues se va haciendo el camino al andar… 

 

como decía el poeta, aunque para el creyente, si hay un camino trazado por Jesucristo, el Hijo de Dios y de la Virgen María. Un camino que hay que recorrer en libertad y siendo conscientes de lo que se hace en cada momento, pero con los ojos fijos en Jesús y siguiendo muy de cerca su huella, para no despistar a la gente, ni despistarnos demasiado.

Este camino lo empezamos a recorrer desde nuestro bautismo, aunque en ese momento lo hicieron nuestros padres y padrinos por nosotros, pero una vez adultos, somos cada uno de nosotros, los que hemos de tomar partido y tomar las riendas de nuestra vida y decidir, -mejor si otros te ayudan-, lo que en cada momento es bueno para ti y te va haciendo más feliz.

Pero es en cuaresma, donde más se nos invita a recorrer ese camino y a ser conscientes de las deficiencias y desviaciones que vamos teniendo para no perder de vista la meta que, es la Pascua, la Resurrección. Y al descubrir esas deficiencias, se nos hace una llamada al cambio y a volver a empezar, porque Dios no lleva cuenta de los delitos –dice el salmista-, sino que más bien está abierto a la misericordia y a la compasión –también lo dice el salmista y el mismo Jesucristo-.

O sea, que ya estamos acabando la cuaresma y desde el principio os invitaba a vivirla como un himno a la vida, que es de lo que se trata, porque “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y sea feliz”. Espero que esto vaya siendo una realidad en vuestra vida, en la mía lo es y, por eso lo quiero transmitir en estas páginas de la Iglesia en salida.

Os decía en otra ocasión que “Iglesia en salida” quiere ser una actitud de vida, una forma de estar y de sentir nuestro trabajo en la vida, teniendo en cuenta a los más pobres y a los que han perdido el rumbo de la vida; que tenga en cuenta a los que sufren, a los que pasan cualquier necesidad, cualquier enfermedad… Y, que ellos, sientan cercana nuestra presencia y nuestro estímulo. Que como, dice una de las plegarías que oramos en la Eucaristía, los sufrimientos de las personas no sean ajenos a nosotros, sino que más bien estemos disponibles ante quien “se sienta explotado y deprimido” así como que nuestra “Iglesia sea un recinto de paz, de justicia, libertad y de amor, donde todos puedan encontrar motivos para seguir esperando”. De eso se trata, de mantener viva la esperanza, de saber que siempre se puede mejorar, de saber que el Dios que nos ha amado primero, tiene, en todo momento, una palabra de aliento y de alegría para nuestra vida. Y, esto, hay que vivirlo y contarlo a los cuatro vientos, no lo podemos callar, pues si callamos, dejamos de reflejar el rostro misericordioso de Dios.

Ese Dios, nos responde al Padre nuestro, desde el otro lado, según nos lo cuenta José María Rodríguez Olaizola, SJ., diciendo: “Hijo mío, que estás en la tierra, haz que tu vida sea el mejor reflejo de mi nombre3. Adéntrate en mi reino en cada paso que des, en cada decisión que tomes, en cada caricia y cada gesto. Constrúyelo tú por mí, y conmigo. Esa es mi voluntad en la tierra y en el cielo. Toma el pan cada día consciente de que es un privilegio y un milagro. Perdono tus errores, tus caídas, tus abandonos, pero haz tú lo mismo con la fragilidad de tus hermanos. Lucha por seguir el camino correcto en la vida que yo estaré a tu lado, y no tengas miedo, que el mal no ha de tener en tu vida la última palabra. Amén.

José Mª Tortosa

Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán. Delegado de Apostolado Seglar