Un himno a la vida

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Siempre me gusta comenzar la cuaresma leyendo algún libro que me prepare para estos días intensos de oración, limosna, amor y ayuno. Así que en esta ocasión ha caído en mis manos un libro estupendo sobre la amistad y que recomiendo leer encarecidamente. Son 97 páginas sin desperdicio de ningún tipo y que yo destaco esto en este momento.

 

El libro le llama “Los besos no dados” y el autor es Ermes Ronchi, en la editorial Paulinas. Este autor es religioso de los Siervos de María, teólogo y antropólogo.

Os dejo con él: “No hay dos amores, uno para el aquí y otro para el allá. El amor a la vida y el amor a Dios son dos facetas de la misma experiencia. Dios no es una vía de escape de la vida, sino un lugar de levadura, de germinación: está en el corazón de la vida.

En esta óptica, la amistad es un punto fuerte, un acontecimiento de gracia, para la plenitud del vivir, para la experiencia de Dios. Que cuando bendice acrecienta el impulso vital de su creatura (Sed fecundos y multiplicaos).

Tal vez sea también la hora de ir más allá de las distinciones y las oposiciones, que se han afirmado y que nos son tan familiares: entre eros y agape, entre amor y caritas. Entre vitalidad y espiritualidad, entre amor carnal y amor espiritual. En la relación amistosa y amorosa, don y atracción son una trama vital.

Humanamente estamos vivos en la medida en que estamos interesados en la vida y participamos en la vida de otros, con ese interés que llamamos amor. Y cuanto más amemos la vida, apasionadamente, más saldremos de nosotros mismos y nos expondremos a las experiencias que la vida ofrece (el amor no protege sino que expone), más capaces seremos de sentir felicidad. Y al mismo tiempo también dolor, involucración en la tristeza y en las desilusiones.

Esto es lo que hace la amistad, que hace vivir la vida, vivir con más gozo y más pasión, en la bellísima ambivalencia de la palabra –como padecimiento y como apasionarse-, porque una vida no vivida es lo más horrible que puede sucedernos. Es una vida muerta.

Como si se hubiese dado una especie de eternidad a la amistad, que consiste en entrelazar las cosas últimas y las penúltimas.

Son idealizaciones, porque el amor entre seres humanos, también el amor de amistad, está siempre amenazado. La armonía se alcanza al final de un proceso, que no comporta solo la espontaneidad del sentimiento, que no puede ser fruto de la atracción física o simplemente psíquica, sino que reside en la polifonía, en la vivacidad del contraste que se sabe sostenido y guiado, en la multiplicidad de sus deseos, desde la referencia al deseo único”.

José Mª Tortosa

Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán. Delegado de Apostolado Seglar