Del Belén viviente en la Asociación San José a Paul Ricoeur

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Dicen que hasta San Antón pascuas son, y ya va un considerable trecho de entonces a hoy, pero yo sigo pisando el suelo de los caminos que van a Belén.

Y mucho me temo que transitaré esta cuaresma a la luz de una estrella de Belén, desplazada sigilosamente sobre un entramado de cables hábilmente camuflados,  a impulso de unas manos -de cuidador y maestro- que tiran pacientemente del aluvión de asombro y sorpresa entreverados en el corazón de la discapacidad… allá donde se encarna lo veraz del portal: la certeza de que junto al Niño se hacen nuevas las cosas.

En mi memoria perdura obstinado el recuerdo del Belén viviente representado en el colegio de la Esperanza (Asociación San José de Guadix). Debo decir que, dicho evento, cobra una singularidad especial por lo multiforme de los personajes y decorados, pues los protagonistas del Belén responden a una franja de edades muy dispar y la capilla adquiere las hechuras de palacios y posadas, erigidos por el mimo de los educadores. Y en el cenit de la representación, sorprende el cabrillear de pastores, ángeles, reyes, cuidadores, maestros… toda una barahúnda de mundos interiores que, a la luz de la estrella de Belén, irradian bienaventuranza, vestidos con el traje de fiesta en el banquete de bodas de su Señor.

Recuerdo especialmente a un ángel. Un ángel en el sentido más literal de la palabra, y no sólo por el vestuario provisto al efecto. Le llamaremos Davinia. Justo antes de la representación -saludando uno por uno a los allí presentes- me percaté de que a este ángel debía acercarme de una manera especial… quizás algo más comedido; ciertamente intrigado por la mirada ciega de una niña (que permanecía sentada junto a su cuidadora) ávida -sin duda- de apresar toda la información a su derredor.

Y aquí viene la anécdota: ante lo singular de aquel encuentro, ingenié una batería de preguntas indirectas, ambientales, para motivar el diálogo; no sin antes cogerla de la mano como signo de cercanía y afecto (también la cuidadora le ofreció su mano amiga para darle más seguridad). Le pregunté por su nombre, a lo cual respondió con una inusitada locuacidad, mostrando un vitalismo acrisolado y arrollador, hasta el punto de exorcizar la ceguera con lo efusivo de su expresión lingüística y corporal. Ya en este primer impulso comunicativo comenzó a desarbolarme, abrumado quizás por tanta magnanimidad y arrojo concentrados en una vida tan pequeña y vulnerable.

Justo cuando yo comenzaba a enunciar otra pregunta intrascendente, ella me abordó -con decisión y maestría- preguntándome directamente sobre mi atuendo… una manera de dejarme claro que, en el juego de la comunicación, o hay reciprocidad, o de lo contrario se convierte en un ejercicio autoritario y egocentrista de manejo de la información, obcecado en controlar todas las variantes del diálogo; algo distinto a la alegría del encuentro, donde prima el reconocimiento mutuo que abre a lo arriesgado de mostrar confiadamente nuestra identidad más constitutiva y personal. En este sentido, me vi en la tesitura de tener que describirme ante aquella niña que prestaba la atención que sólo los ciegos suelen mostrar: escuchar con todo el cuerpo, abstrayéndose resueltamente de todo aquello que no pueden ver. Le describí pormenorizadamente mi vestimenta, comprendiendo que, en puridad, debía mostrarme sin reservas ante una vida habitualmente expuesta, acostumbrada a  abandonarse y reconocerse en la mirada de los otros. También le comenté los detalles de su indumentaria celestial: sus alas, su vestido blanco, la cinta que adornaba su cabeza… a lo cual, ella asentía persuadida de toda la dedicación de sus cuidadores.

A partir de ese momento el diálogo cobró sentido, fluyendo de corazón a corazón en un vaivén de descripciones, expresiones faciales, risas; soltando todo atisbo de control y prevención. Posiblemente este día pase como el día en que un ángel me mostró lo vibrante del encuentro que conduce al verdadero «reconocimiento». ¡Cuántas veces en la pastoral no buscamos tanto el reconocimiento mutuo, sino sólo conocer paternalistamente y sin arriesgar!

Dándole vueltas a lo acontecido en el Belén, me vino a la cabeza un filósofo de pro, francés para más señas, que nos mostró la potencialidad de la ciencia hermenéutica para indagar en la condición autobiográfica de los individuos. Como sabéis me estoy refiriendo a Paul Ricoeur, que nos dejó hace ya 12 años. De entre sus obras, hay una -su última- titulada: “Caminos del reconocimiento” (Trotta, 2005). En ella, Ricoeur despliega un cuerpo argumentativo que, sin duda, arroja luz sobre la anécdota referida.

La gran intuición de Ricoeur es que la filosofía y las ciencias han encumbrado una modalidad de teoría del conocimiento en su sentido más clásico, tal como nos ha llegado desde la modernidad iniciada por Descartes y Kant, a saber, una suerte del conocer que parte de la sola subjetividad para reelaborar la información obtenida y dictaminar el juicio sobre las cosas y la acción práctica a desarrollar. El conocer produce entonces un movimiento unilateral de análisis, decisión y acción, haciendo del «otro» un mero «objeto» del conocimiento.

Ahora bien, Ricoeur nos hace notar sutilmente que el «otro» no se acomoda facilonamente, como «objeto» inerte, al impulso subjetivo del conocer, sino que se presenta como un ser humano, «sujeto», capaz de actuar, amar y sufrir. El «otro» deja de ser «objeto», para manifestarse como persona que exige reconocimiento en reciprocidad: el cauce adecuado  para donar gratuitamente aquella mismidad que rehúsa el ejercicio subjetivo y aséptico del conocer, mostrándose más bien en lo arriesgado del reconocerse en las capacidades y vulnerabilidades, sin desdeñar que el «otro» es irreductible en su fuero interno.   

Por esto, aunque el «reconocimiento» puede entrañar un momento activo (en cuanto que delata la pretensión de ejercer una forma de control intelectual sobre el mundo), no debemos olvidar, sin embargo, su momento pasivo (el impulso por conocer acerca del «otro» sólo puede ser satisfecho en la reciprocidad). Se trata entonces de un movimiento donde el interés subjetivista del conocer muda a la recíproca alegría del reconocerse en las capacidades y vulnerabilidades.

¡En el camino del reconocimiento mutuo nos toparemos con la alegría de evangelizar!

... Érase una vez un ángel llamado Davinia... gracias por poner luz en mis ojos.

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal