Esta Noche no la debemos dormir

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Estos últimos años, la Noche Santa de navidad me brinda el grato recuerdo de las Hermanas Concepción y María José, religiosas de la Fraternidad Reparadora, con las que compartí cinco años de mi vida sacerdotal.

La intuición me dice que ésta era su gran Noche; los días previos se les notaba especialmente radiantes, como alborozadas, espabiladas de toda clase de modorra consumista… con la lúcida conciencia  de las que son avezadas y expertas en la cadencia trepidante de la Noche de Navidad (algo así como lo que expresa la canción de Rafael: “que pasará, que misterio habrá, puede ser mi gran noche”). Decididamente, en esos días se percibía en ellas cierta musicalidad, cual villancico esbozado a manera de mantra: «no la debemos dormir». Y, tal es la fuerza arrolladora de dicha consigna que, en estos días… pasados los años, impera como banda sonora de mis horas navideñas.

¡La Noche despertada y templada para adorar el don de Dios…!

«Oh noche dichosa, oh noche amable más que la alborada, oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada» S. Juan de la Cruz.

Ya en las horas previas a la Noche, se percibía en las Hermanas una inusitada complicidad… una especie de picaresca, una suerte de intriga o maniobra incógnita, un secreto guardado a grandes voces, del cual muchos éramos sabedores: había un Niño Jesús (no recuerdo si en Policar o en Lugros) que despertaba un no sé qué, y que -literalmente- era arrebatado en complot noctívago, para serenar y acompasar con su Presencia el regocijo y la algarabía de estas dos trasnochadoras. Este recuerdo es especialmente feliz para mí: ¡el Niño que serena y acompasa el alborozo noctámbulo de la persona despertada a la fe en el Todopoderoso!

Alborozo, algarabía, conmoción, regocijo, sobresalto, sorpresa, expectación, palpitación, turbación… ¡los genuinos estupefacientes para habitar la Noche prendidas de la contemplación de la Carne, que en humanidad huele a divinidad!

Se trata de eso… contemplar y adorar, fijarse en las hechuras del Niño, reparar en la expresión de su cara, adentrarse en su lloro o en su risa, conmovernos por sus súbitos movimientos, trazar la línea imaginaria que recorre su anatomía, sopesar la textura de sus miembros, suspender nuestra respiración para amoldarse al ritmo de la suya, percibir el calor que sostiene al fulgor de la aurora, respirar hondamente la emanación de la vida incipiente, grabar en nuestra retina la luna que es testigo de tan inmenso prodigio, escuchar el silencio que se rompe a golpe de intrépido suspiro. Una inmensa tarea, digna de ocupar toda una noche… y si no…que se lo digan a los papás de los recién nacidos.

Es el momento propicio para dar rienda suelta a nuestra condición paterno-materna. Se nos invita a mirar con los ojos de María y  José… ¡nos ha nacido un Niño!… creo honestamente que aquellas religiosas percibían en la Noche la densidad y ultimidad del momento: ¡Si nos ha nacido el Salvador! ¡Si tenemos al Niño entre nosotras! ¿Cómo es posible dormir? ¡la Noche se despereza en estrategias para el cuidado y la atención al Niño!

 Alguien dijo ingenuamente que la noche confunde… ¡muy al contrario!, la noche es el tiempo de alumbramiento de la Verdad… constituye el espacio donde la adrenalina fluye para acaparar los detalles más mínimos de la Encarnación del Niño-Dios.

Esta Noche es tan especial, y singular, que hasta la razón encuentra acomodo y descanso junto al Niño. Siempre tendemos a explotar nuestra capacidad razonadora llevándola a la extenuación;  a menudo, el raciocinio humano permanece estresado, y como afectado por una congestión de escepticismo, tan sofocante, que escamotea la frescura de la fe de los sencillos, aquellos que saben estimular el pensamiento en la sosegada contemplación del don, presente en la obra de la creación.

Creo que la fe, en esta Noche Santa, ofrece a la razón un hogar cálido para reponer fuerzas, y así desarrollarse  en versatilidad, en apertura a lo donado, en honestidad con la obra de la creación. El Papa emérito Benedicto XVI siempre insistió en la necesaria armonización de fe y razón, cristalizando en un compromiso de mutua vigilancia, porque «la razón sin la fe se automutila, mostrándose incapaz de dar satisfacción a las inquietudes fundamentales del espíritu humano», aunque igualmente, «una fe sin razón se halla expuesta al riesgo del fanatismo, el fundamentalismo y la violencia» (Benedicto XVI, “Fe, razón y Universidad. Recuerdos y reflexiones”, Discurso en la Universidad de Ratisbona, 2006, en https://w2.vatican.va/.../es/.../hf_ben-xvi_spe_20060912_university regensburg.html).

Estoy convencido… ¡en el pesebre cohabitan -desprevenidas y descansadas- fe y razón! Hay una tregua dichosa, se baja la mutua vigilancia… ahí, en el pesebre… ahí, con José, María y el Niño. Fe y razón se abren para dejar espacio a la contemplación… sólo el que contempla y adora a la Carne, nacida en fragilidad, adquiere la destreza y audacia para reconocer y acompañar a los otros cristos nacidos en carne doliente y necesitada.

De las Hermanas también heredo un villancico que gusta jugar con lo sutil, con las grandes verdades calzadas en la tonalidad melodiosa y jovial, con la defensa de los últimos como auténticos vigías del novum de nuestra historia. El encabezado del villancico apunta magistralmente a los verdaderos causantes de la algarabía y el alborozo: “ay, ay, ay, los pastores… ay, ay, ay, como son…”, como una especie de reprimenda por despertar la noche y movilizar. Os dejo con la letra y si alguien tiene la música y la envía…pues mucha más algarabía para no dormir ante el Misterio. Buena Navidad para todos.

 

Ay ay ay los pastores…

 

Ay, ay, ay, los pastores; ay, ay, ay, como son

Los demás son muy sabios, ay, ay, ay, ellos no

Ay, ay, ay, los pastores, ay, ay, ay, como son

cuando todos se duermen, ay, ay, ay, ellos no.

 

No sabían leer en los libros, casi nunca asistían al templo,
Que sabían cuidar solamente sus cabras y ovejas y mirar al cielo.
No entendían porque los rabinos discutían con rostros tan serios,
Mas sabían estar vigilantes pasando la noche sin probar el sueño.

No se extrañan que Dios ame al hombre, no se extrañan que tome su cuerpo
No se extrañan de ver Madre y Virgen, ellos no se extrañan que todo sea nuevo.
Se lo cuentan los unos a otros, a José, a María y al pueblo,
Lo propagan por todas las partes,
porque para todos es el Evangelio.

Invitados por Dios al banquete no pensaron llegar los primeros,
Porque estaban muy acostumbrados
en todas las cosas a ser los postreros.
Se aprendieron el canto celeste y cantándolo siempre vivieron:
“Paz al hombre a quien Dios ama tanto,
y a Dios que nos salva la gloria en el cielo”

 

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal