La Inmaculada Concepción de la Virgen María y la juventud que sueña caminos

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Después de la celebración diocesana de la vigilia de la Inmaculada, encuentro elementos suficientes para afirmar el profundo vínculo entre el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y la etapa de juventud del ser humano.

Diríamos que, la proclamación mariana de la Inmaculada nos adentra en lo arcano de nuestra humanidad, revelando aquella genuina identidad que siempre nos ha caracterizado en nuestro peregrinar por esta vida, a saber, la condición creatural, despertada y habitada por el Espíritu de Dios en un dinamismo de regeneración, sanación, crecimiento, plenitud, nacido del encuentro entre el deseo humano y la misericordia entrañable del Padre.

La Inmaculada nos descubre que nuestra humanidad es esencialmente pluripotencial, es decir, nutrida de la placenta materna de Aquella que ha sido colmada de Espíritu de Vida. Y en apertura a este mismo Espíritu, los hijos de María quedamos abiertos a infinitas posibilidades de vida rejuvenecida; somos capaces de regenerar los jirones y desgarros acumulados en nuestro arriesgado peregrinar.

Con la mirada fija en la Inmaculada, percibimos la fuerza de la resurrección despuntando en medio de fragilidades, vulnerabilidad y pequeñez. La maternidad de María es tan fecunda que inocula en nuestra entraña lo embrionario de la vida eterna. De hecho, somos capaces de gestar vida digna, resucitada, allá donde la caridad y la misericordia son expresión de la acción del Espíritu en nosotros.

En definitiva, nuestra inercia es habitar el espacio de lo divino: en comunión de vida, en contemplación de belleza, en plenitud de amor misericordioso. La Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos nos vuelve a mostrar la naturaleza inmaculada de la Virgen, como fidedigno anuncio de que nada de lo que ha sido habitado por el Espíritu está llamado a la perdición. Todo se recobra en derroche de belleza, dignidad y bondad, objeto de la complacencia de la Trinidad.

Este año, la Vigilia de la Inmaculada fue en Jérez del Marquesado. Allí se podía percibir telúricamente este singular vínculo entre la Madre Inmaculada y los jóvenes. A fuer de ser sincero, esperábamos más jóvenes en la celebración… pero en los que participaron se percibía el hondo deseo de mirar y ser mirados por la Inmaculada (creo que el Sr. Obispo así lo entendía también cuando nos invitaba a mirar a la Tizná y dejarnos cautivar por la mirada dulce y acogedora). Sorprendentemente, ese cruce de miradas entraña una singular sinergia: de una parte, la fuerza arrolladora de la que se ha dejado habitar totalmente por la gracia de Dios y, de la otra, el torbellino de vitalidad que agita a la persona joven. De esta conjunción de fuerzas solo cabe una salida: ¡Soñar constantemente caminos…! Porque no ha lugar para el confor, para lo controlado, para lo mortecino, para el ensimismamiento… lo propio de la llena de gracia es soñar caminos. Lo propio de la juventud es explorar senderos que se abren al horizonte.

Destaco tres momentos de la vigilia, significativos para mí. Uno de ellos fue la proclamación de la lectura del libro del Apocalipsis, donde se narra la enigmática lucha entre la mujer encinta y el dragón. La leyó una chica muy joven, quizás en una de sus primeras lecturas ante un público distinto al de su parroquia, lo que contribuyó -sin duda- a dar más expresividad a la escena relatada; y es que, en esa lucha encarnizada, la mujer encinta (prefigura de la maternidad de la Virgen) sale vencedora por su confiada apertura al don de Dios… algo muy distinto a la cerrazón del dragón que delira en el solipsismo de su fútil soberbia. De María, la apertura confiada al Otro, que conduce a la victoria; del maligno, el brote lisérgico de soberbia que acarrea muerte y destrucción.

Otro de los momentos vino representado por el regalo de la danza. Sí, se bailó al son de la libertad. Pudimos contemplar una danza propia de los esclavos que comienzan a gustar la liberación. El párroco de Jérez, y algunas mujeres, trabaron unos pasos de danza acompasados por una melodía tranquila y por unos giros calmados, sosegados, cual movimiento que es sostenido por el tiempo de salvación y la tierra de liberación. La danza, verdaderamente, transmitía la paz del que, resuelta y confiadamente, deja que el Espíritu actúe al interior de las mazmorras donde nos sentimos lacerados por la esclavitud del pecado. Siguiendo los pasos de la Madre Inmaculada es posible abrirse al poder del Espíritu para renacer libres, soñando despiertos un humanismo «misericordiado», tal como señala el Papa Francisco. Confieso que el día posterior a la vigilia sentí pesar por no soltar amarras y haberme unido a esa danza del Espíritu liberador.

El tercer momento de la vigilia responde a una afirmación contundente de nuestro Obispo, respaldada después por el testimonio de una joven. ¡La Virgen sueña caminos! (es la expresión repetida varias veces por D. Ginés en la vigilia). Lo propio de la que es libre de ataduras… lo propio de la esclava del Señor es soñar despierta, con los pies en la tierra; soñar que es posible decir sí a Dios; soñar con que el Señor enaltece a los humildes y sencillos, colmándolos de bienes; soñar con que su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

¡Soñar!… porque la juventud tiende al más allá; ¡soñar!... porque el Espíritu nos hace osados; ¡soñar!... porque nos sabemos queridos incondicionalmente; ¡soñar!... porque los hijos sueñan descansados en el regazo del Padre/Madre; ¡soñar!... porque, como María, siempre estamos de viaje: al encuentro de Isabel, peregrinando con José y el Niño, caminando junto a los discípulos, orando en comunidad, celebrando en las bodas de Caná de Galilea, en pos del Hijo cargado con la cruz… y en ese camino hacia el encuentro con los demás los sueños nos invaden y nos retan a explorar nuevas rutas y maneras de compartir vida; por el contrario, el drama de la juventud ociosa, acomodada, enclaustrada en la zona de confor, queda a merced del delirio y la ensoñación que distorsionan los verdaderos horizontes.

¡Soñar caminos…! eso mismo corroboró la joven con su testimonio acerca del viaje a Cracovia, el pasado mes de agosto. Soñar que, en medio de una multitud de diferentes procedencias y estilos de vida, una siente los lazos de hermandad y consanguinidad en la fe; soñar que es posible la acogida al extranjero; soñar que la humanidad puede vibrar al unísono; soñar que en la periferia de la Universidad el testimonio cristiano es acicate para fortalecer la sociedad. Soñar que se puede ser joven, creyente, y alegre como el que más. Soñar caminos… porque el Espíritu nos mantiene activos, en pie, saliendo a Cracovia, al encuentro de los demás en «centinelas», acompañando las iniciativas de caridad en nuestro entorno, formándonos en la fe en los encuentros programados… caminar, salir, bailar, saltar… todo porque el creyente es eternamente joven, bello, agraciado por la bendición de Dios… como la Madre Inmaculada.

María, Madre Inmaculada, que nunca dejemos de soñar caminos…



José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal