Escuela de Evangelio versus «sociedad administrada»

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Si nos adentramos concienzudamente en los entresijos e intersticios de la historia de la filosofía, descubrimos -cual niño sacudido por la cruda realidad- lo granítico y categórico de determinadas circunstancias históricas, a partir de las cuales el pensamiento conmociona eclosionando en epistemologías más templadas e intuitivas, dotadas de una sutil carga incisiva en el análisis de la realidad.

Para gran parte del pensamiento actual, una de esas encrucijadas históricas viene representada por la crueldad del holocausto judío y, en definitiva, por todo lo que representa la debacle de una sociedad posbélica, sumida en la mayor de las miserias, a saber, la pérdida de horizontes de sentido para seguir construyendo sobre el páramo de escombros y desolación. La «luz solar» de la razón ilustrada quedará eclipsada por la vesania de la barbarie, hiriendo de muerte el corazón prometeico de una humanidad que parecía haber encontrado la senda segura de progreso y salvación; un corazón exánime, que proseguirá su latido a impulsos de nihilismo, sepultando los grandes relatos con la arenisca de la razón instrumental, funcional, procedimental.

Y es aquí donde, una y otra vez, vengo a reencontrarme con las grandes figuras del pensamiento que no desdeñan formular las preguntas últimas, para desbrozar la maraña de sinsentido que oprime a la humanidad: Viktor Frankl, Primo Levi, Emmanuel Levinas, Franz Rosenzweig, Hans Jonas, Hannah Arendt… aunque, mi estima por esta suerte de filosofía, reconciliada con lo indigente del espíritu humano, se acrecienta cuando exploro la literatura de la primera generación de la escuela de Frankfurt: Theodor Adorno, Max Horkheimer, Walter Benjamin y -algo más distante a mi sensibilidad- Herbert Marcuse. Me fascina cómo -desde el humus marxista- va forjándose una teoría crítica de la sociedad que hunde sus raíces, no ya en el carácter mesiánico de la dictadura del proletariado, sino en aquella otra epistemología más terciada; aquella que denuncia la disolución del individuo (el atropello de sus anhelos profundos, la ofuscación de sus búsquedas ordenadas a la oferta de sentido); aquella que no olvida la identidad de las víctimas; aquella que vislumbra un anhelo de justicia consumada con tintes teológicos (aunque los rasgos de esta apertura sean imprecisos y no lleguen a delimitar la fe en el Resucitado).

Hay una obra que representa muy bien ese hastío por la hegemonía de una razón meramente instrumental, que parece cercenar la capacidad simbólica y trascendente de la argumentación, que desdeña de todo aquel pensamiento que abra a la densidad de lo diferente, de lo otro, de lo que escapa a la pura inmanencia de lo dado. Su título es: Anhelo de justicia. Teoría crítica y religión. Se trata de una edición, a cargo de Juan José Sánchez, que vertebra algunos fragmentos de la obra de M. Horkheimer, completándolos con sendas entrevistas y un epílogo de aforismos.

Lo más sustancioso -a mi parecer- viene representado por el análisis crítico de lo que entraña -en palabras de Horkheimer- «la sociedad administrada totalitariamente», es decir, la lógica artera de las sociedades del bienestar, donde la satisfacción de necesidades se concibe bajo la implementación de un modelo de sociedad uniforme, basado en la deriva consumista y acrítica. Una organización social que aísla a los individuos, los uniforma, privándoles de un proyecto existencial propio, que queda subsumido en la identificación con el consumo.

Adoptando un pesimismo radical, M. Horkheimer describe gráficamente esta deriva desfondada, impersonal, «administrada», por la que parecen transitar las sociedades del capitalismo tardío:

“Creo que entonces, en ese mundo administrado, los hombres no podrán desarrollar libremente sus fuerzas, sino que tendrán que adaptarse a reglas racionales, y finalmente seguirán esas reglas de forma instintiva. Los hombres de ese mundo futuro actuarán automáticamente: pararán ante la luz roja, pasarán con luz verde. La individualidad jugará un papel cada vez menor”… “la voluntad libre quedará mimetizada en la dinámica ordinaria de las abejas, hormigas y otros seres de la tierra”.

Un retrato decididamente sombrío, pero que no deja de ser sugestivo ante determinadas circunstancias socio-culturales vigentes en este siglo XXI.

Ante este panorama, los cristianos nos sabemos mundo, pueblo, sociedad, ciudadanía, pero sostenidos por esa fuerza contrafáctica que llamamos Evangelio. El evangelio nos va liberando -a medida que lo contemplamos con el Espíritu de Cristo Resucitado- de la uniformidad y el desfondamiento. El evangelio zarandea, agita, despierta, refresca, y nos hace creativos en la conformación de dinámicas sociales que movilizan y aúnan, para coadyuvar a una sociedad más misericordiosa y caritativa, alejados de toda inercia consumista y conformista. La presencia y el trabajo de cáritas en nuestro territorio es uno de los grandes frutos de la sociedad despierta y movilizada a ritmo del Resucitado. En el trabajo en red, en la participación de los últimos, se va modelando la singularidad en apertura a los otros.

El evangelio hace pensar… pero no ya con la égida de la razón instrumental y funcional, sino con toda la potencialidad razonadora del que aprecia la presencia del don, de la gratuidad, de la alteridad. El evangelio acerca lo distante, cose lo roto, abre a la esperanza, nos hace osados en nuestros planteamientos, nos capacita para el testimonio y la contestación, alcanza la paz en medio de conflictos, nos hace oler a resurrección en la oscuridad de lo sepulcral.

El evangelio aporta el sentido y la robustez socio-cultural, añorada tantas veces por los grandes pensadores; alumbra toda la corrupción acumulada y escondida durante siglos, con una cálida luz que no ciega, ni confunde, sino que indica sobradamente el camino de salida.

Nuestra diócesis de Guadix invita a todas las parroquias a alimentarse de evangelio. Los grupos parroquiales de Evangelio y Vida están llamados a ser corazón bombeante allá donde acecha lo mortecino y fugaz. La escuela de Evangelio y Vida para que todos tengan vida… y la tengan en abundancia.

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal