De «Madame Bovary» a Jesús y la Samaritana

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Un verano sin lectura reposada deseca los veneros que abrevan la porosidad del alma humana y sofoca el ánimo en una galbana de bochorno y aridez. Un verano surtido de buena literatura viste de fresco el ingenio, a la espera de transitar por lo escarpado de un nuevo curso.

En mi caso, una parte de mi lectura estival tiene los contornos del papel manoseado y los trazos de subrayado desdibujados; un asomo a relatos ya conocidos, aunque sorprendentemente vívidos y desafiantes como para seguir azuzando el alma en un chapuzón de espiritualidad. Decía Pío Baroja que “cuando uno se hace viejo gusta más releer que leer”, y algo así me puede estar pasando pues el balance de mi incursión literaria arroja más afán por lo habitado que por lo desconocido.

La mesa de mi sala de estar suele estar repleta de libros amontonados según el ímpetu de mi insaciable interés. Basta revolotear sobre la superficie de la amalgama literaria para percatarse que estos días emerge con cierta asiduidad la gran obra de Gustave Flaubert: Madame Bovary. No sé muy bien qué es lo que vienen a remover en mí los continuos desmanes y desengaños de Emma, aunque presiento que lo azaroso de su lectura deja impreso en mi ánimo el deseo de aprovechar el momento, procurando ser honesto con la realidad que me es dada; acaso porque los ocasos veraniegos nos hacen planear henchidos de romanticismo y ensoñación, un tanto adormilados e inconscientes del espesor de una realidad que continuamente demanda frescura y sentido de la responsabilidad. Por eso es importante afrontar estos días con ritmo pausado, pero no mortecino; aprovechando, sí, el instante, aunque con mirada lo suficientemente desprendida como para concentrarse en las posibilidades reales de futuro.

Creo que el gran problema de Emma Bovary es el reincidente impulso de abandono a la veleidad y vaporosidad del instante, en un claro intento de huida de sí misma. Hay en ella un proceso de ruptura, o enajenación, con respecto a su pasado y futuro, y es como si quisiera buscarse y reconocerse en la nebulosa de los rostros sin alma, o en la pantomima de los abrazos y caricias interesadas. La maestría de Flaubert reside en ese meticuloso trabajo de presentación de una vida errabunda, en continua turbación, lacerada por las relaciones frugales, despojada del apego a sus seres más queridos (entre ellos su hija Berthe, que no llega a despertar en Emma el instinto maternal). Es así como se cierne sobre la obra la malévola sombra de la soledad; la gran paradoja de una existencia volcada en la búsqueda de presencias, al tiempo que enquistada en una deriva de solipsismo, fruto del inconformismo de una vida desarraigada y sin trabazón.

A medida que van sucediéndose los desvaríos de Emma, somos testigos del afán por adelgazar y aligerar las hechuras de su mundo interior, y así ser llevada en volandas por lo intrincado del torbellino de la alucinación. Sin duda, en la trama argumental subyace la tragedia de una identidad volátil, sin anclajes ni peso alguno, expuesta constantemente a la ofuscación de una vida vacía de referencias con las que contrastar y proyectar hacia el futuro.

Hay una valiosa enseñanza en este singular drama de Emma: ella nunca pudo ser honesta con la realidad porque dejó de ser honesta consigo misma, rehuyendo constantemente su espacio identitario. Quizás el drama sea mayor si intuimos que esta inconsciencia responde al miedo paralizante a la intemperie e incertidumbre; constantes éstas, siempre presentes en el día a día del que decide afrontar resueltamente la construcción de la propia vida. Sin una sólida identidad, sucumbimos a los cantos de sirena de los sueños hueros, que distorsionan el sentido de responsabilidad, con nosotros mismos, y con una sociedad compleja que, una y otra vez, demanda nuestra participación consciente.

La verdad es que -en esta relectura- el tacto del libro produce en mí sensaciones nuevas. Creo que prodigo una mirada cariñosa a cada página, toda vez que descubro en ellas a una mujer que, sumida en el idilio, nos descubre la grandiosidad de un espíritu que busca insaciablemente la presencia; la generosidad de un alma dispuesta al abandono en la realidad del otro; la constante salida de sí para ser encontrada en plenitud de vida de comunión. ¡Qué pena que este dinamismo de búsqueda haya sido protagonizado por una mujer desprevenida de su identidad más asentada! ¡Qué desolación constatar que tanta magnanimidad queda petrificada en el suelo onírico de la irrealidad!

Madame Bovary me hace pensar en la samaritana del evangelio. En el dichoso encuentro de Jesús con la samaritana, junto al brocal del pozo, se nos revela un aspecto fundamental de la salvación cristiana: contribuir a que el ser humano sea honesto con la realidad… ¡No hay nada más idóneo que el Evangelio para equilibrar a la persona en su entorno! ¡El Evangelio nos previene del escapismo, y nos mantiene firmes ante los rigores de una realidad, tantas veces prosaica, tozuda e imperante!

A través del fascinante diálogo con la samaritana podemos intuir a un Jesús que, en su manera de mirar y hablar, no hace sino sacar aguas lustrales del profundo pozo de su corazón misericordioso; un agua capaz de refrescar el sofoco de una vida desarraigada y expuesta a la aridez de lo fugaz; un agua que cae como rocío mañanero, despertando y azuzando la adormecida identidad de su condición de mujer y samaritana.

El pozo de las afueras de Samaría es fiel testigo del encuentro de un alma errante, aunque sedienta de la Presencia que despierta al reconocimiento en autenticidad y verdad, y un Jesús igualmente sediento por colmar de identidad a la que ha sido vapuleada por la inconsciencia y el abandono.

No sé, pero a mí me da que lo que conduce a la oración personal es el deseo de asomo al brocal del corazón misericordioso de Jesús, para beber del agua que afianza mi identidad y me despierta a la realidad.

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal