De la ignominia del desembarco de la patera al pensamiento de Walter Benjamin

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En ocasiones nos topamos con imágenes de una gran carga emotiva, escenas de especial intensidad que rompen con la monotonía de nuestros quehaceres y agitan el universo interior para deportarlo a constelaciones ignotas, prendidas de un halo hipnotizador que te subsume en lo abismal de la existencia.

Algo así me ocurrió hace poco cuando presencié una de las dramáticas y avergonzantes escenas del desembarco de una patera, repleta de náufragos del truculento océano de la inequidad. Reparé en un joven subsahariano que era sostenido en su endeblez y decaimiento, aunque todavía con la suficiente vivacidad como para dirigir una mirada circunspecta a la cámara, dotando a la imagen de una profunda carga incisiva capaz de desenmascarar cualquier prevención a este otro lado de la existencia acomodada.

No pude dejar de pensar en la suerte de ese joven, mi imaginación lo transportaba a los lugares más sórdidos e inhumanos, en un desventurado viaje a los inicuos agujeros negros que degluten sin compasión a todos los que fueron despojados de su identidad. Un viaje a la nada y el olvido, como tantas víctimas de la historia de la humanidad que se evanecieron tras la barahúnda de los sueños prometeicos de nuestras sociedades. Y es en este punto donde me vino a la cabeza esa imagen surrealista, y más todavía… enigmática. Una imagen que ha suscitado multitud de interpretaciones inconexas y dispares. Me estoy refiriendo al Angelus Novus del pintor suizo Paul Klee. Para los que no lo conozcáis, se trata de un dibujo a tinta china, tiza y acuarela, que con trazos irregulares y desproporcionados muestra la silueta de un ángel, y que fue pintado en 1920.

Lo más interesante de esta pintura es que, un año después de su composición, fue adquirida por el filósofo y crítico literario, Walter Benjamin, un pensador alemán de origen judío, muy amigo del gran Ernst Bloch y de Theodor Adorno, y por tanto influenciado por esa suerte de discurso marxista heterodoxo de Bloch, en aleación con los postulados de la escuela de Frankfurt. Una personalidad que en su proceso evolutivo fue mostrando cierta inadaptación a los sistemas de pensamiento vigentes, y que al final de su vida estuvo marcado por el rechazo granjeado por su condición judía y marxista, acabando en el aislamiento total y en el suicidio, tras ingerir una dosis letal de morfina.

Descubrí su pensamiento hace unos años, tras la lectura de algún artículo relacionado con la famosa obra de Ernst Bloch: El principio esperanza. En aquella reflexión se citaba uno de los últimos ensayos de W. Benjamin: Sobre el concepto de historia, reproduciendo en su literalidad la dramática interpretación que Benjamin realiza sobre el Angelus Novus de Klee, donde muestra un pesimista concepto de progreso, a manera de un despiadado movimiento inercial hacia el futuro que va sembrando una ingente cantidad de víctimas y olvidados, como si fueran escombros o basura irremediable. Aquí os traslado su impactante interpretación:

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo que le tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Ángel de la historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irremediablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.

Son muchas las críticas que se han sucedido en relación a este aciago concepto de progreso. Algunas de ellas señalan que entre la ruina y los escombros acumulados por la historia está la misma religión, como algo ya superado, aunque atrayendo la atención del ángel en su afán por revolotear sobre lo despedazado y volver al sosiego que da el orden y el sentido… aunque la ventisca lo aleja irremediablemente hacia un porvenir incierto y azaroso.

Lo que subyace a este vendaval que arrastra hacia el futuro es la ingente cantidad de víctimas que se amontonan fatalmente en el camino, y el hedor del sinsentido. Y éste es el meollo de la cuestión… parece que W. Benjamin quiere centrar su mirada en la gran injusticia que alberga la ilusión de progreso gestada por la modernidad… muy en la línea de la contundente afirmación de su amigo Theodor Adorno: "Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie". Sea como fuere, hay momentos donde uno comprende lo rotundo de estas afirmaciones, pues la herida de las víctimas inocentes de la historia -lejos de cicatrizar- cada vez adquiere mayores proporciones aflictivas, en un proceso de corrosión y gangrena que hiere de muerte a las sociedades de progreso.

Es verdad que la fe cristiana tiene mucho que decir -y que hacer- ante esta inequidad. No hace mucho leía que la Biblia destila un mensaje claro de opción por las identidades reprimidas, alienadas y perdidas. No en vano, el Dios bíblico se revela acompañando a las tribus de Israel en la formación de la identidad de un pueblo errante y sin poder. Es el mismo Dios que en el periodo postexílico está activamente comprometido en la reconstrucción de los símbolos y de la identidad colectiva del pueblo saqueado y desorientado. También las palabras y obras de Jesús ayudan a reconstruir las identidades reprimidas de los anawim. El mismo misterio cristiano de la cruz revela ante nuestros ojos la identidad de todos los desheredados de la tierra.

Ahora bien, la herida lacerante de la historia de la humanidad, abierta por el sufrimiento no reconciliado e inmerecido, urge a la comunidad creyente a seguir preguntándose insistentemente por tan atroz injusticia, para no pasar por alto en nuestros esquemas de esperanza la historia irreparable del sufrimiento; algo así como lo que quiere significar la sobrecogedora exclamación de Benedicto XVI ante el panorama de Auschwitz: “¿Por qué, Señor, callaste?”.  Quizás no haya oración más auténtica y encarnada que ésta.

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal