CORPUS RENOVADO PARA EL GUADIX ETERNO

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Es verdad que la civilización cristiana se pasa el año celebrando, festejando y glorificando… que es gerundio. La fiesta, la costumbre festera y festiva es lo propio de una fe que camina en la esperanza hacia la plenitud de la caridad. Cristo resucitado se manifiesta en los signos resucitadores de una continua celebración: celebramos la Resurrección en cada Pascua y como un eco, la volvemos a revivir cada domingo en la Eucaristía dominical…, y como otro eco que reverbera cada día, lo hacemos de nuevo en la Eucaristía diaria.

Así pues, podemos repetir aquello tan sabido: ¡cuándo no es Pascua! Ciertamente, siempre estamos de fiesta y cada misa de cada día es una celebración cósmica de la grandeza perfecta de Dios, dentro de cada una de nuestras almas, a través de la soberana elegancia de la Eucaristía. Porque, se mire por donde se mire, la Eucaristía es la muestra suprema de la cortesía de Dios, que siempre espera en el Sagrario tu adoración y en la Misa tu comunión… pero sólo si tu quieres, si no, Él permanece silenciosamente dispuesto a hacerse una sola cosa contigo, sin forzarte jamás.

Tan magnífico es este misterio de cortesía amorosa que, ya en el segundo milenio, la fiesta del Corpus Christi vino a materializar los pensamientos y sentimientos de los cristianos en otra singular festividad: la celebración de los Santísimos Cuerpo y Sangre de Jesús. Si la primera Edad Media, lo fue de los castillos y la vida agropecuaria, con monasterios aislados en medio del campo y arte llamado románico, la segunda Edad Media, denominada Baja, para diferenciarla de la anterior llamada Alta, fue un período de ciudades, no sólo agropecuario sino también comercial con una emergente mercadería y conventos, no ya en mitad del agro sino en el centro de la ciudad, construida en arte gótico. Cuando se dan las transformaciones medievales, se fundan las universidades y los gremios se constituyen en cofradías, nace la procesión del Corpus en torno a las visiones de una religiosa en la ciudad episcopal de Lieja, o en derredor del milagro de los corporales de Bolsena, que manaron sangre ante las dudas del cura oficiante sobre la presencia real de Cristo en el pan y el vino. Así, ya desde Centroeuropa o desde Italia, se puso en marcha todo un devenir devoto que cristaliza, posteriormente, en la belleza de los himnos de Tomás de Aquino en el París del siglo XIII. Todavía cantamos el Pange Lingua y el Tantum Ergo, para proclamar el acierto del doctor De Aquino a la hora de hablarnos de la Eucaristía.

Cuando Guadix es reconquistado para la cristiandad, sus obispos, regidores, corregidores, frailes, canónigos y hermandades, no pueden concebir la materialización del nuevo orden social si no es a través del modo formal en que cada ciudad de Occidente se reconoce a sí misma en plenitud: la procesión religiosa, cívica, social y festiva del Corpus Christi. En toda Europa, esta manifestación anual es el culmen de las celebraciones pascuales, a veces incluso en mayor medida que la Pascua misma. Se construyen preciosas custodias, con soberbio aparataje móvil que posibilite procesionarlas, se alzan hermosos retablos, bellas composiciones musicales y atinadas representaciones poéticas y teatrales. Los arcos de efímera arquitectura adornan los itinerarios y las colgaduras y guirnaldas compiten con los bailes de seises y danzantes. El Cabildo seglar que componen los futuros ayuntamientos y los cabildos de las catedrales, gastan no pocos dineros en armonizar esta fiesta como adoración de Dios y lustre de las corporaciones y entidades representadas en la Misa, la procesión, o las corridas de toros por la tarde, para terminar en las representaciones de los autos sacramentales cuando atardece. El Corpus, al alfombrar sus calles con hierbas olorosas al paso del divino sacramento, hará proclamar al clásico para ensalzar la hermosura de su hijo recién nacido: ¡eres más grande que el día de la juncia!, o sea, te considero aun mayor que el mayor de los días. En el clasicismo hispánico, el mayor de los días, es el día del Corpus.

Durante el siglo XX, a partir del pontificado de San Pío X, nace la novedad de incorporar a la Eucaristía a los niños cuando tienen “uso de razón”, dando lugar así a la fiesta de las primeras comuniones. Los comulgantes participarán desde el principio en la solemne procesión, añadiendo de esta manera, también en Guadix, un sesgo infantil al acontecimiento sacro y cívico del solemne cortejo.

Desde hace unos años, una comisión encargada de renovar la Hermandad del Santísimo Sacramento de la Catedral, una de las más antiguas y venerables de la ciudad, viene elaborando un plan de revitalización de la fiesta del Corpus en Guadix: renovación de los bailes de Seises que sólo actuaban en la Inmaculada, ejecución de altares exteriores, en las calles, e interiores en las capillas de la Catedral, adorno de la torre con banderas, estandartes y gallardetes, presencia de todas las cofradías de la ciudad…, finalmente este objetivo se ha cumplido gozosamente este año y… ¡oh tremendo empeño!, la vuelta a la antiquísima costumbre, interrumpida desde principios del siglo XX, de la representación de autos sacramentales. Estas hermosas dramaturgias vinieron a ser una especie de dialogados sermones llenos de “portentoso aparato de glorioso ingenio”, en las que nuestros autores: Calderón, Mira de Amescua, Lope de Vega, Tirso de Molina, Luis de Góngora… todos ellos sacerdotes, compitieron con seglares de la talla de Cervantes, cuyos sonetos estamos rezando en las tardes de nuestra octava en la Catedral, Quevedo o Saavedra Fajardo.

Felizmente, este año la Hermandad Sacramental de la Catedral colabora con la Oruga azul: Asociación para la Promoción de la Cultura y Arte, que pondrá en escena nada menos que El Gran teatro del mundo de nuestro inmortal Calderón en la Seo accitana. Así, se recuperan prácticamente todas las antiguas costumbres del Corpus guadijeño. Si el año que viene logramos un arco de arquitectura efímera, tendremos todas y cada una de las ancestrales hermosuras de la magna procesión religiosa, cívica y social, resucitada en cada una de sus bellezas: ni Dios merece menos ni Guadix puede regatear su propia grandeza. Aquí, cada año, sacamos a Dios a cuerpo, como dice el clásico… y, ciertamente, lo de “Cuerpo”… nunca mejor dicho.

Manuel Amezcua Morillas.

Manuel Amezcua

Párroco de Nuestra Señora de Gracia y Fátima, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Familia y Vida.

Este artículo ha sido publicado en el semanario Wadi-as de Guadix y comarca

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