PUCIO Y POSTPUCIO

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Tanto la izquierda como la derecha españolas, desde El país al ABC, pasando por El Mundo, elogian cada año el sólido informe de 700 páginas, verdadera enciclopedia de la actualidad española, que la Cáritas de España, junto a la Fundación Santa María, la popular SM de los textos escolares, ponen anualmente encima de la mesa, como fruto de 90 investigadores expertos de 30 universidades… que se dice pronto…

 

Este año, por resumirlo de alguna manera, cosa no sencilla habida cuenta de la extensión e intensidad del Informe, cabría asegurar que el 80 por ciento de nuestras personas marginadas, reproducen los mismos o peores índices de exclusión social en sus hijos. El dato, como todos los datos, puede parecer a primera vista bastante congruente, pero es sencillamente escandaloso: ni siquiera los ricos reproducen su riqueza en las siguientes generaciones en una proporción tan exagerada como el 80 por ciento, pues algunos incluso se arruinan.

Este dato tremebundo significa que tan solo 20 de cada 100 niños de nuestros barrios y familias marginadas podrán escapar de la pobreza de los así llamados ahora “riesgos de exclusión social”, o de lo que ha venido en denominarse “pobreza severa”, que coincide plenamente con lo que el genio de Víctor Hugo llamó “Los miserables”, dicho sea con tanta veneración por su dignidad como la que el genio francés puso en el trato literario de los últimos de su sociedad, pues bien sabido es que los encumbró al lugar propio de las personas y no al puesto de indignidad a que la sociedad del siglo XIX los tenía reducidos. Cabría preguntarse si nuestro mundo, después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no continua reduciendo la dignidad de las personas, incluso la de los niños, según las condiciones socio-económico-ambientales, tales como la vivienda, la salud o la educación: ¿de verdad alguien sucio, maleducado y con la piel afectada por escamas, es siempre tratado con dignidad?.

Mucho me temo que nuestro lenguaje esté siendo descubierto en sus trucos discriminatorios tan sólo cuando se trata del lenguaje sexista, a cuenta de la triste ideología de género, pero no cuando hace el idioma hace referencia a las condiciones socioeconómicas. Por ejemplo, llamamos “impecable” al que va muy bien vestido, aseado, pulcro y correcto… o sea, al que tiene dinero para todo eso… como si los pobres pecaran más, porque les es muy difícil vestirse “impecablemente”. El lenguaje, como siempre, tiene truco; yo, por mi parte, afirmo, reafirmo y confirmo no sólo que los ricos también lloran, sino que los pobres al llorar, lo hacen con lágrimas más abundantes, pues todos podemos dolernos por nuestro pasado y nuestro presente, pero los parias de la tierra también lo harán siempre por su futuro.

Afirmo, reafirmo y confirmo, que hasta para robar puedes ir “impecablemente” vestido: ya he dicho y ahora repito que si robas poco eres un ladrón o ladronzuelo, según los casos, pero si robas mucho sueles ser ministro o alto cargo similar.

Dicen los de FOESA que la población excluida en España es un 25 por ciento, o sea: 11.746.000 personas, de las cuales 5.000.000 carecen de la educación, la vivienda y la salud necesarias y suficientes. ¿Se imagina el amable lector, o lectora, no sea que mi lenguaje también albergue trucos, lo que son cerca de 12.000.000 engendrando personitas excluidas? Es verdad que nacen pocos niños, pero de entre ellos algunos vienen al mundo con el estigma de la marginalidad revoloteando sobre sus vidas, tal cual buitre carroñero.

Las grandes fortalezas de España, según el mismo informe, son la familia, la sociedad civil y la participación ciudadana, pero algunas de las grandes debilidades –esto ya es cosa mía- son las políticas permisivas con las drogas y los fraudes y el subvencionismo político, así llamado “cultura de la subvención”, que mejor hubiéramos de llamar “incultura de la corrupción”, pues desde las políticas corruptas se engendra también una sociedad corrompida y los grandes engaños de los importantes, terminan generando pequeñas corruptelas en todas las capas sociales, cada una según la capacidad de mentir y robar que le corresponde: hace más daño un alto cargo que roba, pero es un miserable cuando enseña a robar a cientos de falsos parados. Es verdad que estos necesitan más, pero el permisivismo con el fraude termina empapando a la sociedad entera.

Para toda esta situación tan dificultosa hace falta actuar en red, o bien crear redes de ayuda y superación personal, capaces de deshacer el intrincado nudo del riesgo de marginación. Tanto para España entera como para mi Guadix completo, incluida mi Cañada de Ojeda, hace falta crear redes de actuación en las que toda la sociedad esté implicada desde el primero al último, para impedir la creación y el crecimiento de guetos que se convierten fácilmente en una especie de campo de concentración, no político pero sí social, cuyas alambradas no son de metal pero sí de juicios, prejuicios y posjuicios. Con estos últimos pasa como con el prepucio, pucio y postpucio.

Pues bien, a mí no me sale del prepucio callar estas situaciones, aunque haya quien quevedianamente hablando, “con el dedo, ya tocando la boca, ya la frente, silencio avise o amenace miedo”.

Manuel Amezcua Morillas.

Manuel Amezcua

Párroco de Nuestra Señora de Gracia y Fátima, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Familia y Vida.

Este artículo ha sido publicado en el semanario Wadi-as de Guadix y comarca

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