De la lectura de «Amoris Laetitia» a «Pluralidad y Ambigüedad» de David Tracy

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A veces, en los momentos de conversación amistosa y distendida suelen emerger las confidencias que anidan en la hondura del corazón; verdaderos desvelamientos que vienen precedidos por un punto de inflexión en el diálogo, donde la amistad se abre a lo diáfano tras soltar las amarras y coger decididamente al otro de la mano para que transite por los sinuosos pasadizos de la aflicción o por el expedito sendero de la esperanza atisbada.

Una buena conversación puede obrar el milagro de pisar descalzos la tierra sagrada del otro, de habitar sin sobresaltos su alteridad más huidiza, de enarbolar con naturalidad la llave de su sagrario más preciado. Sin duda existe el elixir del arte de conversar… y no todos lo hemos bebido. En mi caso siempre pido al Espíritu Santo dos cosas de las que tengo auténtica sed: el genio del buen humor y el arte del conversar.

Hoy quiero reflexionar sobre el carácter dialógico de la condición humana de manos de un teólogo norteamericano: David Tracy (Universidad de Chicago). Tras la lectura de buena parte de su obra se me abre un nuevo universo de comprensión sobre la naturaleza de la ciencia teológica en esta sociedad pluralista… no en vano, cuando inicié la lectura de la Exhortación Postsinodal «Amoris Laetitia» recordé varias de sus grandes intuiciones en relación a la llamada al discernimiento y al reto de la integración de lo diverso, marcado por el Papa Francisco a la Iglesia.

David Tracy es consciente de que en nuestra sociedad pluralista la teología debe hacerse compañera de camino cultivando un arte de la conversación que parta de la convicción de la posibilidad de un fructífero encuentro a través de la integración de los lenguajes diferenciales y de la apropiación de la ambigüedad de nuestras historias. Es posible abrirse a la epifanía, a lo diáfano, si tomamos en serio la narración de nuestras fragilidades y ambigüedades en apertura a la novedad que pueda surgir del encuentro dialógico con el otro, que no viene a avasallar sino a participar de nuestro relato. Así lo expresa él:

“El sujeto postmoderno sabe ahora que cualquier camino a la realidad debe pasar por la radical pluralidad de nuestros lenguajes diferenciales y por la ambigüedad de todas nuestras historias. Después de saber eso ¿Qué es identidad? ¿Qué es coherencia? ¿A qué yo habrán de ser aplicadas? El yo coherente que perseguían los narradores realistas y naturalistas de la coherencia se ha desvanecido para ser reemplazado por un yo más frágil -abierto a epifanías- como lo encontramos en Joyce, Proust, Woolf”

Y ¿Cómo vislumbrar juntos -entre la maraña de pluralidad y ambigüedad- la epifanía del amor revelado en Jesucristo? Aquí está el gran reto de la Iglesia para este nuevo milenio. No creo que tengamos que ir buscando recetas sino más bien cultivando diferentes artes y actitudes. Uno de ellos es el arte de la conversación, evidentemente como una modalidad de encuentro personal, aunque también como una actitud de apertura de lo teologal en el ámbito público: como una «teología pública» en términos de Tracy.

No os quiero cansar con tales disquisiciones pero permitidme describiros brevemente la significatividad de su propuesta para nuestro hoy:

Tracy nos propone en una de sus obras («Pluralidad y ambigüedad. Hermenéutica, religión, esperanza», ed. Trotta) un ejercicio de observación: ver jugar a los niños o a los animales. Si los observamos detenidamente es fácil constatar cómo se abandonan al juego… se dejan llevar por la misma dinámica del juego. Diríamos que el juego prima sobre la conciencia del sujeto, es decir, el niño abandona sus prevenciones, sus intereses, sus preocupaciones, y se descentra hasta hacerse uno con los otros en ese abandono al juego. Podemos decir así que el juego tiene la grandiosa capacidad de liberar el yo-centrado para abrirlo a algo diferente y hasta extraño (cuantas veces los niños desconocidos intiman por medio del juego). De la misma manera Tracy advierte que un jugador autoconsciente, sin ánimo de arriesgar, es la peor cosa que puede ocurrir a un juego; el típico aguafiestas que condiciona o distorsiona -por puro interés, estrategia o “malas artes”- la interacción, el movimiento y el dinamismo típico del juego.

Pues bien, la conversación siempre se parecerá a un juego. De ahí que para Tracy la naturaleza del dinamismo conversacional está en la lógica del juego establecido en la cancha de las preguntas y respuestas de los interlocutores. Aprendemos a jugar el juego de la conversación cuando dejamos que los interrogantes sobre el asunto nos embarguen, hasta el punto de arriesgar nuestra propia posición de seguridad. Diríamos que en la conversación quien controla es el asunto y los interlocutores tienen que abandonarse a él. Si entramos en la conversación -emulando el juego de los niños- aprenderemos a dejarnos llevar, a abandonar nuestras seguridades y a entrar en la lógica del «vaivén de la pregunta y la respuesta». Este abandono contribuye, sin duda, al encuentro dinámico y vital con la realidad del otro, en ese juego subyugador de la profunda conversación. No creo que esta experiencia pueda estar mejor expresada sino en estas palabras de Tracy: “Entonces uno experimenta la realidad ontológica de ser-jugado”.

Cuando nos hemos dejado llevar por el asunto, meciéndonos por el «vaivén de las preguntas y respuestas» podemos entrar en una comunión vital con el otro que nos puede conducir a vislumbrar conjuntamente el mismo asunto, no tanto como dilema excluyente, cuanto que nudo de posibilidades significativas y abiertas a la verdad. El discernimiento pues sería ese momento posterior en donde se individúan esas posibilidades preñadas de semillas de verdad.

Uno de los grandes logros de Amoris Laetitia viene representado por el interés del Papa en presentar la realidad del amor en el matrimonio y en la familia acudiendo a la narración como lugar de encuentro y conversación entre el lector y las escenas bíblicas. En esta Exhortación el carácter narrativo adquiere una densidad tal que posibilita aunar la luz de la enseñanza magisterial y la ambigüedad de la condición histórica de los individuos y las familias. Sólo nos queda abandonarnos al relato de cada matrimonio y de cada familia para entrar en una conversación -sincera y arriesgada- donde unidos vislumbremos la epifanía de la verdad que impregna graciosamente toda la condición creatural.

Creo que volver a la lectura de David Tracy puede contribuir para una buena recepción de Amoris Laetitia.

 

 

 

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal