Belleza y templo

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La belleza, entendiéndola como perfección de las formas, o como decía San Agustín, esplendor del orden (Splendor Ordinis) nos remite irremediablemente al anhelo de Dios. En esta línea argumental se puede entender la expresión de Romano Guardini, de que la belleza aparece cuando la esencia de la cosa y de la persona alcanzan su clara expresión. De lo que se deduce que sólo hay belleza en lo que es verdadero, y que por tanto, la verdad tiene que ser un predicado de lo bello. Los tres conocidos e imprescindibles fundamentos de la estética católica, INTEGRITAS, PROPORTIO, SPLENDOR FORMAE, pueden ser resumidos en la demanda de la Belleza de la Verdad. La unidad, la verdad, la bondad y la belleza concurren de manera determinante e insustituible en la plena comprensión del Sacro trinitario y de la liturgia que de ahí se deriva. (Cfr. Benedicto XVI Llamamiento para volver a un arte sacro verdaderamente católico).

La belleza golpea el corazón humano y abre brecha en el entendimiento, impulsando al hombre a su destino supremo, alcanzar por las formas el camino del espíritu: “cristologizando” la materia. En este “verbo” se realiza la posibilidad de que la belleza nos atrape sin esclavizarnos, de que esta tenga su propia autoridad y de que sea más profunda y más convincente que un argumento.

Pero existe también la belleza como espacio donde se recrea el cosmos frente al caos y que permite la unión armónica entre Dios y el ser humano en la alteridad Creador-creatura, siempre recreado en Cristo. El templo necesariamente ha de ser bello porque es una necesidad del espíritu como espacio de encuentro que posibilita la relación con Dios, ya que el arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2502).

El templo se ha de construir desde sus cimentos utilizando correspondencias entre la representación y la Palabra que lo sustenta; de manera que cuando el creyente se adentra en él se sienta sumergido en el hondón del Misterio que lo trasciende, independientemente de su formación espiritual o estética, porque no es la “razón” la que gobierna el encuentro sino la experiencia sensible, es decir, aquella que se produce a través de la vista, oído, tacto y olfato y que produce placer, como dijo Santo Tomás Pulcra dicuntur cuae visa placent, por lo que se hace necesario cuidar del templo y su entorno, ya que éste condiciona al individuo, permitiéndole o impidiéndole que traspase el umbral de lo puramente religioso a lo netamente sagrado, nada mas tenga a la vista la estructura externa del templo y se adentre en su atmósfera interna. De ahí la importancia de que los templos no sólo sean visibles, sino también comprensibles en su razón de ser y en su discurso simbólico, no sólo a nivel interno, sino también en el espacio urbano y geográfico. Un templo que no sea significativo en estos espacios, carece de significado. San Carlos Borromeo decía que las piedras del templo debían de ser suntuosamente ordenadas para atraer a los hombres a la piedad, conservar la majestad de los sacramentos y la reverencia debida a las cosas divinas y ser un incentivo para la devoción.

Antonio Fajardo

Párroco de San Miguel, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Arte Sacro y Patrimonio