El Padre Poveda y la Mujer: mirada cómplice que prodiga vida

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No recuerdo muy bien en qué foro de reflexión se nos trasladaba -no hace mucho- un agrio análisis que refería algunas de las grandes pérdidas de la iglesia en esta etapa presente de su peregrinaje. Si dolorosa ha sido la desafección del mundo del trabajo, el abandono del colectivo juvenil no le ha ido a la zaga, infligiendo una gran merma en el dinamismo eclesial de nuestras comunidades. Hasta aquí la constatación de unos hechos que -honestamente- no distaba mucho de mi experiencia pastoral, aunque me esperaba todavía un momento de verdadero «retortijón de barriga» cuando el análisis se tornó más expeditivo al atisbar algunos síntomas de ausencia, o distanciamiento, en la relación entre mujer e iglesia. Confieso que en este punto la sensación de desangelo alcanzó mi más recóndito espíritu sacerdotal, pues reconozco agradecidamente que mis años de sacerdocio han transcurrido bajo la urdimbre nutricia que proporciona la solicitud, la ternura, el cuidado y la intuición femeninas.

En mi caso, el estreno de «Poveda» en Guadix coincidió con esos días de prolongada indigestión por la crudeza del diagnóstico, condicionando así mi visionado de la película. La inclemencia de la íntima desazón distorsionaba por momentos el magnetismo de la gran pantalla al mostrar la luminosidad de las cuevas y sus gentes; un malestar que, sin embargo, me deparaba un estado febril propicio para encender mi ánimo en expectación por ver el desenlace entre protagonismo femenino y unción sacerdotal. Era en este preciso punto de la trama -la profunda y singular relación del Padre Poveda y las mujeres- donde buscaba apaciguar mi indisposición con el bálsamo de las identidades que se encuentran, se reconocen, y -muy lejos del distanciamiento- maduran significativamente unidas en la incandescencia de la lucha por la dignidad del ser humano.

Hay algo bueno y saludable en la película: la identidad masculina y femenina coexisten en apertura a lo más genuino de cada género… yo diría que persiste el continuo reclamo entre paternidad y maternidad en los personajes principales, esto es, un Padre Poveda que gesta la iniciativa en la ensoñación de los rostros de los niños que serán alumbrados a la dignidad y libertad (como la embarazada sueña con el rostro que nunca olvidará). De la misma manera, el grupo de mujeres que secunda la iniciativa comienza a despertar en autonomía para recrear el trabajo de reconstrucción y consolidación de una sociedad doblegada y aquejada por la disparidad de fuerzas motrices. Y más aún, ¿qué tal un Padre Poveda que acompaña maternalmente -cortando el cordón umbilical y respetando el progresivo carácter de la obra- como posibilidad de que las identidades maduren en alteridad y singularidad? ¿Y una Josefa Segovia que en la lozanía de la juventud adquiere el peso del liderazgo y representatividad de la obra? ¿No acaece por todos lados un frenesí de madurez sexuada que prodiga vida allá donde se encarna la opción fundamental por Cristo en los demás?

Y como siempre la donación de sentido en las miradas conseguidas cinematográficamente. También en esta película las miradas son importantes; me fascina la manera de mirar del Padre Poveda, muy bien encarnado por el actor Raúl Escudero. Es una mirada que parece abarcar en toda su densidad la espesura de una sociedad amustiada por la ocultación del genio femenino. Por ello, la forma en que mira el Padre Poveda recobra todo su esplendor cuando encuentra en la mujer aquella unción que derrocha arrojo y abnegación por colmar de vida allá donde la sociedad se descompone en abandono e incultura. Hay un vínculo enigmático entre la mirada del sacerdote y las mujeres, muestra de ello es la complicidad escondida en esas miradas clavadas en una misma meta y bañadas por la misma Luz. Miradas descentradas que vienen a encontrarse en la periferia de la incultura y el descarte, abriéndose a la alegría de permanecer unidas en un nuevo amanecer de humanismo. ¡La mirada del sacerdote que se sabe ungido y la de la mujer que es en esencia bálsamo y unción!. ¿Hay mayor complicidad entre la mirada del sacerdote y la de la mujer? ¿Acaso no encuentra complicidad el Resucitado en la dichosa mañana en que se cruza con la acendrada mirada de unas mujeres que saben de Vida colmada por la entraña materna del Dios de los vivos?

Comenzamos la Semana Santa. Nos adentramos en el relato oscuro de la maquinación humana que desprende olor a muerte. Morimos verdaderamente con el Hijo en esa insidia que reverbera el pecado de la humanidad. Pero también se abrirá paso la vida, la resurrección colmará lo ensanchado del corazón humano. ¿Quién será su vocero? ¿Quién anunciará en la temprana mañana que «muerto el que es la Vida, triunfante se levanta»? ¿No será -una vez más- la intuición femenina curtida en pasión que alumbra vida? ¡Hoy no quiero otro anuncio sino el de las mujeres que despiertan a la claridad del nuevo día! ¡Vayamos madurando como iglesia, para que nunca perdamos el faro de la mujer que ilumina el camino a la entraña maternal de la ternura para este mundo de hoy!

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal