Las Cuevas, orgullo y tristeza

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Yo, Guadix, poseo y soy poseído por una realidad singularísima que, por una parte, avergüenza a los propios y, por otra, los enorgullece. Hasta aquí todo sería simple, pero como la vida siempre es mucho más complicada, pues resulta que a los foráneos les sorprende y algunos de los guadijeños presumen de ello. Las Cuevas de Guadix dan para mucho y así, mientras el calificativo “cuevero” sigue presentando contenidos peyorativos, los apartahoteles de cuevas tienen éxito para el turismo; mientras las cuevas son parte del proyecto turístico, quedan cañadas de Ojeda con todas las claves propias de los suburbios más marginales de Marruecos y Biafra.

Las cuevas forman parte de nuestra mejor literatura con “El Niño de la Bola” alarconiano a la cabeza y han sido objeto predilecto de historiadores, sociólogos y antropólogos, algunos de nuestra misma tierra y otros foráneos admirados de un yacimiento de arqueología viva, que les permite acercarse a siete mil viviendas subterráneas, contando todas las de la zona, con una remotísima antiguedad de cuatro mil años, en cuevas que todavía conservan al menos las cabezas de los difuntos familiares en los bajos de sus excavados muretes. Zonas como las del Fardes o más lejanamente de Galera, atesoran cuarenta siglos de antiguedad en la grandeza de un pasado no ya histórico, sino literalmente adentrado en la prehistoria.

Cuando no estaban inventadas la agricultura ni la ganadería y para nada existía lo que podíamos llamar trueque comercial, ya los futuros accitanos se asentaban en este fértil valle, por su agua, su facilidad de excavación para un hábitat cálido y, sobre todo, porque aquí no hay que buscar la caza, toda vez que ella se te echa encima en cada otoño y cada primavera, pues es el paso natural de los animales del sur al norte de Sierra Nevada y viceversa.

Ahora bien, en la actualidad, el que suscribe, vive la realidad de las cuevas en radical ambivalencia. Por una parte se siente sucesor de San Pedro Poveda y el padre Federico Salvador Ramón, fundador de la congregación de la Divina Infantita y ¡cómo no! del inefable don Rafael Varón, que regaló su vida a los cerros habitados de Guadix. Suceder a esos egregios sacerdotes es todo un don y a la vez, un serio compromiso. Por otra parte, contemplar un núcleo de marginalidad tan severo como el de la cañada de Ojeda, que extiende sus tentáculos en otros casos puntuales de familias cuyo riesgo de exclusión social ya ha sido completado con creces, no deja de ser un revulsivo constante a la propia conciencia, que intento hacer extensivo a la conciencia cívica de Guadix en sus terrenos sociales y políticos. Se ha conseguido que, poco a poco, el problema inmenso del fallo social, extenso e intenso, de la cañada sea algo reconocido y reconocible, pero para nada hemos puesto todavía los mimbres necesarios y suficientes para enlazar las posibles soluciones. En más de una ocasión he afirmado que en este ámbito ha fallado la sociedad entera: familia, Parroquia, escuela, sanidad, Ayuntamiento, fuerzas de orden público... e instituciones de toda índole.

La cañada de Ojeda no tiene solución, tiene soluciones, al menos las cincuenta soluciones de los cincuenta grandes fallos que atesora. Sin una actuación en red muy enredada, desde la sanidad a la limpieza, desde los educadores de calle a los maestros, desde Cáritas al Ayuntamiento, pasando por los Bomberos y Policía para llegar a las empresas de suministro eléctrico... todos hemos de aportar, en diverso grado, no ya el grano de arena, sino los sacos de soluciones que nos corresponden.

Me consta de manera directa la preocupación de nuestros principales grupos políticos por esta situación. Desearía que me constase también la “ocupación” no previa, sino actualizada, en la búsqueda de remedios para lo que, por ahora, parece irremediable.

Desentenderse, directa o indirectamente, de esta vergonzosa realidad, es convertirse en cómplice de la misma.

Manuel Amezcua

Párroco de Nuestra Señora de Gracia y Fátima, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Familia y Vida.

Este artículo ha sido publicado en el semanario Wadi-as de Guadix y comarca

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