El cielo y la tierra, si lo puede haber.

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Yo Guadix, he dado en pasear y he paseado por el bosque que aquí llamamos de la Cañada de Guadix que atraviesa tierras de Lugros, Polícar y Beas, colindando con las fincas del Camarate. El esplendor y la belleza naturales, rozan lo sobrenatural como signo, manifestación y testimonio de la grandeza divina. La gama cromática del verde se vuelve, poco a poco ocre rojizo en todas sus tonalidades, y oro líquido que se derrama en gotas desde los álamos al suelo. Pudiera parecer que el bosque llora de pena otoñal…, pero no es cierto, la foresta se emociona de sí misma y lagrimea poco a poco, su propia sensación de grandeza inabarcable.

El entorno de Guadix es un lujo sólo comparable al cromatismo de la ciudad. Vivimos en medio de unos colores, terrenales y celestiales, tan exclusivos como inclusivos. Nadie tiene tanto color alrededor como nosotros y nadie está incluido en un mundo polícromo similar al nuestro. La luz de Guadix ilumina una realidad espléndida que jamás ha emigrado de sí misma: hace millones de años se desecó un lago que produjo con sus sedimentaciones un mar de arcilla. De aquellos polvos y lodos, vienen estos cerros, tallados por el agua cual cincel blandísimo y por el viento cual gubia de especial ternura. El sol los hace sólidos y las raíces los contienen. Así, mi pueblo se genera a sí mismo y se degenera en cada estación del año, para fecundar un milagro continuo: el eterno retorno de las estaciones se estrena a sí mismo en cada cambio y sabe traspasar los fríos y calores, provocando una templanza repleta de armonías.

El valle de Guadix, circundado por los parques naturales de Sierra Nevada, de Segura y de las Villas y de los Montes de Baza, nunca ha sabido qué hacer con tanta hermosura. Tal cual asegura la sobrina de Santa Teresa de Jesús en el proceso de beatificación de su egregia parienta: “Teresa, si no lo hubiera creado, por ti creara el cielo”. Por esta sobrina sabemos que Cristo prometió todo ello a la Santa de Ávila. Pues bien, acaso, Dios en cada amanecer le dice a Guadix: “Si no hubiera creado vuestro valle, nada más por uno de vosotros lo creara”. Ciertamente, Dios ha hecho maravillas, pero en Guadix se ha lucido. Parece como si el Señor de cielo y tierra, autor de todas las maravillas de la creación, se hubiera dicho a sí mismo: “Hoy he decidido lucirme, por ello, voy a permitir que la evolución del planeta, unida a mi potencia creadora, se derrame en amor de amores, en fuerza de fuerzas, en potencia de montes y pureza de aguas… hoy hago Guadix.”.

Tanta es la hermosura, que tras siglos y siglos no hemos dado todavía con el acierto al describirla. Los autores clásicos la refieren, los musulmanes y musulmanas la elevan a poética grandeza, Alarcón la vive y la revive en cada experiencia y en cada recuerdo… pero aún queda mucho por decir. No soy yo quien para decirlo todo, pero cada vez que me es dado subir a la torre de la Iglesia de la Magdalena, ahora gozosa instalación de nuestro Archivo y Biblioteca Diocesanos, se siente uno urgido a pedir fuerzas para que así como la naturaleza y lo sobrenatural se unen en esta tierra, así también la belleza del valle y su naturaleza nos conduzcan a poder hablar de lo inefable, agradeciendo el detalle que Dios ha tenido al dejarnos vivir en nuestra tierra. La torre catedralicia centra el óvalo del milenario lago desecado y apunta, divinalmente, a una referencia cálida de ternura y perfectamente divina: es como si el mismo Dios estuviera a punto de romperse en belleza… acaso Guadix existe porque Dios se ha roto de hermosura.

Manuel Amezcua Morillas

Manuel Amezcua

Párroco de Nuestra Señora de Gracia y Fátima, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Familia y Vida.

Este artículo ha sido publicado en el semanario Wadi-as de Guadix y comarca

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