José Antonio Robles Navarro

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal

Siempre que voy a Madrid procuro sacar tiempo para visitar el magnífico paraje del Templo de Debod; un espacio abierto, diáfano, capaz de abstraernos de la agitación de la gran urbe gracias al magnetismo de las conformaciones egipcias, mágicamente suspendidas sobre el horizonte ilimitado que brinda la tupida floresta del Parque Oeste y la Casa de Campo.

Un verano sin lectura reposada deseca los veneros que abrevan la porosidad del alma humana y sofoca el ánimo en una galbana de bochorno y aridez. Un verano surtido de buena literatura viste de fresco el ingenio, a la espera de transitar por lo escarpado de un nuevo curso.

En ocasiones nos topamos con imágenes de una gran carga emotiva, escenas de especial intensidad que rompen con la monotonía de nuestros quehaceres y agitan el universo interior para deportarlo a constelaciones ignotas, prendidas de un halo hipnotizador que te subsume en lo abismal de la existencia.

A veces, en los momentos de conversación amistosa y distendida suelen emerger las confidencias que anidan en la hondura del corazón; verdaderos desvelamientos que vienen precedidos por un punto de inflexión en el diálogo, donde la amistad se abre a lo diáfano tras soltar las amarras y coger decididamente al otro de la mano para que transite por los sinuosos pasadizos de la aflicción o por el expedito sendero de la esperanza atisbada.

No recuerdo muy bien en qué foro de reflexión se nos trasladaba -no hace mucho- un agrio análisis que refería algunas de las grandes pérdidas de la iglesia en esta etapa presente de su peregrinaje. Si dolorosa ha sido la desafección del mundo del trabajo, el abandono del colectivo juvenil no le ha ido a la zaga, infligiendo una gran merma en el dinamismo eclesial de nuestras comunidades. Hasta aquí la constatación de unos hechos que -honestamente- no distaba mucho de mi experiencia pastoral, aunque me esperaba todavía un momento de verdadero «retortijón de barriga» cuando el análisis se tornó más expeditivo al atisbar algunos síntomas de ausencia, o distanciamiento, en la relación entre mujer e iglesia. Confieso que en este punto la sensación de desangelo alcanzó mi más recóndito espíritu sacerdotal, pues reconozco agradecidamente que mis años de sacerdocio han transcurrido bajo la urdimbre nutricia que proporciona la solicitud, la ternura, el cuidado y la intuición femeninas.

La forja y consolidación de nuestra identidad personal presupone el laborioso esfuerzo de búsqueda de la verdad como exigencia ineludible de honestidad con la realidad. Un complejo proceso indagatorio, que demanda la salida de nosotros mismos, atisbando una y otra vez la posibilidad de habitar otras cosmovisiones y concepciones de lo real, toda vez que han sido vivenciadas y argumentadas por otras personas que consideramos lúcidas e incisivas. Así me pasa a mí estos días que vuelvo a releer el manifiesto agnóstico del eminente profesor Enrique Tierno Galván, de feliz memoria para la ciudad de Madrid que lo admiró en sus funciones de gobierno al frente de la alcaldía.

Hace unos días me pasó algo curioso. Regresaba a Guadix después de celebrar la misa del día de Epifanía y, en el trayecto, me sorprendí de mí mismo al percatarme de que varias veces se me iba una mirada furtiva al móvil, que a la sazón permanecía inerte, silencioso, en un emplazamiento del coche destinado a contener algo parecido a un vaso o lata de bebida. La sorpresa no fue tanto por el acto reflejo, cuanto por la desabrida y punzante certeza de que la llamada que esperaba no se iba a producir.

“Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” Lc 2, 12

¡Tremenda señal! ¡Piedra de toque! ¡Choque de racionalidades! ¡Implosión del núcleo subversivo de la historia! ¡Palabra de Dios hecha carne en la periferia existencial de lo humano!... al calor de lo precario de la vida se abre paso -con fragor refulgente- la trascendencia; lo finito rompe, y se ensancha, auscultando espacios de límite -de frontera- en la certeza de la proximidad inaudita del Niño Dios.

Un adviento con Samuel Beckett y S. Juan de la Cruz

En nuestro itinerario vital nos solemos topar sorpresivamente con determinadas manifestaciones estéticas que poseen ese elemento subyugador, intimista, nada advenedizo, y que es capaz de desinstalar nuestra entraña más afincada ofreciéndole nuevas posibilidades de reconocimiento e identidad; son regalos de la genialidad y de la belleza artística que nos habitan sin pedir permiso, y a los que acogemos con la naturalidad más pasmosa, poblando así nuestra existencia de una constelación de imágenes, escenas, melodías, palabras… que sin duda nos hacen pulsar la realidad bajo la mirada de los otros y desde perspectivas, a veces, insospechadas.

Os invito a rememorar dos expresiones artísticas que van modulando el ritmo vital de mi adviento:

La filosofía de la sospecha… ¡siempre la filosofía de la sospecha!; ese dique en el que suelen romper las procelosas aguas de la creencia. Entre destellos de luz ilustrada, la fe encuentra veneros en los que refrescarse y purificarse de los detritos del abuso de lo sagrado. Y yo por este terreno transito con los pies descalzos…