José Antonio Robles Navarro

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal

«La realidad es superior a la idea», he aquí una de las grandes claves hermenéuticas del Papa Francisco en la Exhortación «Evangelii gaudium».

Dicen que hasta San Antón pascuas son, y ya va un considerable trecho de entonces a hoy, pero yo sigo pisando el suelo de los caminos que van a Belén.

Estos últimos años, la Noche Santa de navidad me brinda el grato recuerdo de las Hermanas Concepción y María José, religiosas de la Fraternidad Reparadora, con las que compartí cinco años de mi vida sacerdotal.

Después de la celebración diocesana de la vigilia de la Inmaculada, encuentro elementos suficientes para afirmar el profundo vínculo entre el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y la etapa de juventud del ser humano.

Si nos adentramos concienzudamente en los entresijos e intersticios de la historia de la filosofía, descubrimos -cual niño sacudido por la cruda realidad- lo granítico y categórico de determinadas circunstancias históricas, a partir de las cuales el pensamiento conmociona, eclosionando en epistemologías más templadas e intuitivas, dotadas de una sutil carga incisiva en el análisis de la realidad.

Siempre que voy a Madrid procuro sacar tiempo para visitar el magnífico paraje del Templo de Debod; un espacio abierto, diáfano, capaz de abstraernos de la agitación de la gran urbe gracias al magnetismo de las conformaciones egipcias, que parecen mágicamente suspendidas sobre el horizonte ilimitado que brinda la tupida floresta del Parque Oeste y la Casa de Campo.

Un verano sin lectura reposada deseca los veneros que abrevan la porosidad del alma humana y sofoca el ánimo en una galbana de bochorno y aridez. Un verano surtido de buena literatura viste de fresco el ingenio, a la espera de transitar por lo escarpado de un nuevo curso.

En ocasiones nos topamos con imágenes de una gran carga emotiva, escenas de especial intensidad que rompen con la monotonía de nuestros quehaceres y agitan el universo interior para deportarlo a constelaciones ignotas, prendidas de un halo hipnotizador que te subsume en lo abismal de la existencia.

A veces, en los momentos de conversación amistosa y distendida suelen emerger las confidencias que anidan en la hondura del corazón; verdaderos desvelamientos que vienen precedidos por un punto de inflexión en el diálogo, donde la amistad se abre a lo diáfano tras soltar las amarras y coger decididamente al otro de la mano para que transite por los sinuosos pasadizos de la aflicción o por el expedito sendero de la esperanza atisbada.

No recuerdo muy bien en qué foro de reflexión se nos trasladaba -no hace mucho- un agrio análisis que refería algunas de las grandes pérdidas de la iglesia en esta etapa presente de su peregrinaje. Si dolorosa ha sido la desafección del mundo del trabajo, el abandono del colectivo juvenil no le ha ido a la zaga, infligiendo una gran merma en el dinamismo eclesial de nuestras comunidades. Hasta aquí la constatación de unos hechos que -honestamente- no distaba mucho de mi experiencia pastoral, aunque me esperaba todavía un momento de verdadero «retortijón de barriga» cuando el análisis se tornó más expeditivo al atisbar algunos síntomas de ausencia, o distanciamiento, en la relación entre mujer e iglesia. Confieso que en este punto la sensación de desangelo alcanzó mi más recóndito espíritu sacerdotal, pues reconozco agradecidamente que mis años de sacerdocio han transcurrido bajo la urdimbre nutricia que proporciona la solicitud, la ternura, el cuidado y la intuición femeninas.