+Ginés, Obispo de Guadix

+Ginés, Obispo de Guadix

Cada año la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo nos hace volver al origen de la predicación apostólica. Es una nueva oportunidad para acercarnos a los orígenes de nuestra fe y volver a escuchar la palabra de aquellos que fueron testigos de la resurrección del Señor.

De diversos orígenes, por caminos distintos, Pedro y Pablo se convirtieron en pilares de la Iglesia. La experiencia del encuentro con Jesús, la comunión en su Pascua, la entrega de la propia vida los unirá para ser columnas de una fe que se extiende por todo el mundo, confesando que Jesús de Nazaret es el Señor.

Pedro, el pescador de Galilea y cabeza del grupo apostólico, y Pablo, el fanático de la ley, tomado por Cristo para ser apóstol de las gentes, son necesaria referencia para vivir la fe cristiana en cualquier lugar y en cualquier momento de la historia.

Roma recibió el testimonio de su sangre y se convirtió en centro que irradia la fe cristiana a todo el mundo. Dos mil años después el testimonio de esta sangre sigue siendo semilla de nuevos cristianos. La predicación de estos apóstoles no se ha interrumpido nunca. Los sucesores de los apóstoles, en Roma el sucesor de Pedro, el Papa, sigue anunciando el Evangelio de Jesucristo y entregando su vida día tras día.

La ciudad que fue testigo del martirio de los apóstoles, con el sucesor de Pedro, sigue siendo centro de fe y unidad para una Iglesia que se extiende hasta los confines de la tierra. Su servicio es un servicio en la caridad de Cristo para iluminar el camino de la fe de muchos hombres y mujeres, y para decir en cada época de la historia la verdad del Evangelio.

El Papa Benedicto XVI nos preside en el nombre del Señor y con su palabra siempre cargada de sabiduría, profundidad, sencillez y espíritu de fe, ilumina este momento tan delicado de la historia que nos ha tocado vivir.

A nadie se le oculta que el Papa Benedicto es un sabio, uno de los grandes sabios con los que hoy cuenta el mundo. Y es un hombre de fe, basta asomarse a sus escritos o escuchar sus palabras para darse cuenta que habla un creyente. Es hermoso ver unida la profundidad, la humildad y la fe, lo que nos proporcionan una experiencia de belleza impresionante. Escuchar o leer al Papa es gozar de la belleza de la fe que contagia la alegría de creer.

Desde el comienzo de su pontificado, Benedicto XVI nos ha ido mostrando la respuesta de la fe a una cultura que ha decido prescindir de Dios como si se tratara de algo insignificante. Para esto utiliza el método de la disolución de todo lo trascendente, hasta el concepto mismo de Dios se disuelve en la sociedad actual. Dios se presenta como algo obsoleto que no tiene cabida en la vida del hombre de hoy. La voz del Papa se levanta, aunque su tono sea suave, para desenmascarar la trama que aboca al hombre al fracaso. Sin Dios no hay libertad, porque sin Dios se oscurece la verdad, entonces el hombre vive en la mentira.

El Dios que el Papa anuncia es el Dios que en Cristo ha tomado nuestra carne y nuestra historia. Y la fe cristiana es el encuentro con Jesucristo. La fe cristiana es un acontecimiento que crea experiencia, experiencia que transforma la vida del hombre, haciendo que viva en el amor y por el amor.

Esta es la misión del sucesor de Pedro -ser testigo de la verdad- a la que Benedicto XVI ha consagrado toda su vida. Sin embargo, existe hoy una fuerte corriente de opinión pública, también dentro de la Iglesia, que parece querer centrar la vida de este pontificado en cuestiones que no son esenciales, oscureciendo el valor de la predicación del Papa.

Pedro nunca estará solo porque con Él está el Señor que cada día lo confirma en su misión. Pedro no está solo porque con él está toda la Iglesia que en cualquier lugar de mundo reza por el Papa y por sus intenciones.

En este día, os invito a todos a rezar por el Papa, a hacerlo cada día. Su presencia es signo y garantía de la fidelidad al Señor. Su enseñanza es faro que ilumina tantos momentos de confusión. Leer a Benedicto XVI es un descanso para el alma y una invitación a ponernos en camino en la senda de la nueva evangelización.

Desde esta Iglesia de Guadix, que se remonta al tiempo apostólico, quiero renovar nuestra adhesión al Sucesor de Pedro y nuestra fidelidad a sus enseñanzas, además de nuestro afecto y veneración. Con la oración de la Misa de la fiesta de los apóstoles le decimos al Señor: “haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana”

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

Queridos hermanos y hermanas:

Es frecuente escuchar cuando se pregunta a la gente que ha pedido para el nuevo año la respuesta clara y directa: salud, que es lo más importante. Es verdad, pues ¿de qué servirían los demás bienes si no se pueden disfrutar, si no tenemos salud?.

La salud es tan importante que en el mundo desarrollado se ha convertido incluso en una obsesión. Hablamos de la prevención, controlamos nuestro organismo para reaccionar ante el más leve síntoma de enfermedad y, en muchas ocasiones, nos excedemos en la ingestión de medicinas sin consultar con los especialistas, lo que incluso ha generado anuncios publicitarios que nos advierten del peligro que esta práctica supone. El cuidado de nuestro cuerpo ha derivado en un verdadero culto al cuerpo. Alguien ha definido a los gimnasios como los nuevos templos de la cultural actual.

Mientras esto pasa en el occidente civilizado, en muchos países, millones de personas no gozan de lo que es un derecho de todos, la salud. El desarrollo de los hombres y de los pueblos pasa por el derecho a tener los medios que garanticen la salud de todos. En muchos países queda pendiente la erradicación de enfermedades que a nosotros nos parecen una simple anécdota; se han de combatir enfermedades que causan la muerte de millares y millares de personas (el paludismo, la malaria, la tuberculosis, el VIH/Sida, etc.)

Este año la campaña de Manos Unidas nos invita a pensar y actuar sobre el 6º Objetivo del Milenio, la protección del derecho de todos a la salud. No podemos hablar de desarrollo integral de la persona sin tener en cuenta el derecho a la salud. No puede haber desarrollo de un pueblo sin los medios que garanticen este derecho.

Muchos de los proyectos de Manos Unidas en los países pobres se desarrollan en el ámbito de la salud, en el mundo sanitario. Hospitales, dispensarios, proyectos de higiene, agua potable, y muchos más son los medios que esta organización ha plantado en los países necesitados y, con la ayuda de Dios y la colaboración de los hombres y mujeres de buena voluntad, lo seguirá haciendo. Pero no es suficiente

Los poderes públicos, el mundo de la investigación biomédica, las empresas del campo de la salud han de mirar más allá de los intereses de los hombres del primer mundo. No es justo que la propiedad intelectual prive a los países pobres del acceso a medicinas que pueden evitar la muerte de ciento de miles de personas. Hay que erradicar las enfermedades de los países ricos, y para ello se invierte mucho en investigación, pero sin olvidar las de los países pobres, aunque a nosotros no nos afecten.

Sin embargo, sería una grave injusticia que descargáramos este problema sobre los demás olvidando la responsabilidad que todos tenemos. Hemos de conocer la gravedad del problema y actuar. Leer despacio los datos que nos muestra la campaña de Manos Unidas de este año es impresionante. Detrás de los números de las personas que padecen la enfermedad hay un rostro y una vida. No pueden ser los fríos números de una estadística, son algo más, son alguien. Son personas en las que se une enfermedad y pobreza. No podemos quedarnos con los brazos cruzados, estamos llamados a actuar, cada uno desde su lugar y situación.

La fe cristiana nos revela que en cada uno de estos hombres y mujeres hay un ser que es imagen de Dios. Cristo se hace presente en la pobreza y en la enfermedad invitándonos a salir de nuestra comodidad y a ser prójimos de estos hombres.

Recuerdo que hace unos años hablaba con una familia que se había trasladado al tercer mundo como misioneros. En un momento de la conversación les pregunté que les era más necesario, la respuesta me dejó perplejo: vendas, aguja e hilo sanitario, aspirinas, es decir, lo más básico, me dijeron. Allí carecían de todo, incluso de lo que nosotros tenemos en el botiquín más básico de la casa. Nuestro poco se convierte en mucho para ellos.

Demos aunque sea poco porque ellos lo convertirán en riqueza y entonces tú serás rico a los ojos de Dios.

María, Salud de los enfermos nos ayude a ser generosos con los hermanos más pobres y necesitados.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés, Obispo de Guadix.

Queridos diocesanos:

El próximo domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, celebramos el día Pro Orantibus, es decir, “por los que oran”. Hombres y mujeres que han hecho de su vida un canto de alabanza al Señor y una ofrenda a favor de todos los hombres. Es un momento para dar gracias y pedir por los que cada día rezan por nosotros.

Hoy son muchos los que cansados de correr y hartos de la monotonía y el sin sentido de lo cotidiano, buscan los monasterios. Las hospederías de las casas habitadas por los contemplativos se han convertido en un reclamo turístico para aquellos que necesitan de paz y de sosiego. No todos son atraídos por la vida espiritual, pero todos reconocen con su opción el valor que tiene este estilo de vida.

Por ello es lícito que nos preguntemos: ¿Por qué hay hombres y mujeres que viven así?; ¿qué les mueve a entregar su vida en la contemplación?. La respuesta puede parecer obvia, pero no por eso hemos de dejar de repetirla. Los monjes y las monjas han elegido a Cristo, y con él, la mejor parte. Han renunciado a lo transitorio por lo permanente, a lo temporal por lo eterno, a lo penúltimo por lo último. Son la parte de la Iglesia que no se ve, que no se oye, pero que aporta lo más sabroso de la experiencia de fe: estar con el Señor y llevarle hasta su corazón las alegrías y las esperanzas de los hombres, los sufrimientos y las angustias de la humanidad. Los contemplativos son expertos en humanidad porque son expertos en la vida íntima de Dios.

Este año se nos propone como lema de esta Jornada: “Lectio divina, un camino de luz”. En la lectura orante y contemplativa de la Palabra de Dios encuentran la luz que baña la existencia humana y que nos revela el verdadero rostro de Dios. Dios sigue hablando, y las Escrituras santas son palabra viva y eficaz, dicha para el hombre de todos los tiempos, por eso, basta con acercarse a ella reverentemente, buscando a Dios, para encontrarlo a Él y encontrarnos a nosotros mismos. El encuentro existencial con el Dios que se revela da profundidad a la vida y la llena de sentido. La paz de los contemplativos no es el resultado de la falta de problemas o de la despreocupación por todo lo que ocurre en el mundo; la vida contemplativa no es una huida del mundo, todo lo contrario, es llegar al corazón de ese mundo para llenarlo de Dios. Los contemplativos están en el mundo desde Dios.

Los contemplativos son una gran provocación en medio del mundo del ruido y de la prisa. En el silencio, haciendo del tiempo un horizonte de eternidad, anuncian lo que verdaderamente es importante: Dios mismo.

En nuestra diócesis tenemos la presencia de contemplativas en cuatro monasterios, dos de monjas Dominicas, otro de Clarisas y el de Concepcionistas franciscanas. Son un verdadero tesoro para nosotros. Su presencia es una llamada constante a escoger la mejor parte. Su vida callada y sencilla es una interpelación constante a vivir evangélicamente; son el gran apoyo que tenemos para seguir trabajando a favor de la extensión del Reino de Dios.

Desde aquí me queda pediros que las tengamos presentes en nuestra oración. A ellas que cada día rezan por nosotros, hemos de dedicarles un momento en nuestra propia oración. Más aún, hemos de pedir, cada día, para que el Señor toque el corazón de las jóvenes para que respondan a la llamada entregándose en la vida contemplativa. Nuestros monasterios necesitan vocaciones y nosotros las necesitamos a ellas para que la vida de la Iglesia diocesana tenga profundidad y arraigo en Dios.

Pongo los monasterios de nuestra diócesis bajo el amparo de la Santísima Virgen María, primera consagrada y primera contemplativa; que ella nos acompañe en este camino de luz, cuando estamos embarcados en la misión de llevar a los hombres de hoy al Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

Queridos diocesanos:

La Iglesia reconoce y proclama hoy lo que era la voz del pueblo: el Papa Juan Pablo II vivió las virtudes cristianas de modo heroico, por lo que es un modelo para los cristianos y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad; a él podemos recurrir pidiendo su intercesión. Esto, en definitiva, es lo que significa la declaración de uno de nosotros como Beato.

Mucho se puede decir, como muchos son los aspectos que habría que destacar en la vida del polaco, Karol Wojtyla, el eslavo que llegó a la silla de Pedro, y que ha marcado, sin duda, los últimos años del segundo milenio cristiano. Un pontificado que se desarrolló durante veintisiete años; un pontificado marcado por la vida y actividad de un hombre joven, deportita y vital, que ni el asalto de la violencia, que minó su fortaleza física, pudo con su ser de luchador de Dios.

Escritos, discursos, viajes, gestos significativos… Todo lo que constituye su gran pontificado se resume en una palabra: Juan Pablo II era un hombre de Dios.

Leer la biografía de este hombre es enfrentarse con lo más profundo y lo más radical de la historia del pasado siglo XX. Mirando su trayectoria vital, hemos de afirmar que era el hombre que Dios había elegido y preparado para conducir a la Iglesia al tercer milenio de su historia.

Nacido en una familia católica, como la mayoría de los polacos, crecido en una espiritualidad profunda y sincera, muy pronto experimentó la orfandad; niño sin madre y joven sin padre, tampoco su único hermano pudo sobrevivir, se unió fuertemente al Señor y con un amor filial entrañable, que marca su vida y su espiritualidad, su amor entrañable a la Virgen –Totus Tuus-. De joven experimentó la vida de obrero en la mina y en la fábrica; adelantado estudiante de la lengua y la cultura de su país, tuvo verdadera pasión por el teatro, al que dedicó parte de su tiempo, en un momento de verdadero acoso ideológico.

Wojtyla ha vivido y sufrido en su propia carne lo que suponen regímenes políticos que acaban con la dignidad del hombre en nombre de la libertad; todo por el hombre y para el hombre, pero al servicio de una ideología y del poder que la representa; y aquí no hay lugar para Dios. El joven polaco va comprendiendo que cuando Dios no está en el escenario de la vida personal y social, entonces es fácil manipular y acabar con la esencia misma de la humanidad. Sólo cuando Dios está, el hombre puede vivir en verdad y libertad.

Esta mirada contemplativa a todo lo que lo rodea se ve sorprendida por la llamada de Dios a ser sacerdote. No es una inclinación natural. Tampoco es un camino sin más para luchar por la libertad de su pueblo. Es una llamada a estar con el Señor y a ser signo de su presencia en medio del mundo. En la cladestinidad se desarrolla y completa su formación sacerdotal. Y en Cracovia recibe el don del sacerdocio que ejercerá en el mundo de la cultura y de la juventud.

No son muchos los años que puede realizar esta misión, pues pronto es llamado al episcopado, también en Cracovia. En este tiempo, no sólo es testigo de excepción, sino también protagonista del gran acontecimiento de la Iglesia del siglo XX, el Concilio Vaticano II.

Y así, en octubre de 1.978, es elegido por los cardenales como sucesor de San Pedro, tomando el nombre de Juan Pablo II.

Sin embargo, a Juan Pablo II sólo se le puede comprender al verlo rezar. Este Papa no es un político más, ni un actor que representa un papel. Juan Pablo II es un hombre de Dios, que vivía de su intimidad con el Señor. Me vais a permitir que os haga una confesión personal: corría la primavera de 1986; se me concedió asitir, y concelebrar, a la Misa del Papa, en su capilla privada. Eran las 6 de la mañana, y allí llegué acompañado de mis padres; nunca olvidaré la escena: el Papa rezaba de rodillas frente al sagario; estaba inquieto, era un hombre luchando, se acariciaba la cabeza, parecía una verdadera conversación aunque fuera en silencio. Se percibía que la relación era habitual, la intimidad consagrada por el tiempo; nada de lo exterior lo disturbaba. Viendo esta escena era fácil comprender por qué en las celebraciones con las multitudes él permanecía recogido y orante; antes de estos encuentros con la gente, Juan Pablo II había orado durante mucho tiempo. Sabemos que las noches se interrumpían, sin miedo al cansancio de la complicada agenda; el Papa oraba, oraba siempre. Esto, y sólo esto, es lo que hacía sus palabras y sus gestos creíbles. De esta experiencia de la presencia del Señor brotaba la fecundidad de su ministerio.

Juan Pablo II era un hombre de Dios, pero también es un beato cercano; somos millones las personas que podemos decir que lo vimos, que lo tocamos. Su santidad no es lejana en el tiempo, es un santo del nuestro. Es una llamada del Señor a ser santo; hoy, como en cualquier momento de la historia, podemos ser santos, debemos ser santos. No podemos conformarnos con menos. A esto estamos llamados y Juan Pablo II es un testimonio de que así puede ser.

En esta mañana, desde Roma, le pido al Beato Juan Pablo II que interceda ante el Señor por nuestra diócesis. Que haga de nosotros una Iglesia que viva como Dios quiere; que nos dé sabiduría y fortaleza para seguir anunciando a Jesucristo en medio de los hombres de nuestra tierra; que nos haga testimonio del amor de Dios que quiere con pasión al hombre, aunque éste no lo sepa. Y de un modo especial, le he pedido por nuestro seminario y por el aumento de santas vocaciones; sin olvidar a aquellos que más lo necesitan, a los pobres, a los enfermos, a los matrimonios en crisis, a los que viven solos y olvidados, a los que están apartados de Dios.

Mirando la imagen de Juan Pablo que cuelga desde la logia central de la basílica de San Pedro, y que es la imagen de su mirada desde el cielo, le digo en nombre de toda la Iglesia del Señor que está en Guadix: Beato Juan Pablo II, ruega por nosotros.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés, Obispo de Guadix

El mes de Octubre, junto al comienzo del curso, nos trae el recuerdo de la misión como elemento esencial del cristianismo. Octubre es un mes misionero, sobre todo, porque en él celebramos el Domund, la jornada mundial de la misiones.

La Iglesia existe para evangelizar. No ha recibido la buena noticia de la salvación para guardarla sino para proclamarla hasta los confines de la tierra. En la misión, la Iglesia encuentra el sentido de su existencia y la dicha más grande. Como decía el Beato Juan Pablo II: “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!” (Redemptoris missio, 2). La transmisión de la fe es el medio para su crecimiento y para su afianzamiento. Una fe es fuerte cuando se comparte.

La nueva evangelización a la que estamos convocados en el occidente cristiano, en esta tierra y cultura que nació a la sombra de la fe cristiana y se tejió con sus valores, tiene como punto de partida la renovación del espíritu misionero. La nueva evangelización es todo lo contrario de un repliegue sobre nosotros mismos, con la idea de que hemos de arreglar primero nuestra propia casa, por lo que las otras han de esperar. Esta nueva evangelización mira a los pueblos que todavía no conocen el evangelio con la convicción de que la fe se fortalece dándola. Nuestras viejas iglesias tienen que salir de sí mismas para recibir el aire fresco de los que escuchan por primera vez la buena noticia de Jesucristo. Ahora, como siempre, estamos convocados a la misión ad gentes.

Nuestras iglesia han sido fuertes y llenas de vida porque han sido muchos los hijos que dejando todo –tierra, casa, familia- fueron a tierras lejanas para compartir la fe que habían recibido. Hasta allí llevaron lo mejor de nosotros mismos, pues al anunciar a Cristo, les daban la posibilidad de encontrar la felicidad plena y verdadera en el amor de Dios. Este amor fundamenta la vida del hombre y da un rostro nuevo a la sociedad. No da lo mismo creer que no creer, no es igual tener a Dios presente que no tenerlo. Con Dios todo es diferente. No es justo dejar a tantos hombres y mujeres sin conocer la verdad, sin la posibilidad de encontrarse con Cristo. Además, al hablar de la misión ad gentes no podemos hablar en pasado; la misión entre los hombres que no conocen al Señor es un inquietante presente y ha de ser un esperanzador futuro.

Nuestra iglesia diocesana tiene una rica y fecunda tradición misionera. Hoy, en el mundo entero, hay hombres y mujeres de esta diócesis accitana que siguen anunciando a Jesucristo con obras y palabras. A todo ellos los llevamos en el corazón con agradecimiento y nos sentimos orgullos de la misión que realizan. En sus personas y en su misión reconocemos que no fue en vano la primera evangelización de esta tierra en los albores mismo del cristianismo, como no ha dejado de dar fruto la sangre de nuestro mártires. Toda esa riqueza de nuestra iglesia se encarna hoy en los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos de la diócesis de Guadix que son misioneros.

Con toda sencillez, pero no con menos fuerza y convicción, os invito a renovar vuestra vocación misionera. Y al hacerlo os interpelo a aquellos que podéis sentir la llamada del Señor a dejar esta tierra para anunciarlo en otros países. Piénsalo, ¿por qué no puedes ser tú?. No hace mucho unos de nuestros sacerdotes que trabajan en la capital de Honduras, en Tegucigalpa, me interpelaba en este sentido: llevan muchos años trabajando allí, la labor es inmensa, ¿no podría renovarse nuestra presencia en esta misión con algunos hermanos de aquí?. Es esta interpelación la que yo os dejo también a vosotros.

El Domund no puede ser el domingo cada año en el que depositaré una moneda en la bandeja de la Misa. Ese día ha de ser el momento para el recuerdo y la actualización de que todo cristianos es por esencia misionero, es el momento de acercar a mi vida la realidad de aquellos pueblos, de aquellos hombre y mujeres que todavía no conocen al Señor, y a los miles de misioneros que cada día dejan su vida en los surcos de la tierra de la misión.

Hemos de rezar por la misiones y por los misioneros. La oración es siempre eficaz y ha de ser siempre perseverante,. No es asunto de un día al año sino de todos los días. Rezar por las misiones es signo de cercanía, de amor y de compromiso. Junto a la oración es importante el ofrecimiento de las obras y de los sufrimientos y contrariedades de la vida.

Es verdad que aquí hay muchos hombres y mujeres, muchas familias que sufren las consecuencias de esta crisis que llamamos económica, pero que tiene una fuertes raíces éticas. Pero esto no puede ser nunca la excusa para olvidar aquellos que viven la crisis permanentemente, que no solo no tienen nada para vivir, sino tampoco las estructuras para la ayuda social como la tenemos nosotros. Los mismo que la fe se fortalece dándola, la riqueza crece cuando la compartimos con los demás. La limosna más valiosa es la del pobre, como nos enseña el Señor con la limosna de la pobre viuda, esta es la más importante para Dios.

Es el Señor quien nos envía, “así os envío yo”. No estamos solos, el Señor viene con nosotros, Él realiza su obra a través de nuestra pobre pero valiosa colaboración.

La Virgen María, Reina de las Misiones, acompaña la labor de aquellos que dejándolo todo se han puesto al servicio del Reino. Su testimonio nos impulsa a salir de nosotros para mostrar a todos el rostro de Cristo, único Salvador del mundo.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

Queridos Diocesanos:

Es un gesto de la Providencia que sea el Seminario el tema y motivo de mi primera carta como Obispo de Guadix.
Cada año, la fiesta litúrgica de San José nos trae el Día del Seminario. Toda iglesia diocesana tiene en su seminario el centro de su vida. El seminario es el signo de la vitalidad de una iglesia.

En esta carta quiero proponer la grandeza de la vida sacerdotal, al tiempo que pido la oración, el afecto y el apoyo para los sacerdotes y para lo que ellos representan, y, por tanto, para los que se preparan para tan alto ministerio, los seminaristas.

La vocación sacerdotal es una gracia de Dios; como su nombre indica es una llamada del Señor; no se es sacerdote porque a uno le gusta, sino porque eres llamado, la parte del hombre es responder con generosidad a la llamada de Dios, una respuesta que sólo es posible desde la fe. Sólo suscitando y alimentando la fe estaremos bien dispuestos para escuchar lo que Dios quiere de nosotros. Muchos se preguntan si Dios no sigue llamando hoy; pues claro que sigue llamando; sin embargo, la respuesta se hace más difícil ante una fe débil y debilitada por el ambiente social y cultural que nos rodea.

La vida del sacerdote es una vida apasionante. El sacerdote siempre vive en el misterio de una llamada que se realiza en la debilidad; todos los sacerdote hemos experimentado la grandeza de nuestra llamada y ministerio y la debilidad humana en el ejercicio del mismo, pero cómo no recordar las palabras del apóstol San Pablo: “este tesoro lo llevamos en vasijas de barro”, es para que se vea que lo importante es el tesoro que llevamos, para que nadie se quede en la vasija, que es de barro; o el mismo apóstol cuando afirma: “cuando soy débil entonces soy fuerte”. Dios es tan grande y tan bueno que se hace presente, incluso por el más pecador de los sacerdotes.
Queridos jóvenes, estar atentos para escuchar la llamada del Señor, y si os llama responderle con generosidad, no os vais a sentir defraudados, todo lo contrario seréis inmensamente felices. Servir al Señor es el don más grande que podemos recibir. Arriesgaos a seguir a Cristo en el sacerdocio.

A vosotros sacerdotes, consagrados y fieles laicos, os invito a proponer a los jóvenes la grandeza y hermosura de la vocación sacerdotal; hacedlo con la palabra, pero sobre todo, con el ejemplo de vuestras vidas.

Este año, la Iglesia nos propone un ejemplo de vida sacerdotal, San Juan Mª Vianney, el Santo Cura de Ars. Con motivo del 150 aniversario de la muerte del Santo de Ars, el Papa Benedicto XVI, ha querido convocar un Año Sacerdotal, para “promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes”, con el objetivo de recordar que la fidelidad de Cristo ha de ser la fidelidad del sacerdote. Como decía el Santo Cura: “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. Es necesario que el pueblo de Dios reconozca la grandeza del sacerdocio y rece por los sacerdotes y con los sacerdotes.

Este año se nos propone como lema de la Campaña del Seminario: “El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios”.

Dios es amor, un amor que es misericordia, es entrega hasta dar la vida. Dios no sólo da, sino que se da; busca al que está perdido para devolverlo al calor del hogar paterno y restituirle la dignidad de hijo. El amor de Dios se encuentra con nuestra miseria, entonces se revela su misericordia Todos hemos experimentado la misericordia, la experimentamos en muchos momentos y de distintas maneras; la experimentamos en nosotros y en los demás; de un modo particular la experimentamos en el sacramento de la penitencia cuando, Dios, Padre misericordioso, cambia nuestro pecado por la hermosura de su gracia.

El sacerdote es testigo de esta misericordia, por eso no puede, y no debe callar lo que ha visto y oído. Ser testigo de la misericordia de Dios es una gracia y una exigencia en favor de los hombres, nuestros hermanos.

En el seminario, los candidatos al sacerdocio han de ir convirtiéndose en testigos de esta misericordia, para esto han de tener una vida de intimidad con el Señor, esmerando cada día su formación, y acercándose a los hermanos, compartiendo con ellos sus gozos y esperanzas, como sus angustias y sufrimientos. El seminario ha de ser escuela del Evangelio, donde se inicie a los futuros sacerdotes en las virtudes propias del sacerdocio: la fe, la esperanza, la caridad, la oración, la disponibilidad, la pobreza, una vida según un corazón indiviso, la misericordia.

Nuestro seminario diocesano cuenta con siete seminaristas, dos de los cuales han recibido el orden de los diáconos, y sirven ya a la Iglesia en diversas comunidades parroquiales.

Pido al dueño de la mies, que nos envíe numerosas y santas vocaciones para el servicio de nuestra diócesis. Al tiempo que pido vuestra oración por esta causa.

A la Madre de los sacerdotes y Reina de las vocaciones sacerdotes, pido que proteja a nuestro seminario y de fidelidad y perseverancia a los que hemos sido llamados.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

Queridos diocesanos:

Que Dios sigue llamando es una certeza que no podemos olvidar nunca. Sí, Dios sigue llamando a hombres, que tomados de entre los hombres, ofrecen su vida para la gloria de Dios y el servicio de los hermanos en la comunión de la Iglesia. Son los sacerdotes que sirven cada una de las comunidades cristianas repartida por el mundo entero. Varios cientos de miles de sacerdotes con generosidad entregan lo que son y lo que tienen para que Cristo sea conocido y amado.

Hoy, Dios sigue llamando, porque la mies es mucha y la obreros pocos. No es cierto, por más que así quieran hacerlo ver, que la Iglesia católica esté en un claro descenso de fieles. Todo lo contrario. Los datos reales nos dicen que el número de católicos aumenta cada año en el mundo. Son muchos los hombres y mujeres que en cualquiera de nuestro pueblos o ciudades tienen necesidad de Dios, y lo buscan, y piden la ayuda de alguien que les ayude y les muestre el rostro de ese Dios que puede dar sentido a la existencia de cada día.

Dios llama, quiere necesitar de jóvenes que apuesten y arriesguen por el Evangelio. Solo necesita la respuesta libre de aquellos que han oído la llamada. El sacerdocio no es una profesión, no se puede ser sacerdote porque me guste; solo puede ser sacerdote aquel que ha sido llamado, aquel en el que Dios ha puesto sus ojos y le ha dicho: “Tú, sígueme”. El sacerdocio es una vocación que nace de la libertad de un Dios que llama y se realiza en la libertad del hombre que responde. Pero para experimentar que hay llamada se ha de escuchar, y ¿cómo se puede escuchar a Dios en medio del ruido y de la prisa?, ¿en una existencia que solo valora el bienestar y el progreso material?, ¿dónde Dios se ha hecho insignificante y ya no es ni una posibilidad?. Hemos de propiciar actitudes de escucha junto con un terreno propicio, regado por el silencio y la oración; hemos de educar en la generosidad y en la aceptación de los planes de Dios. Sencillamente, hemos de poner a Dios en la vida de los jóvenes.

Estoy convencido que cualquier jóvenes, también el de esta época, si conoce al Señor y lo ama, no podrá resistirse a su llamada. Bastaría que cada mañana le dijera: “Señor, ¿qué quieres de mí?”. Para escuchar una voz que le dice: “Ven y verás”. El sacerdocio es un encuentro con Jesús, una invitación a estar con Él, un seguimiento de cruz y de gloria. El sacerdocio es un camino a la felicidad, pues solo se puede ser feliz en el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Os invito, queridos jóvenes, a estar atentos y a poner el oído para escuchar lo que Dios quiere de vosotros. En la oración, en la eucaristía, en el sacramento de la penitencia, en el amor a la Iglesia y a los hermanos encontraréis el gozo del seguimiento de Cristo. Queridos jóvenes, no profesionalicéis la vida, haced de vuestra vida una vocación, una búsqueda de la voluntad de Dios. En la respuesta a los que Dios quiere de vosotros encontraréis la felicidad que busca todo hombre.

Son muchos los sacerdotes que hoy viven su sacerdocio no solo con generosidad sino con verdadera ejemplaridad. Uno de los mejores medios para que los jóvenes consideren la vocación sacerdotal es el ejemplo de los sacerdotes. Hermano sacerdotes, en este momento, estamos llamados a dar un testimonio de alegría que nace del servicio del Señor. Nuestro amor al Señor, nuestro celo por las almas que se nos han encomendado es la mejor campaña vocacional. El sacerdote entregado transmite y contagia. Pidamos que el Señor que nos conceda ser testimonio y medio para que otros gusten este camino sacerdotal.

Las familias están llamadas a acoger y pedir el don de la vocación de los hijos. Las vocaciones sacerdotales y consagradas son un signo de fecundidad para las familias cristianas. Los padres a los que Dios llama a uno de sus hijos deben darle gracias por su predilección hacia ellos y entregar al hijo con generosidad, pues de Él somos. Los padres cristianos deben pedir el don de la vocación para sus hijos.

Nuestra diócesis ha de mostrar su vitalidad en el nacimiento de nuevas vocaciones al sacerdocio. Durante mucho tiempo nuestro seminario ha sido fecundo, dando numerosas vocaciones a esta Iglesia. Hoy tenemos un presbiterio joven, pero que necesita renovarse cada año. Necesitamos sacerdotes que sirvan a las comunidades de nuestra extensa geografía. En cada pueblo, por pequeño que sea, es necesaria la presencia de un sacerdote que anuncie a Jesucristo, celebre los sacramentos y aliente al pueblo en su vida de fe y en la caridad. Además, son muchos los campos de la vida social donde hace falta la presencia de un sacerdote.

En este momento nuestro seminario cuenta con cuatro seminaristas mayores. Damos gracias al Señor por ellos, al tiempo que pedimos por su perseverancia. Pero no son suficientes. Hemos de aspirar a tener más, porque sé que el Señor está llamando a muchos más jóvenes aunque ellos no lo sepan o no quieran responder.

Os anuncio con alegría que el próximo curso volverá a abrir sus puertas el Seminario menor. La institución que tanto ha significado para esta diócesis de Guadix continuará realizando su labor de formación humana, cristiana y sacerdotal de los adolescentes y jóvenes a partir de la enseñaza secundaria (1º de ESO). El seminario menor estará ubicado en el edificio de nuestro Seminario en Granada. Con la ayuda de Dios, será un motivo más de esperanza para esta iglesia.

Queridos hermanos, os pido oraciones. Rezad por el Seminario, por las vocaciones sacerdotales y por la perseverancia de los llamados. A los que pasáis por la prueba del dolor, ofreced vuestro sufrimiento por el Seminario y por las vocaciones, así le daréis un sentido unidos a Cristo que se inmola por nosotros.

La Virgen, Santa María, Madre de los sacerdotes y Señora de las vocaciones sacerdotales, nos ayude cada día para ser fieles a la llamada del Señor.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

Queridos diocesanos:

Puestos bajo la protección del San José, la Iglesia ha querido encomendar nuestros seminarios al que también cuidó el hogar de Nazaret e hizo de educador del Hijo de Dios en la tierra; cada año, en su fiesta litúrgica, el día 19 de Marzo, celebramos el Día del Seminario.

Este día no puede quedarse en un eslogan o un nostálgico recuerdo de lo que debe ser nuestro seminario. El Seminario interesa, y ha de interesar de hecho, a todos los que formamos la comunidad diocesana. Es el día para renovar lo que ha de ser quehacer cotidiano, a lo largo de los 365 días del año: rezar por el seminario y por los que lo forman, ofrecer por ellos nuestros sufrimientos y dolores, preocuparnos por esta realidad de la Iglesia y colaborar con el seminario en sus necesidades.

El Seminario es siempre una puerta abierta a la esperanza; en él se cifra la vitalidad de una iglesia. Una iglesia viva engendra siempre vocaciones a los distintos estados de vida y ministerios en la Iglesia; por el contrario, la falta de vocaciones es signo de la falta de vigor en la comunidad cristiana.

De entre estas vocaciones destaca aquella al ministerio sacerdotal. El Señor, en su sabiduría y bondad, ha querido quedarse con nosotros, a través del servicio de hombres, elegido entre los hombres y dedicados a su gloria; en los sacerdotes se hace presente Cristo, Cabeza y Pastor de la comunidad. Por eso, necesitamos sacerdotes que hagan presente a Cristo, siendo testigos de su amor que se hace anuncio en la predicación de la Palabra, presencia en la celebración de sus Misterio, especialmente en la Eucaristía y testimonio en la caridad. Los sacerdotes con la entrega de la propia vida “van configurándose a Cristo y así dan testimonio constante de fidelidad y amor”.

La Iglesia necesita, y así lo quiere nuestro pueblo, sacerdotes que sean hombres de Dios, curtidos al calor de la escucha atenta y la contemplación de la Palabra, de la celebración y adoración de la eucaristía y de la práctica de la caridad. El sacerdote es el hombre del misterio que nos abre a Él y nos introduce en su vida. Vivimos tiempos difíciles, por eso, necesitamos hombres recios, sacerdotes santos que nos sigan abriendo los accesos a Dios.

Hay muchos jóvenes que buscan con un corazón sincero lo que Dios quiere. Es tarea de todos propiciar espacios para que los jóvenes escuche la voz de Dios; ámbitos en los que puedan reflexionar acerca de la posible llamada y madurar la respuesta generosa que lo abre al don de Dios. Necesitamos ámbitos contemplativos en medio de mundo para los jóvenes.

Si esto es tarea de todos, lo he es especialmente de nosotros, queridos sacerdotes. Una vida ilusionada en el ejercicio de nuestro ministerio es el testimonio más claro y convincente para los jóvenes. Un presbiterio con ilusión y esperanza es un semillero de futuras vocaciones. Esta llamada la hago también a todos los consagrados que manifiesta la belleza del seguimiento radical de Jesucristo.

Y las familias cristianas. En su seno nace y crece la vocación. Una familia cristiana se tiene que sentir agraciada si el Señor llama a uno de los suyos para servirlo en el sacerdocio. Un sacerdote es en una familia una bendición de Dios. Los padres han de ser generosos en la entrega de sus hijos en el servicio del Señor y ayudarlos en su crecimiento vocacional.

Nuestro Seminario es para nosotros don, pero también tarea y preocupación. Al mirar al Seminario vemos su fecundidad, también en estos últimos años. Tenemos un clero joven, consecuencia de un seminario floreciente. Hemos de seguir trabajando para que esto no se quede en algo del pasado.

Mirar al presente del Seminario, de nuestro Seminario, nos exige plantar ya el futuro, y lo hemos de hacer mediante la oración, la reflexión y la puesta en marcha de nuevos proyectos. A este respecto os quiero hablar de algunos:

Para el próximo curso queremos trazar un plan de Pastoral Vocacional diocesano que insista en la necesidad de orar insistentemente al Señor para que envíe trabajadores a su mies y despierte en los niños, adolescente y jóvenes la posible llamada del Señor.

Además, tengo el firme propósito de volver a poner en marcha el Seminario Menor, que hace unos años desapareció en nuestra diócesis. Este año he dado los primeros pasos nombrando aun sacerdote para que comience esta tarea. El Seminario menor ha de ser el lugar y el ambiente donde se cultiven los primeros brotes de la posible llamada del Señor. En este momento y en nuestra diócesis lo veo un instrumento necesario para nuestro presente y nuestro futuro.

Queridos hermanos y hermanas, rezad por las vocaciones sacerdotales y por el Seminario. Que de él salgan los sacerdotes que necesitan la Iglesia y el mundo. Cuento con vuestro apoyo y colaboración. Benedicto XVI nos recuerda que “el sacerdote es un don del corazón de Cristo; un don para la Iglesia y para el mundo”.

Quiero terminar dirigiendo la mirada a María, Madre de los sacerdotes, para que proteja a nuestro Seminario y ponga en el corazón de lo jóvenes su fe y su generosidad en el Sí a Dios.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

Queridos hermanos cofrades:

El comienzo de la Cuaresma marca también el comienzo del camino que nos ha de llevar hasta la Pascua del Señor, y que celebraremos en la Semana Santa. Desde el miércoles de ceniza nuestra mirada ha de dirigirse a la meta que es la noche de Pascua, el día de la resurrección del Señor, lo que da sentido a todo lo que celebramos anteriormente. La resurrección del Señor es la que fundamenta nuestra fe y nuestra predicación.

Mi carta, dirigida cada año a los que formáis las Hermandades y Cofradías, quiere ser un momento para estar cerca de vosotros y compartir lo que atañe a la vida cristiana. Este año quiero proponeros para la reflexión el tema de la fe. A ello me da ocasión la próxima celebración del Año de la fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, con motivo de los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II y de los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia católica. El año de la fe comenzará el día 11 de octubre de 2012 y terminará el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Es el momento de prepararnos a este acontecimiento.

La fe es un don. Dios nos ha regalado su vida. De Dios lo hemos recibido todo, la vida y también la fe. Al ser creados por Dios, a través de la colaboración amorosa de nuestros padres, se nos dio la fe y con ella la capacidad de desear a Dios y poder vivir en comunión con Él. Esta es una gran verdad, hemos sido creados por Dios y para Dios, por eso el hombre encuentra el sentido de su vida y su vocación más alta en la comunión con Dios.

Pero junto a esta realidad está la libertad del hombre para aceptar o rechazar el don de la fe. No es cierto como algunos piensan que unos han recibido el don de la fe y otros no. Todos hemos recibido el don, pero en el don va también la libertad. Dios no podía crear un ser que no fuera libre, pues Él es la libertad. El hombre en su libertad puede rechazar a Dios y el don de la fe. San Agustín lo ha expresado bellamente al decir. “Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Así la fe es un diálogo entre Dios y el hombre. Un diálogo que solo puede fundarse en el amor gratuito. Al que lo acepta, Dios se hace todo en Él marcando su existencia y determinando un modo concreto de vivir. Esto quiere decir que no da lo mismo creer que no creer, que la creencia y la increencia tienen consecuencias en la vida del hombre. Si creo no puedo vivir como si Dios no existiera. La fe es vida y se lleva a la vida, no hay ningún aspecto de la existencia humana que quede al margen de la fe.
¿En qué creemos?, pues diremos mejor, ¿en quién creemos?. La fe cristiana es la aceptación y adhesión a una persona, Jesucristo. La fe cristiana es la persona misma de Cristo, es el Evangelio que nos muestra la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Es el mismo Señor Jesús quien nos enseña a hablar con Dios nuestro Padre en la oración, el que no muestra un modelo de vida que está marcada por el Espíritu Santo.

Y ¿qué es la fe?. La fe es confianza y obediencia. Confianza en Dios; me fío de su palabra y obedezco su voluntad. No es una obediencia ciega, es una obediencia confiada, pues sabemos que el que ama nunca falla. Dios nunca falla. Muchos ilustran la fe con la imagen de un niño en brazos de su madre. ¿Cómo puede dudar un niño del amor y la protección de su madre?. La Escritura nos presenta el ejemplo de Abrahán, padre y modelo de los creyentes, pues creyó en Dios y esperó contra toda esperanza en la fidelidad de Dios. Dios es fiel, también y sobre todo cuando nosotros somos infieles. Es hermoso pensar que Dios nos espera siempre; aunque nos alejemos, aunque lo rechacemos, Dios nos espera.

Dios nunca retira el don de la fe, siempre hay posibilidad de volver a Él, como hizo el hijo pródigo de la parábola de Jesús. La conversión es el primer paso para llegar a la fe, a lo que nos invita cada año la Cuaresma. Todos tenemos necesidad de conversión, porque todos tenemos necesidad de Dios.

Hermanos cofrades, hemos de confesar nuestra fe. Nuestro lenguaje, nuestra vida se tiene que configurar con la fe. Os confieso que siento una gran tristeza cuando escucho a algunos cofrades que en la opinión pública, en los medios de comunicación hablan de la Semana Santa como si se tratara de una tradición folklórica sin más, sin nombrar a Dios ni la fe que profesamos los cristianos. Es este el mejor camino de disolución de nuestra Semana Santa.

Os invito una vez más a profesar con alegría el credo de nuestra fe, incluso a aprenderlo de memoria si lo hemos olvidado. Hemos de celebrar la fe, de modo especial, en los sacramentos, en la Penitencia y la Eucaristía; y hemos de vivir según lo que creemos. Si lo hacemos estaremos dando al mundo una razón para la esperanza, le estaremos dando a Dios.

La fe es posible, para verlo con claridad basta mirar a la Santísima Virgen, la peregrina de la fe. Ella nos muestra a Jesús y nos enseña el camino para llegar a Dios. María es imagen y ejemplo para nuestra fe. Ella es la Estrella que nos alumbra en el camino, tantas veces oscuro, de la fe. La fe cristiana nos muestra el horizonte grande y hermoso de la vida eterna. Con el apóstol queremos repetir: “Señor, creo pero aumenta mi fe”

+ Gines García Beltrán
Obispo de Guadix

Queridos hermanos cofrades:

Al comenzar el tiempo santo de la Cuaresma, quiero dirigirme a vosotros para alentaros en vuestra misión eclesial de hacer presente al Señor en medio de nuestro mundo, mediante la veneración de sus misterios dolorosos y gloriosos.

La Cuaresma, que es un camino, nos hace mirar hacia la meta, que es la Pascua. Todos caminamos hacia el encuentro con el Señor donde esperamos encontrar la salvación, prueba del amor infinito de un Dios que, despojándose de su rango y tomando nuestra condición, se rebajó hasta someterse a la muerte y una muerte de cruz. No hay amor más grande que este, por eso hemos creído en Él, por eso también queremos que todos conozcan y experimenten este amor. Esa, y sólo esa, es nuestra razón de ser y de las expresiones de nuestra piedad popular.

Cada año se nos da la posibilidad de volver a lo esencial de la fe, a su origen que está en nuestro propio bautismo. La Cuaresma es tiempo de renovación del bautismo, de lo que supone de gracia y de lo que supone también de compromiso por nuestra parte.

Os invito a experimentar nuevamente el gozo de creer, la alegría de haber recibido el don de Dios que me ha unido indisolublemente a Él y se hace presente en cada momento de mi vida. Experimentar la presencia de Dios cada día y vivir en esa presencia, con la certeza de que nunca estoy solo, de que Él es compañero de camino que alienta y protege, que no se cansa porque siempre es fiel. El Papa nos dice en su mensaje para esta Cuaresma que en la vida que se nos dio en el bautismo “comenzó para nosotros la aventura gozosa y entusiasmante del discípulos”. Así es, la vida del cristiano es una aventura entusiasmante; no vale la acomodación ni las conquistas que se hacen para siempre; por el contrario, el cristiano siempre está abierto a las sorpresas de Dios, sabe que la vida es una vida abierta, que sólo encontrará su meta cuando esté en Dios para siempre.

Pero no quiero olvidar lo que el cristianismo tiene de compromiso, como respuesta al don recibido de Dios. El compromiso cristiano no es hacer sino dejarse hacer. Nuestras Hermandades y Cofradías tienen que aprender que sus éxitos y sus frutos apostólicos no estarán nunca en lo que hagan sino en lo que se dejen hacer por el Señor, o lo que es lo mismo, si hacen la voluntad de Dios. Y para saber cual es la voluntad de Dios hay que saber escuchar. Un cofrade, para serlo de verdad, ha de rezar cada día, ha de participar cada domingo en la Santa Misa, ha de frecuentar el sacramento de la penitencia, ha de vivir la caridad para con los hermanos, especialmente para con los más pobres. Y la Hermandades han de ser los lugares que recuerden y animen a este empeño de ser buenos cristianos.

Hermanos cofrades, os pido que nos os quedéis en lo puramente externo, esto sólo tiene sentido cuando es expresión de una rica vida interior. Hemos de cuidar nuestro interior; nuestras cofradías han de ser espacios de vida interior. Intensifiquemos el cuidado de la espiritualidad, de la formación y de la caridad.

La Semana Santa pondrá ante los ojos y el corazón de nuestro pueblo el amor más grande que la humanidad ha experimentado nunca, la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Salid a nuestras calles y plazas, y manifestad con vuestro testimonio que creer merece la pena, que Jesucristo es el Señor y sentido de la existencia del hombre.

Antes de terminar, quiero recordaros el gran acontecimiento que vivirá la Iglesia en España, con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud, el próximo mes de Agosto, en Madrid. Como preparación a este momento, sabéis que del 25 al 30 de Mayo, nuestra diócesis recibirá la Cruz de las Jornadas y el Icono de la Virgen. Os invito a todos a participar en estos actos; así como a acoger a los jóvenes de otros países que vendrán a estar con nosotros los días 11 al 15 de Agosto, hasta un total de 500. Van a ser acontecimientos que sin duda nos marcarán, quiéralo Dios.

Para terminar, traigo a mi memoria a la Santísima Virgen bajo tantas advocaciones con la que es venerada en nuestra Diócesis, y le pido que nos ayude, cada día, a ser auténticos discípulos de su Hijo; que nos de un corazón como el suyo para amar a Dios y a nuestros hermanos. Que Santa María nos acompañe en este itinerario cuaresmal hasta la Pascua del Señor.

+ Gines García Beltrán
Obispo de Guadix