+Ginés, Obispo de Guadix

+Ginés, Obispo de Guadix

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos viviendo el Año de la Fe al que nos ha convocado el Santo Padre. Es una oportunidad de gracia para renovar la fe y salir al mundo entero a anunciar la Buena Noticia de la salvación para todos los hombres. La Iglesia es misión porque para esto fue convocada por Dios. El mandato evangélico, “Id al mundo entero…” (Cf. Mt 28,19) es una llamada siempre actual, porque es siempre necesaria.

La misión hoy ha de ser Nueva Evangelización. En muchos casos, la evangelización del mundo contemporáneo ha de ser primer anuncio. Son ya multitud aquellos que en países de tradición cristiana no conocen a Jesucristo, incluso los bautizados. A ellos hemos de anunciar a Cristo. Sin embargo, sería injusto que las dificultades que vivimos en el occidente cristiano, apague el ardor misionero para llevar el Evangelio a aquellos hombres, en países lejanos, que no han oído hablar de Cristo. La misión Ad Gentes sigue siendo una exigencia para la Iglesia. Como escribía el beato Juan Pablo II, “Los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso” (Encíclica Redemptoris Missio, 86).

El único afán de la Iglesia es anunciar a Cristo, de un modo especial en estos momentos complejos marcados por una fuerte crisis de fe. El mensaje que anunciamos es la persona y el misterio del Hijo de Dios, encarnado en el seno de María, la Virgen, que se entregó a la muerte para darnos parte en su nueva vida. Es el Cristo que nos anuncia a Dios Padre y la presencia siempre vivificante del Espíritu Santo. El Papa, en el mensaje para el DOMUND de este año, nos deja estas hermosas palabras: “El encuentro con Cristo como persona viva, que colma la sed del corazón, no puede dejar de llevar al deseo de compartir con otros el gozo de esta presencia y de hacerla conocer, para que todos la puedan experimentar. Es necesario renovar el entusiasmo de comunicar la fe para promover una nueva evangelización”.

Sin embargo, a la hora de hablar de la misión y de las misiones, no podemos pensar en una gran empresa al estilo del mundo. La misión, como toda la obra evangelizadora de la Iglesia, no es una cuestión de estrategias para obtener beneficios. La misión mira al hombre concreto, lo ama y, por eso, le ofrece a Cristo que es la respuesta a los grandes interrogantes del hombre, y su felicidad. Dios ama a los hombres. Dios te ama, es el anuncio de la Iglesia. Dios viene contigo, se hace uno de los tuyos en su Hijo, Jesucristo.

Si el destinatario de la misión es el hombre concreto, el instrumento también es un hombre o una mujer, un creyente. Los misioneros son hombres de fe al servicio de la fe. Es misionero aquel a quien el encuentro con Cristo lo cambió, de tal forma que no puede callar tal experiencia, sino que está dispuesto a ir al mundo entero para que todos se enteren que encontró el tesoro. El misionero es un enviado, no se anuncia a sí mismo, sino que proclama el nombre del que por nosotros, y por nuestra salvación, dio la vida. Cristo “hoy como ayer, nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra”, escribe Benedicto XVI (Carta Apost. Porta Fidei, 7).

El DOMUND, nos acerca más a nuestros misioneros. Nos hace conscientes que misioneros somos todos por el bautismo. Ellos allí, nosotros aquí. Todos en la Iglesia. Nuestras diócesis, está presente en la vanguardia de la evangelización a través de los misioneros nacidos entre nosotros. Los sentimos muy cerca y pedimos por ellos y por el fruto de su misión. Pedimos también al Dueño de la mies que siga llamando a jóvenes a entregar su vida al servicio del Evangelio en los países de misión.

El DOMUND de este año tiene un significado especial, en el contexto de la celebración de los 50 años de la apertura del concilio Vaticano II, el Año de la Fe y el Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización. Todo nos invita a renovar lo que significa y exige la feliz expresión del Papa Pablo VI. “La Iglesia existe para evangelizar” (Evangelii Nuntiandi, 14).

Con mi afecto y bendición.

Guadix, 11 de octubre de 2012

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La Iglesia es misión, nació para cumplir una misión, la misma del Señor: anunciar a todas las gentes el amor de Dios que es buena noticia. El mandato de Jesús: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio” (Mc 16,15) sigue resonando en el oído de los creyentes y en el corazón de la Iglesia. El tiempo ha pasado pero la invitación sigue siendo nueva cada día. Hoy, como siempre, el mundo necesita escuchar el Evangelio de Jesucristo, aunque no lo sepa.

A nadie se le oculta que se hace urgente la evangelización de nuestra tierra, una tierra que hace dos mil años escuchó la predicación de los primeros apóstoles, y hoy parece haberla olvidado, o la rechaza como algo que no sea válido para vivir. Sin embargo, esta realidad no puede hacernos olvidar la llamada a la misión Ad gentes, a la primera evangelización de lugares y hombres que no conocen al Señor.

El DOMUND, cada año, nos recuerda esta llamada y exigencia que brota del mismo bautismo. No se trata de proselitismo, es un gesto de amor. Sí, sencillamente un gesto de amor. Evangelizar es decir al otro, decir a todos, que hemos encontrado el tesoro. Que los grandes interrogantes humanos, el sin sentido que, muchas veces, amenaza nuestra existencia, tiene respuesta: Jesús, el llamado Cristo. Anunciamos a Cristo muerto y resucitado. No tenemos oro ni plata, tampoco la solución a todos los problemas, pero tenemos un camino que lleva al hombre y a la humanidad a la plenitud de la vida. Si calláramos esta gran verdad, estaríamos faltando al amor a los hermanos, porque todos somos hermanos. El cristianismo configura la vida de los hombres y de los pueblos, es un caudal de humanidad, porque nuestro Dios se hizo hombre para mostrarnos la esencia de la verdadera humanidad.

La llamada a la misión, nos invita a reflexionar acerca del lema del DOMUND de este año: FE + Caridad= Misión. La fe y la caridad son las dos caras de una misma moneda. Sabemos bien que una fe sin obras es una fe muerta, el creyente por la fe aprende a darse al otro. El descubrimiento y la acogida de la nueva vida en Cristo, la vida del Espíritu, nos hace conscientes que la vida es para entregarla. Por otra parte, la práctica de la caridad hace tu fe más fuerte y la suscita en el que ve como vives, como actúas.

El testimonio de los misioneros es, en este sentido, muy claro. Dejando casa y tierra buscan al hombre allí donde está para anunciarle el Evangelio. Lo hacen con la palabra, por supuesto, pero también lo hacen con la práctica de la caridad. Esta caridad no es sólo dar al que lo necesita, sino vivir con aquellos a los que ha de mostrar el amor de Dios.

Cuántas historias preciosas podrían ilustrar lo que afirmamos. Además, no tenemos que ir muy lejos para descubrirlas. Son muchos los hombres y mujeres de esta tierra, que en cualquier rincón del mundo realizan el milagro del anuncio del Evangelio, que se hace pan, agua, medicinas, libros y educación, ternura, compañía. Ellos son el rostro del Dios que quiere con pasión al hombre, por eso se entregó y se sigue entregando en cada hombre y mujer que lo hacen presente con su vida.

El DOMUND no es sólo para saber o recordar; es un momento para la acción de gracias por los hermanos y hermanas que trabajan en países lejanos, y en ellos, por el don de la fe. Es momento para el compromiso, para la ayuda material y espiritual.

Queridos diocesanos, os invito a rezar por las misiones y los misioneros, y a prestar también nuestra ayuda a través de aportaciones económicas. Nuestra caridad no sólo les ayudará a ellos, sino que también nos ayudará a nosotros, al menos, irá sacándonos de una mentalidad egoísta y nos abrirá al mundo, a los hermanos.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés, Obispo de Guadix.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El mandato misionero que Jesús da a sus apóstoles de ir a todos los pueblos a anunciar el Evangelio constituye el gozo de la Iglesia que se hace, en medio de mundo, portadora de la Buena Noticia. La evangelización no es una carga sino la dicha que da sentido al ser y al hacer de la comunidad de los creyentes en Cristo. Como nos ha recordado el Papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (EG, 1); y recordemos que la alegría siempre es contagiosa, por eso no sería justo ni bueno que los cristianos nos encerráramos en nosotros mismos sin compartir el gozo de la salvación.

El DOMUND nos recuerda cada año que son muchos los hombres y mujeres a los que no se les ha anunciado el Evangelio, y no sólo en lejanos países, sino también en los de tradición cristiana. Familiares, amigos, vecinos nuestros que no conocen a Jesús, que no saben de su vida, que no han experimentado la alegría del amor de Dios en sus vidas.

Claro que la pregunta se impone enseguida: ¿Cómo lo conocerán? ¿Cómo experimentarán la alegría del Evangelio? Sin duda que por el anuncio de Jesucristo. Un anuncio que hemos de hacer nosotros, cada cristiano, con la palabra y con los gestos, con el testimonio de una vida coherente y entregada. Y, sobre todo, que hemos de hacer con alegría. No se puede transmitir una buena noticia con tristeza, con caras largas. Cristianos y comunidades cristianas con sensación de derrota, encerradas en sí mismas, donde no existe la ilusión ni el fervor apostólico no atraen a nadie. Hemos de renacer a la alegría evangélica; hemos de volver a la fuente donde encontrar la alegría perdida: “El Padre es la fuente de la alegría. El Hijo, su manifestación, y el Espíritu Santo, su animador”, escribe el Papa en su mensaje para el Domund de este año. Sí, Dios es la fuente de la alegría, sin Dios no viviremos en la alegría, y nadie da lo que no tiene.

“La alegría del Evangelio nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres”. El encuentro con Cristo nos lanza al encuentro con el otro. El misterio de Cristo es la fuerza que nos lleva al hermano, especialmente al más pobre. Salir de la casa, de la familia, de la tierra es el fruto de la salida de sí mismo. La acción misionera es lo contrario al egoísmo y también su antídoto. El egoísmo es la causa del individualismo que crea tristeza. Un hombre solo, un hombre egoísta, es un hombre triste; por el contrario, un hombre misionero es un hombre alegre que crea alegría a su alrededor. Ser misionero es vocación de todos los discípulos de Cristo, es llamada para la Iglesia entera.

Os animo a todos a renovar la vocación cristiana como vocación misionera, a cultivar la alegría de la evangelización mediante el encuentro con Cristo y con los hermanos. Hagamos de nuestras comunidades, lugares de puertas abiertas donde se saboree la alegría de aquellos que han encontrado la perla preciosa. Escuchemos la voz del Sucesor de Pedro que nos dice: “No nos dejemos robar la alegría evangelizadora” (EG, 83).

Quiero hacer presentes por medio de estas letras a nuestros misioneros. Hombres y mujeres de nuestra tierra que anuncian a Jesucristo a lo largo y ancho del mundo. Los hay sacerdotes, los hay religiosos y religiosas, y también laicos. Me gustaría que desde aquí sintieran el abrazo de esta su Iglesia madre, que reza por ellos y los rodea con su afecto. Nos sentimos dichosos por la labor que realizáis, por el ardor de vuestra entrega.

La cercanía a los misioneros que se ha de hacer concreta en la oración, en el ofrecimiento de nuestros sufrimientos y dolores, en el afecto, y en la ayuda material tan necesaria.

Renace la alegría es el lema del DOMUND de este año. Dice el Papa que “con Jesús siempre nace y renace la alegría”. Si llevamos Jesús a los hombres y llevamos a los hombres a Jesús, estaremos llevando la alegría al corazón humano, pues que pobre y que triste es un corazón sin alegría.

María, causa de nuestra alegría, acompañe el camino evangelizador de la Iglesia y a los misioneros que en el mundo entero anuncian la alegría del Evangelio.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés, Obispo de Guadix.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Comenzamos el tiempo santo de la Cuaresma recitando el salmo 50, salmo penitencial por excelencia, en el que pedimos: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Esta oración viene a expresar la experiencia que el hombre vive cada día en su interior, es nuestra propia experiencia; por una parte, el deseo de obrar el bien, pues todos queremos hacer el bien con un corazón puro; y, por otra, la realidad del pecado que viene a trastocar el deseo innato de bien que hay en el corazón humano. La tradición cristiana, desde los primeros siglos, ha reconocido una lucha en el interior del hombre; el mismo apóstol Pablo en la carta a los romanos expresa esta experiencia con gran realismo: “yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal” (7,21). Por eso, esta realidad, tantas veces dramática, crea en el hombre la conciencia y la necesidad de cambiar, de renovarse.

Ahora, en la Cuaresma, se nos ofrece la posibilidad de conversión. La Cuaresma es tiempo de renovación para todos; es el tiempo de gracia que nos prepara a la Pascua del Señor, que celebramos en la Semana Santa. La Cuaresma como tiempo de renovación no busca cambios espectaculares. Basta que me pare a pensar que he de cambiar en mi vida con más urgencia; qué es aquello que me está estorbando para ser y vivir como un auténtico cristiano, discípulo de Cristo. No pienses en cambiarlo todo, porque al final no cambiarás nada. Cambia poco a poco y llegarás hasta las raíces. Para ello no tengas tú la iniciativa, déjasela al Señor. Que sea él quien te vaya cambiando, dándote un corazón nuevo, un corazón capaz de verlo en todas las cosas, y, de modo especial en el hermano. Lo tuyo ha de ser una actitud de apertura y disponibilidad a lo que Dios quiere y espera de ti. No olvidemos que la felicidad del hombre está en hacer la voluntad de Dios.

La Cuaresma viene nuevamente a marcar el ritmo de nuestra vida cotidiana. En nuestras parroquias, y en nuestros pueblos en general, cambia el ritmo, son muchas las iniciativas de tipo religioso que se ponen en marcha; sin embargo, esto no basta. Hemos de poner nuestra propia vida en ritmo de Cuaresma. Entramos en un tiempo de renovación de los corazones, condición indispensable para la renovación de nuestras familias, de la sociedad y, por supuesto, de la Iglesia.

Para ayudaros en este camino de renovación cuaresmal, os propongo algunas reflexiones, acompañadas de algunas sugerencias para vivir este tiempo con verdadero espíritu de conversión. Tres palabras para vivir la Cuaresma: contemplación, disciplina y fraternidad.

1. Una cuaresma para la CONTEMPLACIÓN. Este tiempo es propicio para pararnos y hacer silencio, para escuchar y meditar, como puerta para la contemplación. Cuaresma es momento para la oración, para estar con el Señor, para dedicarle tiempo. Es momento para apartar los ruidos que nos encierran en los problemas, en lo que realmente no es importante aunque a mí me lo parezca. La oración es vivir en la gratuidad del amor, es hablar con el Señor como un amigo habla con el amigo, es “tratar de amistad, estando muchas veces, tratando a solas, con quien sabemos que nos ama” (Teresa de Jesús).

• Te propongo un método de oración muy antiguo y sencillo que conocemos como Lectio Divina, significa lectura orante. Párate y toma un texto de la Palabra de Dios, por ejemplo, el evangelio de cada día; léelo despacio e intenta entender lo que quiere decir; medita después lo que te quiere decir a ti en este momento de tu existencia, y abandónate en la contemplación –momento para mirar y escuchar con el corazón, para empaparte-. Termina con una oración que es tu respuesta, lo que tú quieres decirle a Dios.

• También puedes incorporarte a la oración de tu parroquia, que seguro en esta Cuaresma organizará alguna oración especial. Y siempre tendrás el Sagrario y la adoración eucarística.

2. Una cuaresma para VENCERSE A SÍ MISMO (DISCIPLINA). La Cuaresma es tiempo penitencial, momento para volverse al Señor, quitando de nosotros todo aquello que nos estorba en la vida cristiana. Y para esto es necesaria la disciplina. Ocurre lo mismo en cualquier ámbito de la vida del hombre; ya hacía esta comparación San Pablo: “Un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita” (1Cor 9, 25). Hemos de aprender a renunciar a todo aquello que nos impide conseguir lo mejor, aunque para ello tengamos que renunciar a lo que nos place, negando así las tendencias egoístas que anidan en el corazón humano; no olvidemos que sólo hay renuncias por amor. Convertirse es centrarse, dejar yo de ser centro para que lo sea el Señor.

Descubrir, reconocer y confesar arrepentidos nuestros pecados es camino de conversión. No es momento para mirar a los pecados de los demás, sino a los míos. Es frecuente que nos detengamos en los pecados de los demás ignorando los nuestros. “Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir sino en qué pueden morder. Y, al no poder excusarse a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás” (San Agustín, Sermón 19). La Cuaresma es tiempo para perdonar y pedir perdón.

• Os propongo hacer cada día, antes de acostarse o en otro momento propicio, un examen de conciencia. Puede ser de lo que has vivido en ese día (lo que has hecho mal, o lo que has dejado de hacer bien), o de una actitud en concreto que sabes que te estorba, por ejemplo, la vanidad. Pide perdón y la ayuda para vencerte en esto que reconoces que tienes que cambiar.

• Otro propósito es acercarte al sacramento de la penitencia para recibir el perdón de Dios.

3. Una cuaresma para la FRATERNIDAD. El Papa en su mensaje para la Cuaresma nos hace caer en la cuenta de la “globalización de la indiferencia”. La indiferencia es la renuncia a la fraternidad; el otro no me importa. Todos tenemos la tentación de la indiferencia, de cerrar los oídos y el corazón a la voz de Dios que resuena en nuestro interior: “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9). Las noticias y las imágenes que con frecuencia vemos u oímos en los medios de comunicación nos parten el corazón, pero también pueden saturarnos porque forman parte de lo cotidiano. No podemos dejar que se endurezca el corazón ante el hermano necesitado. Para “superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia”, el Papa no pide vivir la Cuaresma como “un camino de formación del corazón”, como dijo Benedicto XVI (Ct enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro”.

  • Os propongo realizar gestos de caridad. Es un modo de mostrar interés por el otro. Se trata de realizar signos concretos, aunque sean pequeños.
  • Y junto a esto la humildad que reconoce las propias limitaciones, lo frágil que es o puede llegar a ser mi vida. Vivir la humildad es vivir en la verdad de cara a Dios y de cara a los hermanos. Sólo el humilde sabe comprender la necesidad del hermano.

Mediante esta carta, os invito a deteneros unos instantes, a entrar dentro de vosotros y a volveros a Dios. Decidle al Señor con el salmo: “Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro” (Salmo 26,8-9). Pedid que el Señor os manifieste su rostro que ilumine vuestra vida, sean las que sean las circunstancias. La presencia de Dios siempre ilumina la casa del que abre la puerta para que entre; como lo hizo con Zaqueo también puede entrar en nuestra vida y cambiarla, hacer la casa de nuestra vida habitable para nosotros mismos y para los demás. Sería hermoso escuchar con relación a nosotros las palabras del evangelio: “Hoy ha sido la salvación de esta casa” (Lc 19,9).

La disponibilidad de la Virgen María, signo de su entrega total a la voluntad de Dios, nos enseñe y anime a seguir a Cristo por el camino de la humanidad hasta su Pascua, de la que nosotros participamos por el bautismo.

Con afecto os bendigo, al tiempo que os deseo una santa Cuaresma.

+ Ginés, Obispo de Guadix

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La cuaresma es un camino, el camino que cada año realizamos los cristianos, y que nos lleva hasta la cima de los misterios de la fe: la Pascua del Señor.

Cuarenta días que son oportunidad para el encuentro con el Señor, para la revisión de la propia vida a la luz de la Palabra de Dios, además de ayudarnos a preparar la renovación de nuestro bautismo que haremos en la Vigilia Pascual.

Al empezar este tiempo de gracia, quiero dirigirme a vosotros para animaros a tomar en serio este regalo que nos concede nuestro Dios cada año. Con San Pablo, os exhorto a “no echar en saco roto la gracia de Dios” (2Cor 6,1). Es este un tiempo de gracia, un tiempo de salvación.

La Cuaresma es la experiencia de la salida al desierto, como la que vivió el pueblo de Israel y el mismo Jesús. El desierto es el lugar de la prueba pero también del encuentro con Dios, en la soledad, el silencio y el despojo de las seguridades humanas. En definitiva, el desierto, como la cuaresma, son una experiencia y oportunidad para la fe. Es bueno salir de la vida de comodidad que tantas veces nos hemos creado, una vida basada más en la falsedad de lo que tengo que en la verdad de lo que soy. Salir de nosotros para mirar a Dios cara a cara y para mirarnos a nosotros mismos, descubriendo lo que nos ayuda y lo que no nos ayuda para alcanzar el fin al que quiero llegar.

Cuaresma es el momento de mirar a la cruz del Señor y, desde el Calvario, descubrir el horizonte de su victoria sobre el mal y la muerte. Esa es nuestra meta, y no sólo la de la cuaresma, sino la de nuestra vida. Estamos invitados a despojarnos del hombre viejo para ponernos el vestido de fiesta del hombre nuevo, del hombre resucitado.

Cuaresma es:

  • Tiempo para volverse a Dios. Que realmente Dios sea el centro de tu vida. Poner a Dios en el centro significa vivir en Él y por Él. La vida de cada uno de nosotros necesita un centro. No es bueno, ni tiene buenas consecuencias, vivir descentrados o poner el centro en lo que no es importante. El centro de la vida marca lo que eres, lo que piensas, lo que sientes y lo que haces. Y, lo más importante, el centro revela lo que amas. Lo dice el Señor en el Evangelio: “porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21). La vida nos va descentrando, aunque no nos demos cuenta, y vamos desplazando a Dios para ponernos nosotros, o poner otras cosas. Ahora es momento para centrarnos y volver a poner a Dios en el centro de la vida.

    La oración humilde y perseverante, la participación en la Misa, la confesión de nuestros pecados, el despojarnos de lo que nos esclaviza, la cercanía a los hermanos más pobres, son un buen camino para volver a Dios.

    Sólo vuelve a Dios quien confía en su amor, quien lo reconoce como Padre y se reconoce a sí mismo como hijo, aunque hijo pródigo. Volver a Dios nos da la oportunidad de sentir su abrazo, de compartir la alegría, de experimentar la misericordia que nos hace hombres y mujeres nuevos.
  • Tiempo de revisar nuestra vida para cambiarla. El hombre de hoy tiene miedo de sí mismo. Pensemos un instante. Cómo nos asusta la soledad, el rechazo, el silencio; en definitiva, todo lo que nos hace encontrarnos con nosotros mismos. Es muy bueno dedicar tiempo para encontrarnos con nosotros mismos; detenernos, hacer silencio, confrontarnos como el que se mira a un espejo. En el lenguaje cristiano a este ejercicio le llamamos: “examen de conciencia”. Pues os invito en esta cuaresma a hacer examen de conciencia. Tomaré la imagen del espejo. Se trata de ponerse delante del espejo, y el espejo, en el examen de conciencia, es la Palabra de Dios. Lo podemos hacer cada día. Tomar el evangelio del día, u otro texto de la Palabra de Dios, y confrontarme con él. Se trata de revisar mi vida y dejar que Dios diga algo. Es escuchar para dejarse transformar. No soy yo el que cambio, es Dios quien me cambia. Esto es la conversión. Sólo aquel que se confronta con la Palabra de Dios conoce su voluntad sobre la propia vida. Sólo el cumplimiento de la voluntad de Dios es causa de felicidad para el hombre.
  • Tiempo de preparación para la renovación de nuestro Bautismo. La cuaresma ha sido siempre el tiempo de la preparación inmediata para el bautismo. Nosotros, los bautizados, renovamos nuestro bautismo en la noche de Pascua. Así, la Cuaresma se convierte en un tiempo de preparación y renovación que, como el camino, lo hacemos por etapas marcadas por la Palabra de Dios y la liturgia de los cinco domingos de este tiempo. La liturgia cuaresmal es un verdadero catecumenado que nos lleva a la fuente de la gracia que nos hizo hijos de Dios y coherederos de la vida eterna.

Para este camino no estamos solos, el Señor viene con nosotros como los estuvo en el camino de los discípulos, de la samaritana, del ciego de nacimiento o de su amigo Lázaro. Es Él quien calma nuestra sed, da luz a nuestra existencia o nos rescata de los lazos de la muerte. Es el Señor quien nos muestra su rostro para que el sufrimiento y las dificultades no nos hagan perecer. Es la fuerza en la tentación y la victoria en medio de los fracasos.

Nuestra Madre, la Iglesia, inspirada en las enseñanzas de su Esposo, Jesucristo, nos propone tres medios fundamentales para vivir la cuaresma: Oración, ayuno y limosna. Pues para ayudaros a vivir esta cuaresma y apoyado en estos medios, os propongo un sencillo plan de vida:

  1. Dedicar cada día un tiempo a la oración personal, al encuentro cara a cara con el Señor. Podéis orar con un texto de la Palabra de Dios.
  2. Participar en la santa Misa siempre que os sea posible, y no sólo los domingos.
  3. Confesar los pecados en el sacramento de la Penitencia.
  4. Privarme de algo que me gusta (comida, bebida, tabaco, TV, internet, etc.)
  5. Acercarme a los pobres (compartir con ellos los bienes materiales, el tiempo, el afecto).
  6. Hacer buenas lecturas (obras clásicas del pensamiento cristiano, libros de espiritualidad o vidas de santos).
  7. Vivir una piedad sincera mediante la práctica del Vía Crucis, o el rezo del Santo Rosario, la devoción a la Divina Misericordia, etc.

El Papa en su Mensaje para la Cuaresma de este año, nos invita a meditar en las palabras de San Pablo en la segunda carta a los Corintios: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (8,9). Que sus palabras inspiren también nuestro camino cuaresmal, el que ponemos bajo la protección de María, la Virgen.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés, Obispo de Guadix

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Al llegar el tiempo santo de la Cuaresma, quiero invitaros a emprender juntos este camino de gracia y conversión que nos lleva hasta la Pascua del Señor, lo que celebramos, cada año, en la Semana Santa.

Cuarenta días que son una oportunidad para experimentar, de un modo especial, el amor de Dios en nuestra vida. Desde el gesto de la imposición de la ceniza, que marca el comienzo de este tiempo, hasta el Aleluya de la noche de Pascua, la Iglesia se pone en camino para hacer memoria de la salvación que Dios ha realizado mediante la entrega de su Hijo en la cruz. Dios nos amó hasta el extremo enseñándonos que también nosotros hemos de amar de la misma manera.

La cuaresma de este año tiene como horizonte el Año de la Fe que estamos celebrando. Celebramos que Dios sale a nuestro encuentro dándonos así lo prueba de su amor: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1Jn 4,16). Efectivamente, la fe es adhesión total, con todo lo que somos, al Dios que se nos ha dado a conocer en su Hijo Jesucristo. Hemos conocido a Dios y gustado de su amor, por eso no podemos quedar indiferentes, Dios no puede dejar indiferente al hombre. Dios nos transforma y nos abre nuevos horizontes de vida y esperanza. El encuentro constante con el Señor sostiene nuestra vida y nos da fuerzas para responder a la realidad de cada día. Es necesaria la relación habitual con Dios, es bueno confrontar nuestra vida con su Palabra, pedir que nos muestre su voluntad. Debemos recordar que la fe no es un objeto que adorna la vida del hombre, sino que la marca y le proporciona criterios que definen un estilo de vida propio.

El tiempo de cuaresma es un tiempo de conversión. La conversión no es el resultado de la voluntad del hombre, no nos convertimos a nosotros mismos. Es el Señor quien nos convierte. Un hombre sólo se convierte por amor. Y es difícil que alguien que ha gustado del amor de Dios no se convierta para vivir sólo para ese amor. El amor nos cambia; Dios con su amor nos cambia. Por eso, hemos de pedir a Dios que nos haga gustar su amor, que transforme nuestro corazón endurecido en un corazón de carne capaz de amarlo y amar a los demás. Esta es la tarea a la que estamos convocados en la Cuaresma, una tarea hermosa a la que no debemos renunciar por miedo o comodidad.

En este camino de la cuaresma no vamos solos, viene el Señor con nosotros, y junto a Él toda la Iglesia, que es el pueblo santo de Dios. Como alimento para el camino llevamos la Palabra de Dios y el don de su Cuerpo.

“La Cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna” (Benedicto XVI. Carta para la Cuaresma de 2013).

Os propongo para esta Cuaresma algunos medios que nos ayuden a vivirla con espíritu de conversión y en santidad:

  1. En primer lugar, leer y meditar cada día la Palabra de Dios; y, de un modo especial, la Palabra de Dios que se nos proclama cada domingo en la Santa Misa. Las lecturas de los domingos de Cuaresma nos trazan un verdadero itinerario de fe, que nos ayudará, sin duda, a vivir santamente este tiempo de gracia. La Palabra de Dios no conoce barreras, está escrita para cada uno de nosotros, en cada momento de nuestra historia particular. Si escuchamos lo que Dios nos dice y lo llevamos al corazón podemos dar frutos abundantes.
  2. Rezar cada día, al menos, unos minutos. Hacer silencio en cualquier lugar tranquilo y hablar con Dios como el que habla con su padre o con un amigo. Se puede terminar rezando el Padrenuestro y el Ave María.
  3. Participar en la santa Misa siempre que me sea posible, y no sólo los domingos. Buscar momentos de adoración ante el Santísimo, bien en la vista al Sagrario, bien en las adoraciones eucarísticas que se organizan en las parroquias.
  4. Acercarme al sacramento de la penitencia para confesar mis pecados y recibir el perdón de Dios. Es una experiencia de gracia insustituible que libera el corazón de tantas ataduras que lo oprimen.
  5. Privarme de algo, y que esta privación suponga una verdadera renuncia (comidas, bebidas, descanso, TV, internet, redes sociales, tabaco, etc.).
  6. Realizar obras de caridad (dar una limosna, visitar a un enfermo, ayudar a alguien que lo necesita, tener gesto de cercanía con los otros, etc.).

Estas son algunas orientaciones, cada uno puede poner nuevos medios para vivir mejor la Cuaresma. Lo importante es hacerlo con un espíritu de conversión.

Al empezar la Cuaresma, queridos hermanos y hermanas, os invito a mirar a la Pascua; hagamos el camino de la Cuaresma puestos nuestros ojos en Jesús, “todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3,10-11).

Ponemos este tiempo de gracia bajo la protección de María, la Virgen, Refugio de los pecadores, para que nos alcance de su Hijo la gracia de poder vivir un día la Pascua eterna.

Con mi afecto y bendición.

En el miércoles de ceniza, 13 de febrero de 2013.

+ Ginés, Obispo de Guadix

La solemnidad del Corpus Christi es, cada año, la oportunidad que nos ofrece el Señor de detenernos ante el misterio de la Eucaristía, que es signo de la presencia y del amor que Dios tiene a los hombres. Es un momento para pensar, más aun, para contemplar lo que significa esto que algunos celebramos cada día, otros el domingo, y muchos otros ni siquiera lo celebran. Es una oportunidad para todos, incluso para los que no creen, pero sí conocen y valoran lo que es el verdadero amor, el amor que se entrega hasta las últimas consecuencias.

La Eucaristía es el sacramento de la presencia del Señor en medio de la Iglesia y del mundo. Como leemos en el evangelio de san Juan: Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Efectivamente, porque no hay amor más grande que entregar la vida. Y el gesto tan sencillo realizado por Jesús en la última cena con el pan y el vino, se convierte en anuncio de su muerte y resurrección, y para nosotros en sacramento de una ofrenda que se renueva cada día. En la Misa somos testigos y participes de la entrega del Hijo de Dios por cada uno de nosotros. Es grande, ¿verdad?

De la mesa de la Eucaristía nace la caridad. La caridad de Dios para nosotros, que alimenta nuestra caridad para con los demás. Sin Eucaristía no habrá caridad cristiana. Por eso, al estilo de Jesús, ser caritativo no es dar cosas, sino darse a sí mismo. Ir a Misa los domingos no es sólo una obligación moral, sino, principalmente, la necesidad de estar con el Señor, para llenarme de Él, y dejar que me vaya transformado en Él. Podemos decir en este caso que somos lo que celebramos. En la Eucaristía el Señor nos hace como Él, nos identifica con Él. ¿Por qué tengo que ir a Misa? Sencillamente, porque tienes que vivir, y vivir es ser para los demás.

Os invito, querido hermanos y hermanas, a celebrar la Eucaristía cada domingo. Dejad otras ocupaciones, incluso el legítimo derecho al descanso. En la Misa no habéis de hacer muchas cosas; se trata de estar y abrir todos los sentidos y el corazón para contemplar la presencia de un Dios que nos ama. Basta con que nos dejemos hacer por el Señor, esa es nuestra participación fructuosa; y seguro que, sin darnos cuenta, el Señor irá cambiando nuestro corazón, y nos hará hombres y mujeres de fe, de esperanza, con el corazón lleno de paz, con alegría. Nos acercará a los demás, a los que ya veremos como hermanos. La participación en la Eucaristía nos dará un corazón compasivo.

Vivimos en un mundo tocado por la indiferencia; muchas veces descubrimos que el otro no nos importa tanto como decimos; que buscamos nuestra seguridad y bienestar, sin permitir que nada ni nadie nos moleste. “La clave para salir de la indiferencia está en entregarse a los demás como lo hace Jesús. Él sigue partiendo su Cuerpo y derramando su Sangre en la Eucaristía para que nadie pase hambre ni tenga sed” (Comisión Episcopal de Pastoral Social. Mensaje con motivo de la festividad del Corpus Christi).

Que la fiesta del Corpus Christi sea la oportunidad de acercarnos al Dios en el misterio de la Eucaristía, y a los hermanos. Que la mesa de la Eucaristía, la mesa del Señor, sea de verdad la mesa de la caridad para todos.

Que María, la Virgen, nos acompañe y bendiga siempre nuestro camino de fe.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés, Obispo de Guadix

Queridos hermanos cofrades:

El inicio de la Cuaresma marca el comienzo de un camino que, como cada año, nos llevará a la celebración de la Pascua del Señor en la Semana Santa. Con este motivo vuelvo a pararme para meditar con vosotros acerca de la vida cristiana, que ha de ser la verdadera identidad de nuestras hermandades y de todos los que las formáis. Permitidme que durante unos instantes, los que pueden suponer la lectura de esta carta, me haga compañero en vuestro camino, para alentaros y animaros a ser lo que el Señor espera que seamos, que meditemos juntos sobre la grandeza de la fe que profesamos y la importancia del compromiso que como cristianos y cofrades hemos adquirido; ojalá que mis palabras os sirvan de reflexión, personal y comunitaria, para este tiempo que nos disponemos a vivir.

El tiempo de Cuaresma y la Semana Santa son un momento precioso de gracia que el Señor nos regala cada año. Es un momento para, mediante la conversión y la identificación, unirnos a Cristo, origen y meta de nuestra salvación. La Palabra de Dios, la liturgia en general, y la piedad popular ponen ante nuestros ojos la humanidad del Hijo de Dios. La figura de Cristo doloroso lo hace entrañable. Ante ese Cristo nadie puede pasar de largo o ser indiferente. Como un imán, el Seños se convierte en centro que atrae hacia Él, como dice el apóstol San Juan en el evangelio: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). El Cristo sufriente nos identifica con Él, porque en Él podemos confiar nuestros sufrimientos y dificultades, con Él los dolores y las incomprensiones parece que son más llevaderas y hasta adquieren sentido. Es el milagro del amor entregado, de la vida dada como don que no pide nada a cambio, es la gratuidad más estremecedora que pueda experimentar nuestra carne.

Estos días, a través de las imágenes y de la piedad cristiana podemos tocar la carne de Cristo. No es un Dios lejano sino un Dios cercano al que podemos acercarnos con confianza, al que podemos escuchar y hablar, al que podemos comprender, y experimentar cómo Él nos comprende a nosotros; es un Dios capaz de compadecerse de nosotros porque ha pasado por donde nosotros pasamos en las pruebas de la existencia humana (cf. Heb 4,15).

En la vida cristiana hay dos momentos en los que podemos verdaderamente tocar la carne de Cristo: en la Eucaristía y en los pobres. Cada vez que celebramos la Eucaristía, Cristo se hace presente en el altar y se actualiza el sacrificio del Calvario. Cada eucaristía es una Semana Santa, podemos decir; es el memorial de la Pascua del Señor. Cada vez que participamos en la Eucaristía nos unimos a Cristo y nos identificamos con Él cuando recibimos la Comunión. Muchos de vosotros tenéis a vuestro sagrado titular en el mejor sitio de vuestra casa, del trabajo, del coche o de la cartera. Y qué fácil es, no sólo llevarlo en una estampa, sino vivo en el corazón con ir cada domingo a la Misa. La Eucaristía es también escuela de vida cristiana. Estoy seguro que todos queremos ser buenos cristianos, incluso los que entre nosotros tienen una fe más débil o dudan de ella, y que les gustaría que alguien les mostrara que creer merece la pena; a todos os digo que el Señor en la Eucaristía se va mostrando para que lo conozcamos y lo amemos, nos va transformando hasta imprimir su imagen en nosotros. Tocar la carne del Señor es vivir y adorar su presencia en la Eucaristía. Os propongo, en este sentido, dos propósito. El primero ir a Misa cada domingo; el segundo, cuando pases delante de una iglesia, entra –espero que esté abierta- y ponte un minuto delante del Sagrario –donde está la lamparita encendida- y dile algo, sencillo, y escucha lo que Él te quiere decir a ti.

El otro momento en que podemos tocar la carne de Cristo es en los pobres. El Papa Francisco repite que “los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo”. No basta, queridos hermanos y hermanas, dar limosna, u organizar obras de caridad, que es necesario; tenemos que estar con los pobres, tocar con nuestra vida la carne de la pobreza, como Cristo tocó la nuestra. Los pobres son personas que gustan y necesitan de la cercanía, de la escucha, de la comprensión, de la ternura. Claro que los pobres no siempre viven en las casas pobres, también viven en la abundancia y en el hastío de todo disfrute; vive la pobreza en la soledad y en el bullicio de la marcha juvenil, como vive en aquel que cree tenerlo todo pero no tiene a Dios. “La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual”, nos ha dicho también el Papa. Nuestra atención a los pobres tiene que ser también el llevarlos a Dios.

Aquí esta nuestra tarea, queridos hermanos cofrades, decirle al mundo quién es nuestro Dios, y cómo actúa nuestro Dios. Esto es evangelizar y para esto hemos sido llamados al mundo de la piedad popular.

Sea nuestra última mirada para la Virgen Santísima. Ella que engendró en su seno al Hijo de Dios, nos enseñe a vivir según nuestra condición de hijos de Dios y hermanos de los hombres.

Con mi afecto y bendición

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

Queridos hermanos cofrades:

Al comenzar la cuaresma, como cada año, quiero dirigirme a vosotros, los que formáis ese extenso y rico mundo de la piedad popular en nuestra diócesis. Mis palabras quieren confirmaros en la fe, mucho más en este año que estamos celebrando, convocados por el Papa Benedicto XVI, el Año de la Fe.

La Cuaresma, camino hacia la Pascua del Señor, es un momento extraordinario para detenernos y reflexionar sobre nuestra fe, sobre la calidad de nuestra fe. En la carta del año pasado ya os hablaba de la fe. Me vais a permitir que este año vuelva sobre el mismo tema, incidiendo en otros aspectos de la fe que profesamos en Cristo Jesús, Señor nuestro.

La fe parte de la iniciativa de Dios que encuentra en la respuesta libre del hombre el terreno propicio para poder crecer y desarrollarse. Por eso, cuando hacemos profesión de fe siempre decimos: “Sí, creo”. Sin embargo, la fe cristiana necesita un campo más amplio en el que alimentar el don de Dios. Decir Creo exige un Creemos. No creo sólo, creo con los otros, creo con la Iglesia. La fe es comunitaria porque así lo ha querido Dios, Dios ha querido salvar al hombre en comunidad (Cf. LG 2). Hemos nacido a la fe por y en la Iglesia. En el bautismo somos acogidos en la gran familia de los hijos de Dios que es la Iglesia. No es válido, porque no es posible, aquello de “Cristo sí, la Iglesia no”. Pues, ¿cómo has conocido a Cristo?, ¿quién te lo anuncia?, ¿quién te lo da cada día?, la Iglesia que es el Cuerpo del Señor, su Esposa. Sin la Iglesia estamos abocados a construir a un Cristo a nuestra medida, según nuestros gustos, deseos o necesidades. En la Iglesia, a pesar de los pecados de los que la formamos, está el Cristo real, Cristo vivo. Desestimar a la Iglesia es consentir que Cristo se vaya desdibujando del alma, sencillamente, porque ya no está en ella.

Las hermandades y cofradías, y los que las forman, se han de distinguir por el amor a la Iglesia, un amor que ha de ser afectivo y efectivo. El desafecto a la Iglesia es el mejor caldo de cultivo para la división y la esterilidad. Las hermandades han nacido y viven en el seno de la Iglesia, y cuanto hacen lo hacen en nombre de la Iglesia. Os invito a renovar vuestra fe en la comunión de la Iglesia, a adheriros con cordialidad y obediencia a su doctrina, y a vivir, a lo largo de todo el año, su vida y acción.

Otro aspecto sobre el que quiero reflexionar, referido también a la fe, es su incidencia en nuestra vida. “La fe no es una teoría que se puede seguir o abandonar. Es algo muy concreto: es el criterio que decide nuestro estilo de vida” (Benedicto XVI, al Consejo Pontificio Cor Unum, 23 de enero de 2006). La fe es criterio y crea criterios, es decir, que la fe cambia al hombre que la profesa, es una realidad que no sólo se comprende sino que se hace vida. Podemos decirlo de otro modo: no se puede creer y vivir como si no se creyera. La fe no es un aspecto de la vida del hombre, un elemento más del que me valgo en momentos concretos, la fe ilumina y conforma todos los ámbitos de la vida del hombre, el personal, familiar, social, profesional, etc. El creyente cuenta con los criterios que le proporciona la fe para mirar y juzgar la realidad. Por eso, no es lo mismo creer que no creer. Creer es sumergirte en una realidad que te supera, y que ilumina tu existencia llenándola de sentido y alegría. Creer es el encuentro con Dios que es amor y que llena tu vida de amor para darlo a los demás.

Un cofrade ha de vivir de la fe, y no dejarse llevar por los pensamientos del mundo o por la moda del momento, que lo más que pueden dar son destellos de verdad, pero no son la verdad. Sólo el Evangelio es verdadero, por eso no muere nunca. Hoy, esas pequeñas verdades pueden ocultar la Verdad que es Jesucristo, pero son efímeras, caerán. Jesucristo, sin embargo, siempre será novedad y vida.

Por último, quiero traer la relación indisoluble que tiene la fe con la caridad. Os invito a leer y difundir el Mensaje del Papa para la Cuaresma de este año que trata sobre este tema, “Creer en la caridad suscita caridad”.

La fe es la prueba del amor de Dios, por eso la fe sólo se hace efectiva y creíble cuando nosotros amamos a Dios y a los hermanos. Si Él nos amó primero, nosotros debemos amarnos como Él nos amó (cf 1Jn 4,10). “El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo”.

En definitiva, nuestra fe sólo es creíble cuando se expresa en el amor a los demás, un amor concreto, un amor de entrega como la de Cristo. La caridad no es dar sino darse. Nuestras hermandades y cofradías han de vivir la caridad en su seno. En primer lugar la caridad que supone el ser hermano –de ahí el título de Hermandad-. La evangelización es un acto de caridad, por eso, es caridad mostrar a Cristo a aquellos que no lo conocen o que lo conocen mal. También con gestos de caridad, material y espiritual, a aquellos que lo necesitan.

Queridos hermanos cofrades, sólo me queda pediros que viváis estos días con espíritu de fe, lo que exige una vida de oración más intensa, la escucha de la Palabra de Dios, la partipación en la Santa Misa y en el sacramento de la Penitencia, la vida fraterna y la práctica de la caridad.

Os emplazo a realizar la peregrinación a la Catedral, con todas la Hermandades y Cofradías de la diócesis, con motivo del Año de la Fe; así como la participación en el Encuentro convocado por el Papa Benedicto XVI, el próximo 5 de mayo, en Roma.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

Queridos diocesanos:

Cada año el final de Junio nos trae la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la fe que dieron testimonio con la entrega de sus vidas en la ciudad de Roma.

Pedro, el pescador de Galilea elegido por Cristo para ser el primero de los apóstoles y así confirmar a los hermanos en la fe; el que lo confesó como Mesías y Señor y se vio probado por la debilidad y la negación, aprendió así que hay que saber amar desde la debilidad, que no podemos confiar en nuestras fuerzas para seguir a Jesús, pues todo es gracia. Desde el amor a Cristo es encargado de pastorear su rebaño. Después de Pentecostés, nada le pudo retener hasta llevar el Nombre del Señor al centro de la civilización romana, a la misma sede del Imperio, Roma. Allí fue crucificado dando testimonio que el Evangelio es la fuerza transformadora del hombre y del mundo.

Pablo, el fariseo que se encontró con Cristo en el camino de Damasco y de ser perseguidor se convirtió en el gran apóstol de las gentes. Pablo conoció como pocos al Señor, aunque nunca lo vio físicamente. Lo conoció porque lo amó hasta hacer de Cristo su propia vida; sin Cristo no hay nada, ni nada tiene sentido. Es Cristo por el que merece la pena entregarlo todo; en Él, todo lo demás es basura. El apóstol Pablo recorrió el mundo entonces conocido para que a todos llegara el Evangelio, el apóstol es evangelizador y maestro de evangelizadores; perseguido, torturado, encarcelado nadie pudo separarlo del amor de Dios. Somos del Señor, en la vida y en la muerte, le pertenecemos. En Roma encuentra el martirio que lo identifica definitivamente con el Maestro. A lo largo de la historia su testimonio ha sido fuente de ardor misionero para llevar a Cristo a todas las gentes.

En la Misa de la fiesta de los llamados “príncipes de los apóstoles”, rezamos en el prefacio: “Pedro fue el primero en confesar la fe; Pablo, el maestro insigne que la interpretó; el pescador de Galilea fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel; el maestro y doctor la extendió a todas las gentes".

Fue Roma la sede de San Pedro, y sus obispos quienes los suceden en el oficio encomendado por Cristo. El Obispo de Roma, sucesor de San Pedro, tiene como misión presidirnos en la caridad y confirmar a los hermanos en la fe. Su autoridad es la de Pedro, ser piedra y fundamento del edificio de la Iglesia. Como Vicario de Cristo lo hace presente mediante el ministerio de la predicación, la celebración de los misterios del Señor y el pastoreo de la comunidad.

La sucesión en la sede y el servicio petrino nos trae hasta el Papa Benedicto XVI. Elegido como sucesor de San Pedro, después de una larga y rica trayectoria intelectual y pastoral, está en medio de la comunidad como oyente de la Palabra, la que predica con sabiduría, dejándonos el testimonio de la belleza de la fe cristiana. Muchos lo definen ya como el Papa de la palabra. Su magisterio es una búsqueda apasionada de la verdad, verdad que solo se hace creíble en la caridad. Recuperar los accesos del hombre a Dios, es la gran prioridad de la Iglesia, según Benedicto XVI. El hombre ha perdido a Dios, y con Él ha perdido su identidad más profunda, por ello, hemos de esforzarnos en devolver a Dios al hombre, para que en Él encuentre el sentido de su vida.

Precisamente en la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, el Papa celebrará los 60 años de su ordenación sacerdotal. Un motivo de acción de gracias a la que se une la Iglesia extendida por todo el mundo. Damos gracias al Dios por el don del sacerdocio en la Iglesia, y, concretamente, por el sacerdocio del actual Pontífice.

En estos días nos uniremos a todas las diócesis del mundo en la adoración eucarística. A lo largo de las parroquias de nuestra diócesis tendremos 60 horas de oración delante del Santísimo Sacramento, rezando por la santificación de los sacerdotes y el fomento de las vocaciones sacerdotales. Es el mejor regalo que podemos hacer al Papa en este su Jubileo sacerdotal.

Os invito a todos a participar en vuestras parroquias en estos momentos de oración. Será un testimonio elocuente de nuestra inquebrantable unidad y adhesión al Papa y un medio eficaz para que el Señor nos conceda lo que le pedimos con el corazón.

En vuestro nombre y en el mío propio he enviado una felicitación al Santo Padre con motivo de este acontecimiento tan importante en su historia personal.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix